En un mundo donde la magia y la tecnología conviven en tensa armonía, el malvado mago Ezran lleva a cabo un oscuro plan: secuestra a la hija del primer ministro Pembroke y, mediante un siniestro lavado de cerebro, la convence de que es un ogro. Convertida en arma contra su propia sangre, la joven será la pieza clave de una conspiración aún mayor. Aliado con los ogros, Ezran pretende conquistar Nueva Albion y desatar un conflicto milenario que podría cambiar para siempre el destino del reino.
Hace mucho tiempo, al final de la Edad Media, cuando los conflictos entre humanos y ogros formaban parte del día a día, vivía un mago llamado Ezran, incapaz de resignarse a la idea de abandonar la magia. Esos tiempos estaban llegando a su fin; la magia, lejos de ser la solución, no era la fuerza que pondría fin a los enfrentamientos. Más bien, se había convertido en un yugo que aprisionaba a hechiceros, sacerdotes y chamanes, cegándolos con una visión distorsionada de la realidad. Este delirio los empujaba a generar temor y conspiraciones entre las poblaciones medievales, alimentando aún más los conflictos.
Con la transición entre el medioevo y el Renacimiento, llevó a Ezran a rebelarse contra la nueva sociedad que propusieron los altos mandos de aquellas monarquías que, según el propio mago, se alejaban de la magia y de la verdadera religión.
—¡Oh, cielo mío, cielo mío! —se lamentó Ezran, con la voz quebrada—. ¿Por qué te hemos dejado atrás?
Pasaban los siglos, y Ezran seguía envuelto en conspiraciones contra el orden establecido de la realeza secular. Con su magia, derribaba las torres de los castillos, invocando tormentas eléctricas que desataban su furia sobre los objetivos designados. Además, predicaba la palabra de la magia en las plazas más concurridas, rodeado de multitudes que lo escuchaban con asombro.
Todo esto no era bien visto por la familia real: los Pembroke. Para los nuevos líderes, el mago agitador representaba una piedra en el zapato, ya que ponía en riesgo el orden público y existía el peligro de que otras personas cayeran a sus pies. El problema no solo eran los ogros, sino también el mago cascarrabias.
La realeza Pembroke prohibió la magia durante un largo tiempo por no decir: para siempre; castigando con severidad a quien osara seguir los pasos de Ezran. Fue por este motivo que el mago fue desterrado.
Desolado y lleno de resentimiento tras su exilio, Ezran juró venganza contra cualquiera que llevara el apellido Pembroke.
—¡Malditos canallas, malditos afrancesados! —gritó Ezran, alzando la voz al cielo para liberar la ira que lo consumía—. ¡Abandonar la magia es un pecado, una blasfemia contra el dios que nos otorgó este don! —continuó, su voz temblando de furia.
El mago desterrado continuaba con sus intentos de atentados para dejar mensajes al pueblo, pero siempre terminaba perdiendo. A medida que pasaban los años, la gente se volvía cada vez más escéptica respecto a la magia. El desarrollo tecnológico y científico era el futuro para los Pembroke. En Nueva Albión, la ciudad del mañana, la magia ya era vista como un vestigio de un pasado conflictivo al cual la realeza no estaba dispuesta a enfrentarse.
Años, siglos y milenios pasaron como un relámpago. El mago Ezran envejecía, y su única esperanza era la unidad y la amistad con los ogros, quienes, a través de un antiguo libro de magia y sabiduría que él mismo escribió a lo largo del tiempo, guardaban todo documentado: su palabra de retorno. El chamán de los ogros, Vorgar, consoló al poderoso Ezran, aprendiendo mucho de él. Sin embargo, los ogros veían al mago como un enviado de los dioses, pero Ezran siempre los maltrataba verbalmente, tratándolos como esclavos para lograr sus lúgubres objetivos de conquista. Vorgar siempre contaba con la fuerza bruta de su amigo leal Grumlok, el guerrero, que poseía una poderosa espada encantada fabricada por el mismo chamán.
—Ezran, no puedes dejarnos, todavía nos falta para llevar la magia al mundo— dijo Vorgar, el chamán, mientras sostenía al mago anciano.
Los ogros eran profundamente creyentes en la magia y consideraban a Ezran como un elegido. Según su credo, si permitían que muriera, su estilo de vida desaparecería con el tiempo, pues creían que su existencia estaba ligada a la supervivencia de él.
El chamán preparó un hechizo para Ezran que detenía temporalmente su muerte, dejándolo atrapado entre un limbo de vida y el más allá, como si se tratara de un escudo. Ahora, el mago no era más que un esqueleto cubierto con su atuendo: un gorro rojo puntiagudo, un chaleco rojo y una pechera púrpura que decoraban su cuerpo huesudo. Al carecer de carne, se comunicaba con una voz resonante y con eco desde su trono en una cueva en la montaña. Él seguía mandando a los ogros, y estos obedecían. Ezran se encontraba en una etapa de muerte viviente; ya no podía hacer uso de su magia como antes.
—Prometí... mi venganza— dijo Ezran con voz de ultratumba. Los Pembroke pagarán por sus blasfemias y por condenar a mucha gente a las tinieblas. ¡Hermanos míos! (Refiriéndose a los ogros) ¡Ya pensé mi atentado! ¡Quiero que me traigan al bebé de los Pembroke y lo pondré en contra de sus padres!
Los ogros escucharon las palabras de su elegido en la cueva de la montaña y, con un rugido de triunfo, agitaron sus enormes brazos en señal de aprobación..
El atentado llegó a su cometido gracias a los ogros merodeadores. Después de varias muertes e intentos fallidos, estas bestias tenían en claro las órdenes de su amo y la cumplían a raja tabla para que no sean castigados por el temeroso mago.
Finalmente, los ogros capturaron a la bebé, Victoria Pembroke, aunque no conocían su verdadero nombre. Así que, para bautizarla, la llamaron "Ishara, la Sigilosa", pues era sorprendentemente callada para ser un cachorro humano.
Desde entonces, Ishara fue moldeada por las enseñanzas de Ezran y los ogros. Creció inmersa en su nueva cultura, adoptando su forma de pensar, de luchar, de sobrevivir a los duros inviernos, de comportarse y de cazar su propia comida, entre otras cosas.
A medida que Ishara crecía, se le asignaban nuevas tareas. Según Ezran, las chicas como ella debían servir y ser obedientes, especialmente ante sus captores. Así, el chamán Vorgar le enseñó los secretos de la magia defensiva: moverse con sigilo, casi como un fantasma. Por su parte, Grumlok, el guerrero, le mostró cómo manejar granadas de humo y utilizarlas a su favor durante un escape.
Todo aquello eran órdenes de Ezran, quien instruyó a los ogros sobre cómo preparar a la hija de Víctor, el primer ministro. Ishara, aprendiendo a ser como uno de ellos, llegó a formar parte de una gran familia. En las cacerías, ponía a prueba las técnicas que había aprendido de Vorgar y Grumlok. Vestía una capucha y capa verde, junto con un chaleco que llegaba hasta las rodillas, dejando sus tobillos y pies descalzos al descubierto.
Antes del invierno, los ogros intentaban cazar animales grandes y carnosos. La capa y capucha de Ishara la convertían casi en un espectro; distraía a los bisontes bravos mientras Grumlok aprovechaba para atacarlos con una lanza que arrojaba ferozmente desde varios metros de distancia. Los ogros, a diferencia de Ishara, no eran sigilosos, sino que dependían de su pura fuerza bruta. Lo único que los calmaba era la magia; si morían en su nombre, sentían que su muerte no sería en vano.
Cuando caía la noche, encendían fogatas para asar la comida y rendir homenaje a los dioses con rituales que incluían danzas y magia invocada por Vorgar. Tras apagar las llamas, se podía ver en el cielo, iluminado por la luna, enormes globos flotantes que parecían balones ovalados. Este fenómeno no era extraño, pues también los avistaban durante el día.
—Observa esos colosos flotantes, Ishara —dijo Grumlok, señalando con su espada hacia los globos en el cielo-.
—No debes dejar que te vean si se acercan demasiado —sentenció el ogro guerrero antes de quedarse dormido.
Ishara no conocía nada más que el bosque, las cuevas subterráneas y las grandes montañas donde vivían la mayoría de estas enormes bestias. Tenía curiosidad en ir a otros sitios para hablar sobre la magia de Ezran.
Al día siguiente Vorgar, enviado por el mago, llama a Ishara para que se presente ante Ezran en la cueva de la montaña.
El muerto-vivo no se encontraba en su trono, como era habitual, sino que éste estaba vacío. Ezran había salido de la cueva y observaba el horizonte en dirección a la ciudad de Nueva Albión, apoyado en su cetro para mantenerse de pie.
—Bien, Ishara, hoy es un día especial —dijo Ezran, con voz fatigada. Luego le explicó a la joven que, para predicar su palabra, era necesario conseguir seguidores neófitos, personas que pudieran ser seducidas por las acciones sacras de la magia y el temor de la perdición por ser pecadores. Para Ezran, predicar era una aventura llena de riesgos. Sin embargo, el mundo en el que vivían, especialmente la ciudad de Nueva Albión, había dejado atrás la noción de magia y pecado desde que los Pembroke tomaron el poder. Su única obsesión era la tecnología y el avance científico para mejorar la vida de las personas.
—¿Cómo piensa Víctor Pembroke mejorar la vida de las personas si las condena a la perdición? —preguntó Ezran a Ishara, retóricamente.
—No puedo imaginar un mundo sin la magia y los ogros, mi señor —respondió la joven con absoluta certeza.
—Exactamente, mi niña. Es por eso que, gracias a mi visión más allá de lo visible, siento que el primer ministro, Víctor, tiene armas secretas —dijo Ezran, elevando el tono de su voz con más potencia.
Ezran sospechaba que el primer ministro utilizaba tanto la ciencia como la magia para mejorar la tecnología, especialmente en lo que respecta a lo militar.
Según el hechicero, en los laboratorios de Nueva Albión existía un "Elixir" con propiedades curativas que podría resucitarlo y darle el poder necesario para acabar con los Pembroke. Los ogros no podían pasar desapercibidos en la ciudad, pero Ishara poseía esa habilidad. Podía moverse como un fantasma, influenciando en distintos sectores y predicando la palabra de Ezran. Desde el secuestro de la bebé Victoria, el mago había planeado usarla a su favor.
—Si Víctor descubre que Ishara es su hija, ella se sublevaría ante él —pensó Ezran. Cada vez, el antiguo mago sentía más cerca su regreso, ansioso por despertar nuevamente y traer consigo la pura magia, para que las almas encontraran de nuevo su camino, pero sobre todo, para ejecutar su venganza.
Ishara no sabía qué esperar, pero al enterarse de que muchos ogros habían perecido a manos de las fuerzas de Nueva Albión, dedujo que no sería una tarea fácil. La ciudad se encontraba a un día de viaje del bosque donde vivían los ogros. La joven aventurera se adentraría en ese nuevo mundo acompañada por el guerrero ogro Grumlok, quien sería su guía hasta llegar a la frontera de Nueva Albión.
Durante su caminata, se toparon con algunos colosos flotantes. Al seguir caminos cubiertos por árboles, los colosos no representaron un gran problema, hasta que, en el crepúsculo, vieron a lo lejos una figura humana volando a gran velocidad, como un superhéroe. Llevaba un casco en la cabeza que emitía destellos de luz para iluminar las zonas más oscuras del ocaso. Sus ojos estaban cubiertos por un antifaz hecho de un material parecido al vidrio, y de su espalda sobresalía una pequeña centella azulada, que parecía una joroba.
—¿Acaso eso fue un mago, Grumlok? —preguntó Ishara, sorprendida.
—Ni yo lo sé. Jamás vi a un humano volar —respondió Grumlok, aún en un estado de asombro.
El mundo se expandía mientras los dos viajeros continuaban su rumbo. Encontrarse con animales salvajes era un alivio, pues les garantizaba comida. Las fogatas que encendían no solo servían para asar el alimento; el fuego también era una fuente de energía mágica. Durante el viaje, compartían historias fantásticas que alimentaban su curiosidad y asombro por lo sagrado. Su objetivo era claro: llevar la Palabra de Ezran a Nueva Albión.
A medida que se acercaban a su destino, los enormes árboles y las altas montañas comenzaban a desaparecer. La flora cambiaba: el pasto se volvía más amarillento y todo se volvía más llano. Los árboles ya no eran tan imponentes y el clima, menos helado que en su bosque, era más templado. A unos kilómetros de allí, tanto Ishara como Grumlok entrecerraban los ojos para distinguir lo que parecía ser la ciudad de Nueva Albión. La presencia de los colosos flotantes se hacía más evidente, pues iban y venían de una ciudad a otra mas lejos. También pudieron ver unos camiones flotantes, aunque a una altura mucho menor que la de los colosos.
Grumlok estaba boquiabierto. Todo lo que vio en la frontera de Nueva Albión era impresionante, aunque sabía que no podría ver lo que había por dentro.
—Bien, niñita, ahí está Nueva Albión: la ciudad del pecado y la blasfemia —dijo Grumlok, con cansancio.
Ishara se despidió de Grumlok y marchó hacia la ciudad. La joven, encapuchada, quedó sorprendida por la tecnología: las luces, los vehículos. Habiendo vivido toda su vida en los bosques de los ogros, se sintió asombrada. La imponente tecnología la deslumbraba, como los automóviles con sus curvas redondas, pulidas y elegantes; la estación de zepelines, que iba y venía hacia el país de Ironbridge; los altos edificios de acero, llenos de luz, con diseños simétricos y torres en forma de agujas. Otros edificios eran supermercados, pues la gente no cazaba su comida como los ogros. Había también lugares del saber, como escuelas o universidades, muy distintos a los métodos de enseñanza de los ogros. Las instituciones políticas, como la casa de gobierno del primer ministro, Víctor Pembroke, tenían una estructura diferente a las demás, más parecida a un antiguo Partenón, con una apariencia casi mística para una ciudad que no creía en la magia. Uno de los últimos edificios que llamó la atención de Ishara fue la inmensa catedral de Nueva Albión. Se dirigió hacia la catedral, corriendo por las cornisas de algunos edificios, sin ser vista.
—¿Seguirán creyendo en la magia? —se preguntó Ishara.
Ishara quería escuchar el sermón de la catedral, pero una vez dentro notó que la predicación del sacerdote no tenía ningún atributo benevolente hacia Ezran ni los ogros. Al contrario, predicaban para incitar miedo hacia el antiguo hechicero y su alianza con lo que llamaban "monstruos", tratándolos como lo maligno. No hablaban de magia, sino de los avances científicos que los llevarían a un paraíso en la Tierra, algo mucho más probable de alcanzar que el paraíso místico del otro mundo. Ishara descubrió que la Catedral de Nueva Albión era blasfema, y que Ezran condenaría tal insolencia por parte de los sacerdotes. Otro aspecto que llamó la atención de Ishara dentro del culto eran los feligreses que prestaban atención a los sermones. No eran las personas que había visto en las modernas calles de la ciudad, aquellas que vestían ropa elegante: sacos, sombreros de copa, corbatas en los hombres; y en las mujeres, chalecos, abrigos de tela fina y faldas que llegaban hasta los tobillos, todos aseados, limpios y perfumados. En cambio, en el sermón, los asistentes eran personas sucias, con rostros sudados y despeinados. Por lo general, se trataba de hombres robustos o flacos, de apariencia descuidada. Algunos llevaban el olor del alcohol y el tabaco. Esas personas captaron su atención, pues eran los obreros que trabajaban en las fábricas y minas de carbón. Las fábricas más conocidas de Nueva Albión estaban relacionadas con la creación de material bélico: armas, zepelines, vehículos de batalla, y también automóviles civiles, de una belleza impresionante, entre otros. Una vez fuera de la catedral, Ishara siguió a muchos de los obreros, quienes caminaban casi de manera hipnótica hacia un bar, donde bebían, fumaban tabaco y se acurrucaban con las rameras. Ishara intentó hablarles de Ezran, pero fue en vano; los trabajadores la echaron del pub, lanzándole botellas vacías de alcohol.
Entre el escándalo, un policía llamado Dorian presenció el incidente en la cantina: la chica extraña, con capucha, capa verde y descalza, que hablaba del antiguo mago.
Después de salir del rústico bar de madera, el policía que había observado la situación tomó por sorpresa la muñeca de Ishara para detenerla. Fue tan espontáneo que la joven se alteró, y sus pulsaciones comenzaron a aumentar. En ese instante de éxtasis, emitió un gruñido y mordió la mano del alguacil, dejándole una herida grave: su mano quedó completamente ensangrentada. Ishara, con la boca llena de sangre y los ojos dilatados, huyó rápidamente, desvaneciéndose en la oscuridad. Dorian, adolorido, se sorprendió al darse cuenta de que la chica había utilizado magia, algo totalmente prohibido en Nueva Albión.
—¡Llamando a "La Brújula del Orden"! —gritó Dorian por su comunicador, mientras se quejaba del dolor en su mano. Al mismo tiempo, comenzó a alertar a los demás policías que patrullaban las periferias obreras. Ishara, convulsionada por la prisa, corría por las calles más antiguas del lugar, asegurándose de que nadie la viera. Finalmente llegó un agente volador de "La Brújula del Orden". Era exactamente el mismo personaje que Ishara y Grumlok habían visto al ocaso. Vestía un casco dorado que cubría todo su rostro, dejando solo unas pequeñas ventanitas redondas para la visión. Llevaba un abrigo marrón, guantes negros, pantalones bombachos más claros que el abrigo, propios de un piloto de zepelín, y botas negras. Era el "superhéroe" que portaba una mochila que le permitía volar. Ishara quedó petrificada al darse cuenta de que, al estar expuesta frente a ese agente, ya no podía ocultarse. Decidió entonces lanzar una de las granadas de humo que Grumlok le había dado. En un instante, las calles se llenaron de una nube gris que provocó tos en todos, excepto en el agente, quien, sin dificultad, siguió el rastro de Ishara y, con un gran salto, la atrapó por la espalda. Durante el forcejeo con el agente, Ishara notó algo extraño: la mochila no expulsaba fuego naranja amarillento, como había supuesto. En su lugar, percibió una especie de aura que emanaba de ella, algo que no podía explicarse con lógica científica. La luz que emanaba de la mochila era de un azul verdoso. Ishara podría haber pensado que era fuego azul, pero no sentía el calor característico de las fogatas que solía hacer en el bosque. En ese momento, por detrás de ambos, se acercó Dorian, quien ordenó que la llevaran ante el Primer Ministro. Quería descubrir la identidad detrás de esa magia.
Dorian y el agente escoltaron a Ishara hasta un vehículo de carga de la policía, con la intención de llevarla ante el Primer Ministro. Al llegar a la casa del gobierno, descendieron del vehículo y, con la joven envuelta en su capa y capucha verde, la condujeron hacia la sala del máximo mandatario de Nueva Albión. Los ciudadanos presentes allí creían que Ishara era solo una mujer pobre de las periferias obreras, por lo que no le prestaron mucha atención. Mientras tanto, en la misma habitación del Primer Ministro, Víctor Pembroke observaba la ciudad desde un ventanal redondo. Fumaba tabaco en una pipa, cuyo humo acariciaba su bigote. No le importaba que el aroma de su pipa impregnara su chaleco, que tenía un leve toque a chocolate; su sonrisa, reflejada en el ventanal, se fundía con el paisaje urbano. El Primer Ministro acababa de finalizar una videollamada con el presidente de Ironbridge, durante la cual habían llegado a un acuerdo que pondría fin a los ogros. Justo en ese momento, Dorian tocó la puerta para entregarle a Ishara.
—Señor Primer Ministro, aquí tenemos un... —Dorian fue interrumpido por Víctor, quien giró para mirarlos.
—¡Oficial Ironfist! ¿Qué le ocurrió a su mano?... Mejor no me lo explique, y váyase a que lo atiendan de inmediato, por favor —dijo Víctor, sin mostrar preocupación por él, pero claramente temeroso de que la sangre pudiera manchar el piso, las paredes o alguna otra pertenencia de la casa de gobierno.
—Agente, veo que me trae a una... revoltosa —sonrió Víctor mientras daba unos pitidos a su pipa, agachándose poco a poco para intentar ver el rostro de la joven.
—Señor, fui llamado por Dorian para atrapar a una terrorista mágica —respondió el agente con total confianza.
Nueva Albión era una ciudad que no había presenciado un atentado mágico desde los tiempos de los reyes Pembroke, cuando comenzaron los primeros avances en el estudio científico.
—¿Ah, sí? —dijo Víctor con un tono sarcástico. —Pasen ambos, vengan, no sean tímidos. Agente, lleve a esta muchacha a la... —Víctor quedó en un silencio esporádico cuando el agente le quitó la capucha, revelando el rostro de Ishara ante él. El primer ministro quedó fascinado. Un impulso de abrazarla surgió en su pecho, pero su disciplina de político pragmático reprimió esa emoción. Supo que era, nada menos que, su hija, Victoria. El agente colocó a Ishara frente al escritorio del político, sentándola en una silla cómoda, reservada para la ocasión. El señor Pembroke, con su habitual clase y elegancia, tomó asiento frente al ventanal, mirando la ciudad. Tras terminar su tabaco, dejó la pipa a un lado y comenzó a interrogarla con tono calculador:
—¿De dónde vienes? ¿Quién eres? ¿Eres hechicera?
—Soy un ogro del bosque, aprendiz del hechicero Vorgar, magia bendita por nuestro líder espiritual: Ezran —dijo Ishara con firmeza, mirando a Víctor, el enemigo de su maestro. El señor Pembroke, sin embargo, guardaba un secreto que el Gran Mago Antiguo ya conocía. Con una mirada fija en su hija, el ministro preguntó:
—¿Te gusta la ciudad sin magia?
—Me estás mintiendo, viejo estirado —dijo Ishara, con los ojos llenos de desafío—. Siento la magia que emana de Nueva Albión, y viene de tu agente.
—Eres brillante, jovencita —respondió Víctor, con una sonrisa ladeada—. Tienes razón, me atrapaste.
—¿Mezclas tecnología con magia? Según Ezran, eso es blasfemo, pero él busca un "elixir puro", un secreto que guardas en alguna parte de la ciudad.
—Es obvio lo que se puede lograr al combinar ambas ramas, pequeña -respondió Víctor, con una sonrisa —. En mi caso, las utilizo para el poder militar: armas mágicas al principio, y luego... ¿quién sabe? Ese maldito mago lo quiere a toda costa, y te contrató a ti para encontrarlo. Ishara, eres solo un chivo expiatorio. A ese hechicero lunático solo le interesa vengarse de los Pembroke.
Ishara se quedó pensativa, cuestionándose a sí misma en silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y antes de que la inundación se convirtiera en una cascada, se limpió el rostro con su capucha. Respiró hondo y, susurrándose a sí misma, dijo: "Todo está bien".
"Creo que Ezran subestimó a los ogros," pensó la joven. "Los ogros pueden seguir la magia sin la ayuda de Ezran, el timador."
—¿Te sientes bien, hija? —preguntó Víctor, con un tono que podría haber sido de preocupación.
Ishara frunció el ceño ante ser llamada "hija".
—Aquí es solo una forma de decir, no es literal —corrigió Víctor rápidamente, mientras se acomodaba el chaleco, sintiendo una leve incomodidad.
El primer ministro pidió a Ishara que se retirara del establecimiento, pero le advirtió que no regresara al bosque donde se encuentran las bestias.
—Estamos preparando una plataforma aérea mortal para acabar con esas criaturas de una vez por todas, Ishara. Te pido que, cuando te marches de aquí, no vuelvas al bosque. Esa arma aún no está terminada; faltan meses para que sea completada.
La muchacha le preguntó de qué se trataba esa arma, y el primer ministro le contestó:
—Es una gran plataforma aérea.
Ishara creyó que se refería a los zepelines, a los que ella llamaba "globos ovalados", pero pronto comprendió que el arma secreta iba más allá de eso.
—No me aterra y volveré con mis amigos, pero nos separaremos de Ezran —concluyó Ishara.
A Víctor se le dibujó una sonrisa mostrando sus encías. Antes de que Ishara fuera escoltada por el agente, su padre se despidió de ella:
—De todos los ogros que he visto, tú eres la más inteligente.
Se despidió el primer ministro mientras sostenía su pipa en alto, con orgullo, acompañada de su sonrisa. Ishara volteó y le devolvió el mismo gesto.
La joven huye de Nueva Albión durante la noche, corriendo sin cesar por su propio camino, sin sendero. Bebe un poco de agua de los ríos para descansar un poco. Después de beber, mira hacia el cielo, arrodillada, pensando en el mago timador y charlatán.
—Hay más posibilidades de usar la magia —pensó Ishara, decepcionada por haber sido manipulada de tal forma. Ella siempre había visto a los ogros sumisos ante Ezran, pero en su mente comenzaba a creer que podían aspirar a más y liberarse de las cadenas del mago. A Ishara se le dibujó una leve sonrisa mientras observaba el cielo pensativamente, que comenzaba a tornarse de un suave color rosa. La luz del sol comenzaba a asomarse detrás de las montañas heladas, junto con un "globo ovalado". Era otro día para enfrentarse al Antiguo Gran Mago.
Una vez que llegó, fue recibida por Vorgar, el chamán, y Grumlok, el guerrero. Ambos estaban contentos de verla sana y salva en el bosque. Sin embargo, la felicidad de los dos se desvaneció cuando Ishara les comentó que, si no se alejaban del lugar en el que se encontraban, serían exterminados por un arma poderosa de Nueva Albión. La joven no quería ese destino ni para ella misma ni para sus compañeros ogros, especialmente para Vorgar y Grumlok, quienes la cuidaron y le enseñaron todo lo que sabía. Ishara también les contó, sin pudor, lo malévolo que era Ezran, quien se aprovechaba de la buena voluntad de los monstruos del bosque. Vorgar sabía que Ezran no era un mago de quien se pudiera fiar, pero los ogros estaban siendo asediados por Nueva Albión. El mago no muerto aprovechó ese conflicto con los Pembroke para intentar conseguir el "elixir" que lo devolvería a la vida con mucho más poder. Vorgar era el único que podía quitar el aura defensiva que le había invocado a Ezran para evitar su destrucción. Sin embargo, sentía un profundo temor hacia la magia del Antiguo Gran Mago, ya que su poder era incomparable. Si Vorgar le quitaba la aura defensiva a Ezran, tendría que enfrentarse directamente a él. A pesar de estar debilitado, el Antiguo Gran Mago no se dejaría derrotar fácilmente. Ishara ideó un pequeño plan que involucraba a ambos monstruos: cuando Vorgar enfrentara a Ezran, Grumlok, desde las sombras, daría un golpe sorpresa con su poderosa espada, aprovechando el factor sorpresa.
Después de haber trazado su plan de traición, Vorgar se dirigió hacia la montaña donde se encontraba Ezran. El ogro chamán se asomó a la entrada de la cueva y, con paso lento y cauteloso, avanzó hacia su objetivo, guiado por la luz titilante de las antorchas que ardían en el sombrío interior. Al llegar al trono de piedra, se dio cuenta de que el Gran Mago no estaba allí; el asiento vacío parecía desolado, cubierto por algunas telarañas que colgaban de las rocas, como si el tiempo mismo hubiera comenzado a olvidarse de su presencia. Vorgar decidió no adentrarse más en la fría cueva. Al volverse hacia la salida, con la intención de buscar al muerto-vivo, se encontró cara a cara con el rostro esquelético de Ezran. El Gran Mago, de pie en la penumbra, dejaba que su vieja y polvosa barba rozara la cara arrugada del chamán, como si el tiempo no hubiera hecho mella en su presencia.
—¿Alguna noticia de Nueva Albión o de Ishara, mi servil bestia? —preguntó Ezran con voz inquebrantable.
El ogro, sorprendido, negó con la cabeza, sintiendo un nudo en el estómago. Sus pulsaciones aumentaron al instante, presintiendo que algo no iba bien.
—Salgamos de esta cueva, bestia. Acompáñame, que aún sigo débil —dijo el mago.
Ambos salieron y se quedaron esperando a Ishara frente a la cueva. Ezran se adelantó hacia el borde del terreno, cerca de la entrada de la caverna, y contempló el cielo, donde algunas nubes cubrían parcialmente los zepelines. El Gran Mago tenía la capacidad de percibir la situación en Nueva Albión, especialmente en lo que concernía al elixir. En su estado actual, podía meditar y ver más allá de donde se encontraba.
—Supongo que Ishara fracasó, ¿no es cierto, bestia servil?
—¿A qué te refieres, mi líder hechicero? —preguntó Vorgar, haciéndose el tonto.
—¡Si mi joven Pembroke estuviera cerca, yo sentiría el poder del elixir, insensata bestia! —exclamó Ezran con voz rasposa y un tono más alto, impacientado. El Gran Mago sabía que Vorgar le estaba mintiendo.
Mientras los dos discutían, Grumlok apareció desde lo alto, desenfundando su espada encantada. El ogro guerrero caía del cielo, levantando su arma afilada hacia arriba, acompañado de una voz gutural que aturdía a cualquier ser vivo cercano. Ezran volteó rápidamente y logró controlar la mente del guerrero, ordenándole que acabara con Vorgar. Sin embargo, Ishara, que se encontraba oculta entre los árboles, arrojó una de sus pequeñas bombas de humo, nublando la visión del Gran Mago. En ese momento, cuando el hechicero estaba distraído, Vorgar preparó su anti-hechizo para desactivar el escudo mágico de Ezran. El chamán pudo abatir el escudo de magia del mago, dejándolo totalmente vulnerable. A pesar de haber perdido su protección, Grumlok seguía hechizado por Ezran qué todavía continuaba buscando a Vorgar para darle una puñalada. Ishara ingresó con pasos sigilosos, acercándose lo suficiente para darle unos pequeños toques al ogro guerrero y provocarlo. Grumlok giró rápidamente, desenvainando su espada y lanzando un corte hacia ella. La joven, con gran destreza, logró esquivarlo por poco, aunque su capa sufrió una rasgadura. A través de la densa nube de humo que asfixiaba el paisaje, Ishara se deslizó al suelo con agilidad, pasando por entre las piernas de Ezran. Grumlok perseguía a Ishara y, entre tanto humo, da su golpe con la espada a Ezran dejandole una herida grave a su torso; así el mago quedó derrotado en el suelo.
El Gran Mago jadeaba con dificultad, luchando por respirar. Sabía que su final había llegado a manos de los ogros y de Victoria Pembroke, la humana que había raptado. Aunque, hasta ese momento, Ishara se sentía como una más de la manada de monstruos, Ezran tenía claro que ella era la hija de su rival, Victor. En la casa de gobierno, el primer ministro, como siempre, permanecía en su habitación, fumando su pipa alegremente mientras observaba el horizonte, tal como lo hacía el hechicero cuando salía de la cueva.
—¡Pembroke! —dijo, repitiendo el apellido tres veces, como si invocara una maldición. La familia Pembroke siempre había logrado sabotear la influencia de Ezran, su oscurantismo mágico.
—¡Pembroke! —gritó aún más fuerte, con una voz tan imponente que provocó un temblor en la montaña. Ishara y los ogros lo dejaron con vida, permitiéndole saborear aún más la humillación de su derrota. Una humillación que lo acompañaría hasta la tumba.
Los ogros se marcharon del bosque antes de que Victor pudiera liberar su ataque. Nadie sabía cuándo lo haría, pero Ishara ya había sido advertida. Ella huiría con la caravana hacia un lugar donde pudieran empezar una nueva vida: "la ciudad de los ogros". Allí se servirían de la magia y el avance de su tecnología.
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