Una película profundamente occidental o mejor dicho, un síntoma de su decadencia —qué hipérbole tan innecesaria–.
No es algo nuevo en la filmografía de Guillermo del Toro: esta insistencia en relatos progresistas de manual, donde el conflicto no nace de la historia sino de la necesidad moral de dar un mensaje trillado. Resulta interesante, desde luego, ofrecer una visión distinta al cuento original de Carlo Collodi, pero aquí la diferencia no está puesta al servicio del arte sino del sermón.
La película es completamente distinta al texto original, pero el mensaje —ese gastado elogio del “libre pensador”, como si tal cosa existiera fuera de los eslóganes— no profundiza absolutamente nada. Se limita a repetir la fórmula ya vista en incontables películas de “rebeldes” que cuestionan la autoridad establecida. En este caso, un gobierno; fascista en este caso para que sea premiada, porque la historia transcurre en la Italia de Il Duce, pero pudo haber transcurrido en cualquier otro lado o tiempo, y sería lo mismo. Siempre la misma caricatura.
Y es un desperdicio doloroso, porque independientemente de que no comparta la visión liberal-progresista de Del Toro —que aquí roza lo pretencioso—, el esfuerzo técnico, los años de trabajo y la dedicación artesanal que exige esta producción merecían un relato con más sustancia que una fábula ideológica con números musicales que, al menos para mí, no lograron conectar.
El material se desaprovecha en un discurso simplista: fascismo malo, nacionalismo malo, luchar por la patria malo (sí, es malo, pero aquí solo se queda en lo superficial enpalagozo). Todo queda reducido a un catecismo infantil donde lo único verdaderamente importante es la libertad del maldito muñeco sermonero, embarcado en un viaje pseudo-filosófico y existencial que gira en torno a un personaje de madera con la mentalidad de un niño insoportable.
Si yo fuese Geppetto, lo arrojaría a la chimenea y asunto resuelto, aunque en esta adaptación, el maldito muñeco es inmortal. En serio, parece una película de terror.

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