Una tormenta se desata sobre los mares desolados. Los violentos vaivenes de las olas amenazan con engullir cualquier barco, tragarse a cualquier marinero e incluso a un pirata experimentado. La lluvia cae en torrentes, mientras las nubes cubren el cielo y borran cualquier atisbo de tierra firme.
Los rayos y centellas son los únicos faros que iluminan la superficie de una isla. Los fugaces resplandores ofrecen una tenue esperanza de visión a cualquier aventurero, que se enfrenta a la certeza de una muerte inminente. De repente, la tormenta comienza a amainar, como si la voluntad de Dios lo dictara. Es una isla nunca antes vista, de tamaño imponente, mucho mayor que la Inglaterra de su época. En una de las costas de la isla se alzan grandes rocas, y sobre la orilla, se distinguen dos figuras. Una de ellas es un joven, vestido con ropa de obrero de la época. Lleva una boina gris, un abrigo que le cubre el cuello y llega hasta las pantorrillas, con las mangas extendidas hasta las muñecas, ocultándolas.
—Frank —dice Percival, mientras intenta despertar a su compañero con sombrero.
—Frank... —repite el simio humanoide, empapado y visiblemente preocupado. Percival iba a llamarlo por tercera vez cuando, de repente, el joven lo sobresalta.
—¡Bu! —Percival se echa hacia atrás.
—¡Señor Frank! No vuelva a preocuparme de esa manera —exclama Percival, aunque aliviado de ver que su compañero está sano y salvo. Francesco, o "Frank" como lo llaman en Londres, es un joven de carácter difícil; inquieto, siempre buscando meterse en problemas. Con él, al menos, uno podría esperar vivir, como mínimo, una pequeña aventura.
—¿Habrá destruido la tormenta al navío volador inglés? —pregunta a su compañero. El simio se sacude el cuerpo para secarse, desarreglándose un poco la camisa roja.
—Lo dudo. El navío del Capitán Hawke no es un simple barco volador, señor Frank —responde el simio. Se quita su incómodo abrigo, afectado por el clima húmedo y caluroso de la isla, y se lo entrega a Percival para que se seque. El cuerpo de Frank estaba modificado con piezas metálicas: su brazo izquierdo era completamente artificial, al igual que su torso, que albergaba un corazón impulsado por energía a vapor.
—Mira, Percy, estoy fumando —dice Frank, fingiendo con gestos exagerados mientras expulsa una pequeña nube de vapor por la boca.
—Ese chiste ya está muy gastado —responde Percival, con un tono de aburrimiento.
Ambos miran hacia adelante, donde una espesa vegetación cubría todo a su alrededor; un mar de verdes tonos y árboles tan altos que parecían tocar el cielo. Los dos desconocían los peligros que podrían hallar en su interior, pero sabían bien qué les sucedería si los encontraba Hawke y su tripulación.
—¿Habrá llegado mi padre a tierra firme? —se pregunta el joven en voz baja. Percival, mientras tanto, revisa su pistola de ocho caños para asegurarse de que no esté dañada.
—Tendré que disparar cuando sea necesario —murmura.
Los dos forasteros avanzan hacia el bosque, cuando una sombra se proyecta sobre los árboles. No es una nube oscura, sino el navío inglés del Capitán Hawke, que flota sobre ellos. Las nubes finalmente se disipan, y un rayo de sol atraviesa el cielo, iluminando toda la isla. El Capitán, vigoroso, vestido con su uniforme rojo, pantalones y botas negras, y con el cabello largo recogido, lidera a su tripulación de soldados. A su lado, el reverendo anglicano Grimshaw, un hombre semi calvo con el ceño fruncido, actúa como su mano derecha. Junto a ellos, Rufus Stinkley, un hombre de estatura media, con sobrepeso, un rostro sudoroso y desagradable, manchado con carbón. Hawke solo tenía una cosa en mente: capturar al profesor Julius Seferino, el padre de Frank. El señor Seferino es un inmigrante que enseña historia, pero también un hombre profundamente interesado en los avances científicos de la época. Es el autor de las refacciones de su hijo, un hecho que no pasó desapercibido para las autoridades inglesas. Se le acusó de practicar brujería por "revivir" a su hijo después de un accidente explosivo durante el mantenimiento de una nave de batalla. Este acto causó gran rechazo entre los londinenses y desencadenó una persecución contra el inmigrante y su hijo.
El navío comienza a reducir su velocidad, disminuyendo el fuego del globo que sostiene la proa y la popa, hasta detenerse por completo y quedar flotando en el aire, cerca del lugar donde podrían estar Frank y Percival.
—Capitán, esta isla no aparece en nuestros mapas —dice el reverendo, sujetando un crucifijo mientras observa el paisaje con expresión tensa.
—Reverendo, por eso mismo tendrás que enviar un mensaje a la Reina en Londres para que nos envíe refuerzos para la expedición. Tendremos que descender a tierra firme y establecer un campamento —ordena el Capitán, guardando su catalejo y frotándose las manos, sonriendo mientras sus dientes blancos y parejos relucen. Tenía plena confianza en la captura de Seferino y su hijo, pues sabía que lograrlo le permitiría alcanzar sus propios objetivos.
—¿Crees que el profesor siga con vida? —pregunta el reverendo. —Solo hemos localizado a dos.
Hawke sabía que Seferino no era un hombre débil, a pesar de su apariencia de académico, sus gafas de lectura y un peinado desordenado con un mechón rebelde. Esa imagen podría engañar a cualquier citadino, pero no al Capitán, que lo conocía bien. Para él, el profesor tenía un espíritu de lucha tan fuerte que podría frenar hasta a una fiera.
—¡Basta de holgazanería, muchachos! —exclama Hawke a su tripulación. -Hoy descenderemos a este inhóspito lugar con la bendición de Grimshaw, para que Dios: El Supremo y el progreso nos guíen.
—¡Amén! —respondieron los soldados y el resto del personal del navío, al unísono.
Comienza el descenso, y lanzan las cuerdas que tocan un terreno verde y paradisiaco, despejado de árboles. En el suelo, algunos insectos voladores, aparentemente más grandes de lo normal, se cruzan en su camino: libélulas y una especie de abeja que poliniza flores.
Un par de hombres que descendieron del navío utilizan sierras automáticas impulsadas por energía a vapor. Comienzan a talar los árboles cercanos con rapidez, derribándolos para edificar pequeñas tiendas y encender una fogata, mientras los insectos y otros animales huyen en desbandada. El reverendo, escoltado, avanza hacia el interior de la jungla polinesia para explorar más a fondo. Stinkley, el hombre gordo y desagradable, baja del navío dentro de un robot de cinco metros de altura. El gigantesco hombre mecánico tiene un cuerpo dorado con extremidades marrones, y una cápsula central que alberga los controles en una cabina de vidrio resistente ubicada en el "pecho" de la máquina. La máquina es manejada por Stinkley, quien la controla con destreza. Una de sus manos es un cañón, mientras que la otra es una mano humana de cinco dedos. Es un bólido de acero, diseñado para reforzar las tropas a pie.
Todas las unidades trabajaban y vigilaban con atención. El Capitán Hawke se encontraba en una tienda en el centro del campamento inglés, observando un mapa. Buscaba la isla en la que se hallaban, pues tenía serias dudas sobre su ubicación. Al no encontrarla, intentaba descifrar, por su cuenta, en qué parte del mundo podrían estar, con la intención de enviar un mensaje de apoyo a su superior, cuya flota aún no había salido de Inglaterra. En cuestión de segundos, la humedad aumentó considerablemente. El Capitán se frotó la frente con la manga roja de su uniforme, mientras un aire de inquietud se instalaba en la tienda. De repente, el reverendo entra, algo agitado.
—¡Capitán, cerca de una enorme roca cubierta de musgo vimos a una persona extraña! —afirma el reverendo, hablando rápidamente y exhalando con agitación.
—¿Persona extraña? ¿Algún primitivo? No le hagan daño, quizás sepa dónde está el profesor —dijo Hawke, intentando calmar a Grimshaw.
El reverendo le contó que el anciano llevaba una máscara de madera en el rostro, cuya expresión era seria e inmóvil. Ese anciano era Matahi, el chamán de la isla. Sostenía un cetro, cuya punta tenía la forma de una gota de agua. Con movimientos sorprendemente lúcidos, empezó a invocar algo; entonces, como si de un presagio se tratara, el cielo se nubló y una nueva tormenta se desató.
Hawke y el reverendo salieron apresuradamente de la tienda al oír los truenos. El cielo se encontraba igual que al principio: una tormenta furiosa de rayos que rugían con fuerza hacia el navío, que aún flotaba por encima del campamento inglés. Los rayos se abatieron sobre el transporte volador, golpeándolo como si fueran puños de acero. La proa comenzó a desintegrarse lentamente, y las maderas caían, al igual que las gotas de lluvia, hacia el césped. Los globos del navío empezaron a incinerarse poco a poco. El vehículo descendía vertiginosamente, con algunos tripulantes a bordo, y estuvo a punto de aplastar a Matahi.
En las profundidades de la jungla, Frank y Percival descansaban a la sombra de una roca cubierta de musgo, disfrutando de algunos jugosos y sabrosos frutos que el simio humanoide había conseguido trepando los imponentes árboles de la isla. A pesar de la tormenta, que desataba una lluvia torrencial, no pasaban sed. Desde su refugio, pudieron escuchar el estruendo del navío desmoronándose y el alboroto de los ingleses.
De pronto, Frank, impulsado por su curiosidad, pensó en aventurarse a investigar qué ocurría. Pero antes de que pudiera dar un paso, Percival lo detuvo, señalando hacia un punto en la distancia:
—Mire, señor, allá —dijo, señalando al chamán que se alejaba del conflicto-. Será mejor que sigamos sus pasos. Tal vez sepa dónde está su padre.
El simio, con una lucidez inesperada, logró convencer a Frank de no entrometerse con los ingleses. A pesar de su juventud, el muchacho tenía una curiosidad imparable, a veces peligrosa, pero Percival sabía que la prudencia era más sabia en ese momento.
Pasó un tiempo antes de que el anciano se alejara lo suficiente del caos y la destrucción. Aún llevaba la máscara y el cetro, pero, agotado, se dejó caer de espaldas al suelo. Estaba visiblemente débil y agitado, sus músculos incapaces de mantenerse firmes. Su rostro reflejaba un cansancio profundo, como si todo su ser estuviera a punto de rendirse.
Antes de que pudiera caer completamente al suelo, una figura apareció detrás de él. El profesor Julius Seferino lo alcanzó y lo sostuvo por la espalda, evitando que se desplomara. El inmigrante, que ya se había adaptado a la isla, llevaba varios días hospedado allí, mucho antes de que Frank y Percival llegaran a tierra firme.
Ambos forasteros, observando desde las sombras, vieron cómo el muchacho, impulsado por su curiosidad y sin previo aviso, se lanzó hacia el chamán moribundo y su padre.
—¡Señor, espere! —gritó Percival, intentando agarrar a su amigo, pero todo sucedió tan rápidamente.
—¡Padre, estás vivo! —exclamó Francesco al ver a Matahi.
—¡Francesco, debemos llevar a Matahi a la ciudadela! ¡Necesitamos que nos defienda del Capitán Hawke y sus esbirros!
El anciano balbuceaba, pidiendo ser llevado a la ciudadela, pero los forasteros no sabían por dónde ir. La incertidumbre los envolvía hasta que, de repente, apareció el líder guerrero: Teva, un hombre imponente, de robusta complexión y unos tres metros de altura, completamente desnudo. Con una rapidez sorprendente, los tomó por sorpresa, colocando una mano sobre cada una de sus cabezas. Luego, sin decir una palabra, puso a Matahi sobre su espalda y comenzó a marchar hacia el corazón de la isla.
Por el lado de los ingleses, el capitán ordenó a un par de hombres que lo siguieran en su búsqueda, mientras que a los demás les indicó quedarse en el campamento. A uno de los hombres, Hawke le entregó una bengala, indicándole que la utilizara cuando una flota inglesa pasara por los cielos.
Mientras tanto, en el corazón de la isla, Teva, junto con Frank y Percival, llegaron a la ciudadela. Un lugar casi paradisíaco, donde modestos edificios de madera y grandes hojas se mezclaban con estructuras más imponentes. Los centros cívicos, templos y otras instituciones de mayor rango estaban construidos con piedra pulida y adornados con detalles elaborados. La energía de la isla provenía de la diosa del agua, y todo alrededor parecía estar impregnado de su influencia.
Muchos de los habitantes observaban con sorpresa el regreso de los extranjeros. Teva, viendo las miradas, comentó:
—No son los primeros forasteros. Les temen porque siempre traen desgracias a nuestro hogar.
Dentro de la ciudadela, llegaron a un hogar acogedor donde se trataba a los enfermos. En ese mismo lugar dejaron al chamán, mientras Frank y Percival permanecían junto a él, vigilando su recuperación.
–¿Quién es La diosa del agua? —preguntó Frank, el hijo del profesor.
Teva los miró con seriedad y comenzó a explicar:
—La diosa del agua es la creadora de esta isla. Es quien da vida a todo lo que la rodea, como el mar. Solo un hechicero fiel y entrenado puede acceder a su poder. A lo largo de los años, ha habido muchos hechiceros que lucharon junto al ejército isleño contra otras potencias. La diosa conoce la avaricia humana, y por eso, cuando una flota se acerca, el chamán debe utilizar el cetro que le fue dado por ella para ahuyentarlos.
Teva los condujo hasta una caverna submarina, donde la diosa residía, para que pudieran obtener su veredicto y ver si eran dignos de su favor. Mientras caminaban por la fría caverna, iluminada por una luz tenue, el líder guerrero les contó que días atrás, Julius Seferino había resultado indigno y tuvieron que dejarlo preso en las profundidades de la caverna. Sólo después de un tiempo logró escapar.
Finalmente, llegaron al lugar sagrado y esperaron en silencio el veredicto. Frank miró alrededor y murmuró, desconcertado:
—No veo a ninguna diosa.
Ante él se erguía un monolito rocoso, cubierto de extraños escritos, y de su superficie fluía un líquido cristalino de color celeste, que iluminaba la caverna con una suave luz.
—No seas blasfemo. Esa roca es la diosa —respondió Percival, con una mezcla de reverencia y firmeza.
—¡Silencio! —exclamó Teva, con voz grave.
El líder guerrero dejó caer a los dos extranjeros al suelo con un movimiento brusco. Teva se adelantó y, con una reverencia solemne hacia el monolito, preguntó si estos forasteros eran dignos de estar en la isla. La roca, en respuesta, comenzó a emitir un leve destello celeste, y susurros incomprensibles se transmitieron al oído de Teva.
Frank no estaba tan nervioso como su simiesco acompañante. Mientras Percival se tensaba, el joven hijo del profesor permanecía inmóvil, con una expresión de absoluta calma. No sentía miedo, ni siquiera una emoción definida. Solo una profunda incertidumbre, que se transformaba en una pasión insaciable por lo desconocido. Su corazón, una máquina de metal que latía gracias al vapor que lo alimentaba, no le permitía experimentar el tipo de "vida" que otros sentían. El vapor, el bombeo de su sistema, eran lo único que le daba la ilusión de ser humano. Su mirada se mantenía fija en su padre, quien, de pie junto a él, parecía igualmente descolocado por la situación.
—Según la diosa del agua, ustedes dos son dignos y no representan amenaza para la isla. Escapan de los hombres uniformados... Creo que podemos ayudarlos a regresar a su hogar —dijo Teva, con una voz profunda y resonante.
Frank no había pensado siquiera en regresar a Inglaterra. Su mente no podía concebir la idea de volver a un lugar que lo veía como una anomalía, un ser mecánico en un mundo de carne. Londres, con sus prejuicios, le resultaba opresivo. Lo que deseaba con verdadera pasión era vivir sus propias travesías, explorar el mundo, sentir la libertad que solo podía ofrecerle la aventura.
Julius, por su parte, observó a su hijo en silencio. Con solo una mirada, comprendió lo que Frank sentía. Sabía que su hijo no quería regresar, que la idea de volver a su hogar en Londres era algo que le resultaba ajeno, casi insoportable. Era un joven perdido en un mundo que no lo aceptaba, pero, al mismo tiempo, lleno de una curiosidad que no podía ser contenida.
—El Capitán y sus secuaces no son un ejército, pero cuentan con armas devastadoras, como sus rifles, que disparan balas lo suficientemente potentes para acabar con un hombre y aquellos que estén cerca. Pero lo más peligroso es el robot dorado; esa es la mayor máquina de destrucción. No veo ninguna arma de esta isla que pueda enfrentarse a él —dijo Julius, interrumpiendo la conversación de manera repentina.
Teva, aunque preocupado, sabía que la recuperación de Matahi era la clave para invocar el último poder de la diosa del agua contra esa máquina destructiva. Por lo tanto, dejaron de lado sus diferencias y comenzaron a trazar un plan. Su objetivo era emboscar al capitán Hawke con la ayuda de Frank, Percival y Julius.
—Gracias al cielo que guardé mi pistola de ocho caños —dijo Percival, con una sonrisa orgullosa en su rostro simiesco.
—Más te vale que siga funcionando —respondió Frank, con tono serio.
—Lo mismo digo de ti. Pon a prueba esa fuerza robótica tuya —replicó el simio, refiriéndose a su compañero, que le respondió con una sonrisa confiada.
Frank y su padre, Julius, pudieron sentir la adrenalina de unirse en una causa común, enfrentándose a un peligro mortal juntos. Era una lucha de vida o muerte, pero Frank, por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de esperanza encenderse en su interior. Algo que había perdido hacía tiempo.
Teva, por su parte, se preparaba para lo peor. Ordenó alistar a cientos de hombres con lanzas, no solo para atacar, sino para defender la ciudadela en caso de que fallaran en su intento de derrotar al capitán Hawke.
Matahi, finalmente recuperado, salió del lugar de los curanderos. Su energía había vuelto, y sabía que estaba listo para realizar una nueva invocación. Pero para ello, debían acercarse a las profundidades del bosque, donde los ingleses se encontraban.
Julius Seferino, asumiendo una postura audaz, se autoproclamó como la carnada perfecta para atraer al capitán. Era su culpa que todo esto hubiera sucedido, y estaba dispuesto a enfrentarse a Hawke. Así, una vez que se adentraron en el bosque, el profesor y el capitán se encontraron cara a cara, listos para negociar.
—Querido Julius —suspiró Hawke con una sonrisa relajada y sarcástica—. ¿Cómo puedes caminar por una isla llena de salvajes merodeando por ahí? —continuó, desbordando sarcasmo.
—¡Hawke, estás aquí por mi culpa! —gritó Julius, arrodillándose lentamente, con las manos alzadas en un gesto de rendición—. No dañes a los isleños...
El capitán, secándose la humedad de la frente con el dorso de la mano, se acercó lentamente hacia donde estaban el profesor y el reverendo. Con un tono de falsa simpatía, le dijo:
—Si me dices dónde está la civilización, te perdonaré tus delitos, Julius.
Julius sabía cómo era Hawke. El capitán disfrutaba del juego, de la manipulación, de tener a sus víctimas a su merced. Por eso, el profesor decidió alargar la conversación, con la esperanza de ganar tiempo para que Matahi pudiera comenzar su invocación.
El reverendo, sin embargo, no compartía la paciencia de Julius. Con su ballesta en mano, dio un paso adelante y, con tono firme, insistió:
—¡Dí que están, Julius! ¿Dónde se esconden los isleños?
La tormenta estaba a punto de desatarse, y en lo alto de los árboles se escuchaba el crujir de la madera, como si un mastodonte estuviera arrasando todo a su paso. De repente, una enorme roca lanzada por Teva aplastó a muchos de los hombres de Hawke. Los pocos soldados que quedaban comenzaron a entrar en pánico, apuntando en todas direcciones, confundidos y aterrados.
El Capitán Hawke, sin perder la calma, tomó a Julius como rehén, apretando su agarre con fuerza.
—¡Stinkley! —exclamó Hawke con voz firme, mientras observaba a sus hombres siendo rápidamente superados-. ¡Tienes que localizar al hechicero y detenerlo antes de que sea tarde!
Mientras tanto, en el interior de su robot, Stinkley ajustaba los controles y comenzó a escanear el área. En la pantalla del radar, una señal de energía mágica apareció. Un par de rayos golpearon al robot, pero el repulsivo piloto no se dejó amedrentar y localizó rápidamente a Matahi.
—¡Lo encontré! —gritó Stinkley, mientras se relamía los labios, anticipando la caza. Dirigió la máquina hacia el hechicero con una mirada perversa, y la máquina arrancó a toda velocidad, derribando árboles y aplastando todo lo que se interponía en su camino.
Antes de llegar a Matahi, algo llamó la atención de Stinkley: una figura corriendo hacia él con una velocidad impresionante. Frank, lleno de furia, se dirigía a toda marcha hacia el robot. Con un grito de determinación, dio un salto desmesurado, lanzándose hacia el pecho de la máquina. Usando todo su poder, golpeó el vidrio de la ca
—¡Qué estás haciendo, pequeño entrometido!— gritó irritadamente Stinkley.
Frank sonrió y se aventó de espaldas para dar paso a un rayo redirigido por Matahi que lograba dar, así, el golpe directo a al piloto siendo electrocutado hasta convertirse en cenizas.
Teva, al ver que Stinkley quedó hecho polvo, se arriesgó a ayudar a Percival, pero los pocos soldados que permanecían con vida dispararon con sus devastadores mosquetes junto con Grimshaw quien poseía su ballesta automática. La flecha del reverendo se incrustó en uno de sus ojos de Teva quien ahora estaba tuerto y dolorido; su impotencia lo llenó de una cólera indescriptible y, así, tuvo la oportunidad de aplastar a Grimshaw con su enorme puño dejándolo hecho una tortilla en el suelo húmedo. Inmediatamente mandó a volar a los soldados por los aires con un salvaje manotazo. Por detrás de ellos, Hawke seguía de pie, implacable, con la figura erguida en medio del caos. A pesar de la destrucción que lo rodeaba, mantenía a Julius como rehén, su mirada fría y calculadora nunca apartándose del profesor mientras continuaba amenazándolo.
—Si intentan hacerme algo, el profesor muere —amenazó el capitán, su voz fría y autoritaria, mientras mantenía a Julius a su lado.
Teva lo miró fijamente, sin inmutarse, y respondió con una calma desafiante:
—Hazlo, ambos no son dignos.
El guerrero trono los dedos de una mano, como si estuviera dispuesto a destruirlos a todos en ese mismo instante, dejando claro que no tenía miedo de las amenazas.
En ese momento, Frank dio un paso al frente, interponiéndose entre Teva y el capitán, una tensión palpable flotando en el aire. El joven mecánico, aún con la mirada fija en el capitán, desafió su autoridad. La atmósfera se cargó de electricidad, hasta que Hawke, con una sonrisa astuta, rompió el silencio con una pregunta que sorprendió a todos:
—¿Podemos llegar a un acuerdo?
El silencio se extendió por unos segundos, mientras todos los presentes lo miraban atónitos. Nadie esperaba esa propuesta. Sin embargo, después de un largo suspiro, Teva asintió lentamente, reconociendo que la situación había tomado un giro inesperado.
Finalmente, el capitán y su propuesta fueron aceptados, y todos se dirigieron hacia la ciudadela junto con Hawke. Según el acuerdo del capitán, lo dejarían con vida a cambio de que pudiera llevarse a Julius -los dos "indignos"- en una balsa construida por los isleños. La idea era que, con el sigilo de la balsa, los refuerzos que Hawke había solicitado no detectaran la isla, y él pudiera regresar a su hogar con Julius.
A los líderes nativos les pareció una propuesta interesante. No solo se libraban de la amenaza del capitán, sino que también lograban obtener algo a cambio. Los hombres de Hawke que habían quedado atrás en el campamento no morirían en vano. Se quedarían como sacrificios a la diosa del agua, mientras que los isleños también recibirían parte de la tecnología de los invasores, incluyendo el robot destruido, que sería desmantelado y aprovechado para sus propios fines.
El capitán Hawke consideraba que su victoria era rotunda al llevarse a Julius con él. Sabía que el profesor tenía el conocimiento necesario para crear "super soldados", como él mismo había hecho con su hijo, y le perdonaría todos sus delitos si aceptaba trabajar para el ejército inglés en el área armamentística.
Julius, como inmigrante que había vivido en la precariedad, aceptó el trato, no sin cierto remordimiento. Pero Frank, su hijo, no cambió de opinión. Él quería quedarse en la isla, porque allí finalmente había encontrado un lugar donde lo aceptaban tal como era y, además, podía ser útil en futuros enfrentamientos.
—Frank... Francesco, este lugar es tan abundante y tranquilo para un mono, pero extraño a la civilización —bromeó Percival, su compañero, mientras caminaban hacia el campamento.
—No tienes que preocuparte, en Londres están siendo más tolerantes con los híbridos humano-animal que conmigo —respondió Frank, dándole una palmada en el hombro a Percival, con una sonrisa en el rostro—. Solo no inhales tanto hollín.
—Francesco, hijo... —Julius se acercó, las manos detrás de la espalda, con una expresión melancólica-. Tal vez no fui el mejor padre... quizá no hubieras querido que te refaccionara...
Frank lo interrumpió suavemente, colocando sus manos sobre los hombros de su padre.
—Lo hecho, hecho está. Me diste una segunda oportunidad, y la aprovecharé. Cuando en Londres se normalice la situación, podré volver.
La idea de que el futuro de Frank podría incluir un Londres más abierto a las máquinas hechas personas le dio algo de esperanza. Sabía que, si todo salía bien, algún día podría vivir como cualquier otro londinense, entre ellos, pero para ello tendrían que pasar años de investigación y avances tecnológicos.
Mientras tanto, Julius, Percival y Hawke se alejaban de la isla en la balsa que los llevaría hacia el lugar de donde todo había comenzado. A medida que se alejaban, la isla comenzaba a disolverse en la bruma, cubriéndose con una capa gris que la hacía casi invisible. Las nubes, cargadas de lluvia, comenzaban a caer suavemente sobre el mar, garantizando que el refuerzo de rescate inglés no tuviera problemas para encontrar a los náufragos.
La isla, su gente y su misterio quedaban atrás, mientras el futuro incierto aguardaba a los que partían.
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