Las nubes se acumulaban con una densidad inusual, m谩s espesas que en ning煤n otro a帽o.
—¿Cu谩ndo terminar谩 todo esto?— se pregunt贸 Jonah Harker
A lo lejos, un destello de luz brillante rasg贸 la oscuridad, iluminando por un instante el manto de nubes que se cern铆a sobre las afueras des茅rticas de Tucson.
—¿Ser谩 un misil? —pens贸 mientras oraba en el silencio de su acogedor apartamento.
Continu贸 con su oraci贸n mientras aquel resplandor se desvanec铆a lentamente, como la llama de una vela al apagarse. Cuando la luz desapareci贸 por completo, Jonah termin贸 de rezar antes de salir a ense帽ar la doctrina de la Iglesia de Jesucristo. Todav铆a era de madrugada. El elder ya hab铆a desayunado un sencillo t茅 sin az煤car y una tostada que le quedaba afuera, untada con mermelada. Sobre la mesa descansaba un rev贸lver que parec铆a observarlo en silencio mientras daba los 煤ltimos mordiscos.
Desde la ventana del quinto piso, el paisaje ten铆a el aspecto de las siete de la tarde. El amanecer era apenas un recuerdo lejano. Vestido con su habitual camisa blanca, pantal贸n negro, zapatos cuidadosamente lustrados y el cabello peinado con gel, el misionero sali贸 de su apartamento. El fr铆o se hab铆a convertido en el due帽o de la ciudad durante los 煤ltimos a帽os. Aun as铆, Jonah no llevaba campera sino un simple su茅ter de lana gris con una bufanda roja que envolv铆a su cuello.
Los pasillos estaban desiertos. Sus vecinos deb铆an de estar trabajando, o al menos eso quer铆a creer. Como cada ma帽ana, encontr贸 al conserje en el 煤ltimo piso del edificio. Vest铆a varias capas de abrigos de lana liviana y un cuello alto negro ocultaba casi por completo su rostro irreconocible. Sin levantar demasiado la vista, trapeaba el suelo con movimientos lentos y mec谩nicos.
—Buen d铆a. ¿C贸mo est谩? —pregunt贸 el conserje con la cordialidad de siempre.
—Bien —respondi贸 Jonah con el mismo tono apagado que empleaba cada ma帽ana.
脷ltimamente le costaba salir de su apartamento. El fr铆o lo reten铆a como si tuviera que atravesar una densa masa de agua antes de dar el primer paso. Sin embargo, aquella sensaci贸n de estancamiento desaparec铆a por completo cuando se encontraba con Liam, su amigo skinhead de cabeza rapada, a quien hab铆a conocido en una estaci贸n de autobuses de Tucson poco despu茅s de llegar desde Salt Lake City.
Los d铆as se hab铆an vuelto noches. Ya no importaba la hora: reunirse con Liam era como encender una antorcha en el fondo de una caverna. El optimismo del rapado desconcertaba a Jonah. A veces se preguntaba de d贸nde sacaba aquella energ铆a, especialmente en una 茅poca tan adversa para la joven naci贸n.
—Siempre tan serio, Joni. Demasiado serio para ser cristiano —brome贸 Liam mientras ambos sub铆an a su camioneta.
—Me estoy adaptando al clima —respondi贸 Jonah con calma, devolvi茅ndole una leve sonrisa.
—Han pasado a帽os desde el holocausto nuclear. Ya va siendo hora, ¿no te parece? —dijo Liam entre risas mientras dejaba que una pastilla de menta se deshiciera en su boca.
Un breve silencio se instal贸 entre los dos. Jonah volvi贸 a pensar en la fe que lo hab铆a acompa帽ado desde la infancia. La alegr铆a se hab铆a disipado hac铆a tiempo. Como cristiano, se supon铆a que deb铆a afrontar las dificultades con la ayuda de Dios, pero la duda regresaba una y otra vez. Solo esperaba una se帽al.
«Aquella luz fugaz... Debi贸 de ser una se帽al», pens贸.
—¿Me vas a ayudar a patrullar el sur? —pregunt贸 Liam con una sonrisa, aunque ya conoc铆a la respuesta. Sab铆a que Jonah nunca se involucraba en esos asuntos.
—Es una propuesta interesante... pero voy a declinarla —respondi贸 Jonah con amabilidad.
—Ya sabes. Siempre vas a tener un lugar en nuestra patrulla —dijo Liam con el entusiasmo de un scout.
Antes de dejar a Jonah en la iglesia, hicieron una parada en una estaci贸n de servicio para cargar combustible.
—La nena est谩 sedienta —coment贸 Liam, d谩ndole unas palmaditas al tablero de la camioneta—. No me la imagino andando con el tanque vac铆o.
—Por suerte, el combustible todav铆a no escasea en nuestro pa铆s —observ贸 Jonah.
—Nicholas I ha estado haciendo las cosas bien. Por eso estoy a su servicio en la frontera —dijo Liam mientras conversaba con el empleado de la gasolinera—. Cualquier granito de arena que pueda aportar a nuestra causa vale la pena, ¿eh, Joni?
Una vez lleno el tanque, Liam hizo rugir el motor de la camioneta y retomaron el camino hacia la iglesia.
—¡All谩 vamos! —grit贸 Liam con un aullido de entusiasmo.
Jonah lo mir贸 de reojo y dej贸 escapar una risa t铆mida.
—No exageres.
La camioneta avanzaba a toda velocidad. Las ruedas levantaban una mezcla de polvo, nieve y peque帽as gotas de agua que sal铆an despedidas con violencia. La ciudad resplandec铆a bajo un mar de luces que iluminaba los rostros de sus habitantes. La mayor铆a sonre铆a con naturalidad, como si nada hubiera cambiado desde las guerras nucleares. Trabajar para sobrevivir o sobrevivir para trabajar. Era la misma vida de siempre.
Jonah lo sab铆a, pero aun as铆 admiraba el entusiasmo casi contagioso de Liam. Lo observaba por costumbre, como si el Se帽or le hubiera encomendado descubrir el origen de aquella alegr铆a inquebrantable.
«¿Por qu茅 estoy tan perturbado, Se帽or?», rezaba cada d铆a.
Hab铆a cre铆do en Dios desde ni帽o. Su fe siempre hab铆a sido su refugio frente a las dificultades, pero 煤ltimamente ni siquiera la oraci贸n lograba disipar la inquietud que llevaba dentro.
«Siempre solo, Se帽or. Quiz谩 sea eso: la soledad. Mis padres me aman. Tambi茅n mis familiares y mis amigos, supongo. Pero ese amor se da por sentado. ¿Es realmente incondicional, como el tuyo? ¿O solo acudimos a Ti cuando nos conviene?»
Preguntas y m谩s preguntas daban vueltas en su cabeza. Al final del d铆a, nunca se atrev铆a a compartirlas con nadie.
—Hermano Jonah, deja de distraerte —dijo Orson, uno de los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los 脷ltimos D铆as en Tucson.
Ambos organizaban los seminarios de la congregaci贸n y ense帽aban a los j贸venes mormones, adem谩s de orientar a quienes se hab铆an unido recientemente.
—Nuestra congregaci贸n ha crecido mucho en estos 煤ltimos a帽os, hermano Jonah. Debemos celebrar el fruto de nuestro trabajo —coment贸 Orson con gratitud mientras almorzaba un taco relleno con fideos instant谩neos.
—Muchos cat贸licos se han unido a nuestra congregaci贸n —a帽adi贸 Jonah.
—El Se帽or nos ha elegido. La Ramera de Babilonia no pudo sostenerse en Roma. El auge de los mutantes oblig贸 al mism铆simo Papa a huir al Nuevo Reich Alem谩n como un refugiado... o, mejor dicho, como una rata acorralada —declar贸 Orson con solemne convicci贸n antes de dar otro mordisco triunfal a su almuerzo.
La Iglesia de Jesucristo se hab铆a convertido en uno de los principales baluartes espirituales de los Estados Occidentales de Am茅rica (Western States of America). Cada a帽o sumaba nuevos fieles que buscaban un apoyo espiritual en medio de tiempos turbulentos. Personas de toda condici贸n se un铆an a la Iglesia: desde profesionales con empleos bien remunerados hasta trabajadores de los oficios m谩s humildes. Sin embargo, la congregaci贸n segu铆a teniendo dificultades para llegar a los lumpenes, los refugiados y los inmigrantes.
Con el paso de los a帽os, la instituci贸n se hab铆a consolidado como la religi贸n oficial de los Estados Occidentales. El presidente de la Iglesia manten铆a una estrecha relaci贸n con Nicholas I y, en sus discursos, sol铆a recordar las haza帽as de Jos茅 Smith y de sus primeros seguidores en tiempos de persecuci贸n.
—Ojal谩 hubiera ocurrido lo mismo con otras congregaciones, como los calvinistas evang茅licos —continu贸 Orson.
—¿C贸mo dices? —pregunt贸 Jonah sin apartar la vista de sus apuntes.
—Esos malditos calvinistas. Ya sabes... Nos est谩n quitando fieles en las zonas perif茅ricas: las c谩rceles, algunos refugios y los barrios de las afueras —se lament贸 Orson mientras se limpiaba las manos con un repasador.
—Puede ser. Pero no deber铆amos medir nuestro trabajo por la cantidad de conversos, hermano Orson. Si ayudamos a los dem谩s, Dios siempre nos tender谩 una mano... —Jonah interrumpi贸 la frase al notar la expresi贸n de su compa帽ero.
Orson respetaba profundamente a Jonah, aunque en ocasiones lo consideraba demasiado ingenuo. Su solidaridad incluso hacia quienes se opon铆an a la Iglesia le parec铆a una debilidad.
—¿De verdad crees que Piter Ruiz se sentar铆a a dialogar contigo o con cualquiera de nosotros? —pregunt贸 con tono desafiante.
—Bueno... yo...
—Hemos tenido demasiados problemas con ese cretino. Ese pastor intent贸 incendiar nuestra capilla con un bid贸n de combustible robado de una estaci贸n de servicio. Y lo peor es que ese demente sigue consiguiendo adeptos obsesionados con el Apocalipsis.
—¿Ad贸nde quieres llegar con todo esto? —pregunt贸 Jonah.
—¿Lo dices en serio? —buf贸 Orson. Guard贸 silencio unos segundos para serenarse y luego a帽adi贸—: Solo necesitamos tener m谩s presencia en esos lugares de los que hablamos. Vamos.
Se puso de pie.
—Tenemos trabajo que hacer.
La conversaci贸n termin贸 de manera cordial. Pensaban distinto sobre algunos aspectos de su religi贸n y, aun as铆, manten铆an una buena relaci贸n. Para Jonah, el hermano Orson era casi una figura paterna. Trabajaban juntos desde que hab铆a llegado a Tucson como misionero para servir a la Iglesia.
Al terminar las clases, ambos salieron de la capilla para despedirse. Como de costumbre, Piter Ruiz los esperaba en la entrada. Vest铆a un enorme abrigo marr贸n, arrugado por el uso, y llevaba el rostro completamente descubierto, pese al fr铆o.
—¡Que Dios aplaste a los herejes! —grit贸 mientras se帽alaba a los mormones con sus largos dedos.
—Veo que hoy no trajiste gasolina, Ruiz. Eso ya es un avance —brome贸 Orson.
—No juegues conmigo. Un verdadero siervo del Se帽or deber铆a arrancarte las entra帽as. Despu茅s, Cristo se encargar谩 de juzgarte.
A Jonah se le escap贸 una risa involuntaria y enseguida intent贸 disimularla con una tos.
—¡T煤! —Piter lo se帽al贸 con furia—. ¡Eres el mism铆simo diablo! Andas con ese rapado ateo y sat谩nico que golpea gente por dinero al servicio de este gobierno pagano.
El alboroto llam贸 la atenci贸n de una patrulla que recorr铆a la zona. Los polic铆as se acercaron de inmediato.
Antes de que Piter pudiera continuar con sus gritos, intervino el comisario Bradley. Su sola presencia impon铆a respeto: era un hombre alto, de espeso bigote y unos llamativos lentes polarizados que parec铆a usar incluso cuando no hac铆an falta.
—C谩lmese, Ruiz —dijo con serenidad—. ¿Por qu茅 no me acompa帽a un momento a la comisar铆a?
—¡C谩llese, cerdo! Todos ustedes est谩n en contra de nuestro Se帽or. ¡Malditos servidores de Sat谩n! Se creen el pueblo elegido.
Bradley hizo una se帽a a uno de sus agentes. Tras un breve forcejeo, lograron esposar a Piter y conducirlo hasta el patrullero.
—Uf... El clima tiene a todo el mundo de los nervios, ¿no, muchachos? —coment贸 Bradley, soltando un suspiro.
—Ese tipo est谩 completamente loco, Brad. ¿Por qu茅 demonios no lo encierran de una vez? —pregunt贸 Orson con evidente fastidio.
—Ya estuvo preso y cumpli贸 su condena. La ley es la ley.
Los d铆as siguieron pasando. Jonah y Orson continuaron predicando y ense帽ando en las afueras de la ciudad y en algunos refugios, tal como hab铆an acordado. El trabajo era cada vez m谩s intenso y Jonah terminaba exhausto al final de cada jornada. Al regresar a su apartamento, el rev贸lver sobre la mesa volv铆a a llamar su atenci贸n.
Se sent铆a decepcionado. Desde aquella extra帽a luz que hab铆a aparecido y desaparecido en el cielo, no hab铆a recibido ninguna se帽al divina.
Todo segu铆a igual.
Liam segu铆a golpeando antifascistas y tocando con su banda. Orson y Bradley continuaban enfrent谩ndose a Piter Ruiz y a su peque帽o grupo de fan谩ticos apocal铆pticos. Y las noches, interminables y heladas, segu铆an cayendo sobre Tucson como si el amanecer hubiera decidido abandonar el mundo.
—¿C贸mo te encuentras, mi chiquit铆n? —pregunt贸 la madre de Jonah durante una videollamada.
—Bien... Con mucho trabajo —respondi贸 茅l con una sonrisa que parec铆a forzada, como si unos dedos invisibles le estiraran los labios.
—Me imagino, Joni. Me dijiste que est谩n ayudando a refugiados. Qu茅 bonito lo que hacen... aunque tambi茅n debe de ser aterrador.
—S铆, madre. Es mi deber. Dios nos ayuda mucho... Nos da tanto... —respondi贸 Jonah, bajando ligeramente la mirada.
Despu茅s de despedirse, abri贸 su laptop y comenz贸 a leer las noticias. Tambi茅n conservaba varios peri贸dicos de papel, desparramados sobre un sill贸n. Algunos ten铆an ya varios a帽os. En realidad quer铆a mantenerse alejado de las noticias, pero el aislamiento terminaba empuj谩ndolo hacia ellas. En la soledad, sus dudas crec铆an. La lectura, al menos, le hac铆a sentir que no estaba completamente solo.
Los discursos de Nicholas I eran un constante llamado al orden. Al leerlos, el caos parec铆a desvanecerse por un momento.
«LOS REFUGIADOS NO INFECTADOS»
El titular capt贸 su atenci贸n.
Sigui贸 leyendo.
««Nuestros expertos saben detectar mutantes a tiempo. Han estado realizando un trabajo excepcional y las estad铆sticas respaldan sus resultados.»»
Aquellas noticias reconfortaban a Jonah. Su confianza en la nueva naci贸n crec铆a con cada informe. Pertenecer a uno de los pocos pa铆ses donde la cantidad de infectados segu铆a siendo m铆nima era, pensaba, un verdadero motivo de celebraci贸n.
«Quiz谩 estas sean las se帽ales divinas», se dijo.
Una sonrisa, esta vez sincera, apareci贸 en su rostro mientras entrelazaba las manos y levantaba la vista hacia el techo.
Durante los d铆as siguientes, los diarios de los Estados Occidentales informaban sobre la toma del estado de Minnesota por parte del gobierno nacional. M谩s al sur, las noticias celebraban que las autoridades hab铆an logrado restablecer el control en Texas, un territorio que desde hac铆a meses sufr铆a incursiones espor谩dicas de mutantes procedentes de su rival oriental: los Estados Unidos Socialistas de Am茅rica (United Socialist States of America, o USSA).
¡MUTANTES EXTERMINADOS!
El enorme titular ocupaba la portada de uno de los peri贸dicos m谩s sensacionalistas.
««El Ej茅rcito Nacional logr贸 contener con absoluto 茅xito la invasi贸n de mutantes procedente de la desastrosa naci贸n del este. Los Estados Unidos Socialistas son una verg眉enza para Am茅rica.»»
Aquella ma帽ana, Jonah despert贸 de mucho mejor 谩nimo que en los d铆as anteriores. Prepar贸 un caf茅 bien caliente —una bebida prohibida por las normas de su Iglesia— con la intenci贸n de reconfortarse y reunir fuerzas para la larga jornada de servicio que lo esperaba en los refugios de la congregaci贸n. Lo acompa帽贸 con una tostada untada con mantequilla y le dio un generoso mordisco.
El rev贸lver segu铆a sobre la mesa.
Permanec铆a inm贸vil, como si fuera una presencia silenciosa que lo invitara a cuestionar no solo su fe, sino tambi茅n su propia existencia.
Sin embargo, esta vez el arma despert贸 en 茅l una fantas铆a distinta.
Se imagin贸 junto a Liam, enfrent谩ndose a Piter Ruiz en un duelo digno del Lejano Oeste para que dejara de amenazar.
—¿Le doy con un bate, Joni? —preguntaba Liam.
—¡En toda la cabeza! —respond铆a Jonah entre risas.
En su imaginaci贸n, Liam descargaba el golpe y Piter ca铆a como una calabaza hecha a帽icos en Halloween.
La fantas铆a desapareci贸 tan r谩pido como hab铆a llegado.
—Qu茅 lindo d铆a ser谩 hoy. Otro d铆a del Se帽or —murmur贸 Jonah para s铆 mismo mientras terminaba el desayuno.
En ese instante, su celular vibr贸.
Hab铆a recibido un mensaje.
—¡Pop!
El mensaje era del elder Orson.
«Seguro es para decirme que me apure», pens贸 Jonah.
«Hola, hermano Harker. Hoy cambiaron los planes. El comisario Bradley me avis贸 que encontraron a un hombre pobre, completamente desnudo, en las afueras de Tucson. Lo tienen en la comisar铆a. Hay un par de personas m谩s, pero quisiera que hablaras con 茅l y trataras de evangelizarlo.»
Jonah sonri贸 al terminar de leer.
—Dios es bueno —murmur贸 con gratitud.
Se visti贸 con la misma ropa de siempre, m谩s su abrigo gris y su bufanda roja, y sali贸 de su apartamento.
—¡Pop!
Otro mensaje.
Esta vez era de Liam.
«Oye, Joni. Esta ma帽ana estuve repartiendo unos cuantos golpes a unos antifas cerca del campo de refugiados. Ya sabes... m谩s trabajo para m铆 y mi banda. Hoy dudo que pueda pasar a buscarte, pero te lo voy a compensar de alguna manera. ¿Qu茅 te parece? 馃槄»
Jonah volvi贸 a sonre铆r frente a la pantalla del tel茅fono. Liam ten铆a la extra帽a habilidad de levantarle el 谩nimo incluso con mensajes como aquel.
El joven elder camin贸 rumbo a la comisar铆a. Era una madrugada extra帽amente hermosa. Peque帽os copos de nieve ca铆an con lentitud y, por primera vez en mucho tiempo, el fr铆o no parec铆a pesar sobre sus hombros. Avanzaba ligero, casi como si el viento lo empujara hacia su destino.
Al entrar en la comisar铆a, el calor del edificio lo envolvi贸 de inmediato. Se quit贸 su sueter gris y su bufanda. Vio guardias, secretarios y algunos agentes que iban y ven铆an entre los pasillos. Instantes despu茅s apareci贸 Bradley, saliendo de una de las celdas.
—Hola, se帽or Harker. Buenos d铆as... o buenas tardes... o buenas noches. Ya ni s茅.
—Son buenos d铆as, Brad —respondi贸 Jonah entre risas—. ¿D贸nde est谩 el paciente?
Mientras hablaba, sac贸 de su bolso una Biblia Reina-Valera de tapas azules.
—Literalmente es un paciente. Est谩 en la 煤ltima celda del pasillo. Es muy callado y creemos que es un inmigrante. Llamamos a un enfermero para que le vendara las manos y los pies.
Jonah no perdi贸 ni un segundo y se dirigi贸 a la 煤ltima celda.
Bradley no hab铆a exagerado. Mientras avanzaba por el pasillo, los dem谩s detenidos murmuraban entre ellos; algunos permanec铆an inm贸viles, con la mirada perdida. Sin embargo, el hombre de la 煤ltima celda no dec铆a una sola palabra. No parec铆a asustado. Estaba en calma.
Llevaba apenas una toalla alrededor de la cintura, como si acabara de salir de una ducha, a pesar del fr铆o insoportable que reinaba en el exterior. Lo que m谩s impresion贸 a Jonah no fue su semidesnudez, sino las heridas vendadas en sus manos y en sus pies.
«¿Qu茅 le habr谩 pasado?», pens贸.
No quiso pregunt谩rselo. Tem铆a despertar un recuerdo demasiado doloroso.
Entonces observ贸 con detenimiento su rostro. Ten铆a los ojos serenos, una barba descuidada y el cabello largo. Hab铆a una paz dif铆cil de describir en su mirada.
Antes incluso de que Jonah se sentara frente a la celda, ambos cruzaron los ojos.
—¿Eres el Rey de Reyes? —pregunt贸 Jonah con absoluta seriedad.
—Ese soy yo —respondi贸 el prisionero con tranquilidad.
Acto seguido, comenz贸 a quitarse las vendas de las manos y de los pies.
Debajo aparecieron unas antiguas cicatrices.
Los estigmas.
—¿Puede ser...? —susurr贸 Jonah, incapaz de apartar la vista—. ¿Jesucristo?
El hombre lo hab铆a o铆do.
—Ll谩meme Yeshua ben Yosef —corrigi贸 con un acento que Jonah no logr贸 reconocer. Desde luego, no sonaba mexicano.
—Yeshua... Jes煤s...
Jonah sinti贸 que el coraz贸n le golpeaba el pecho.
La luz que hab铆a visto en el cielo. Las dudas. Las oraciones. Todo parec铆a encajar de golpe.
Sus pupilas se dilataron.
Las plegarias hab铆an sido escuchadas. El Mes铆as hab铆a elegido los Estados Occidentales, del mismo modo que, seg煤n la tradici贸n de su Iglesia, Dios hab铆a guiado a Jos茅 Smith en la antigua Am茅rica.
—Tengo tantas cosas que contarle, Se帽or Yeshua... Maestro... —dijo con la voz quebrada antes de arrodillarse frente a 茅l.
Yeshua observ贸 el gesto con una leve sonrisa.
—El fin de los tiempos se acerca. Nos queda muy poco tiempo.
Aquellas palabras atravesaron a Jonah.
Comprendi贸 que deb铆a entregarse por completo a la misi贸n de anunciar su regreso. Hac铆a a帽os que casi nadie hablaba del Se帽or. Para la mayor铆a, Dios era un recuerdo lejano. Solo hombres como Piter Ruiz parec铆an vivir obsesionados con el Apocalipsis.
Su primera decisi贸n fue sacar a Yeshua de la comisar铆a y llevarlo a su apartamento.
—¿Est谩s seguro de que quieres hacerte cargo de este vagabundo? —pregunt贸 Bradley, observ谩ndolo con evidente desconcierto—. Est谩s llevando tu misi贸n demasiado lejos, ¿no crees? H谩blale de la Biblia y listo.
—No lo entiendes, Bradley. 脡l es el Rey de Reyes.
Jonah se帽al贸 las cicatrices de las manos y los pies de Yeshua.
Bradley las mir贸 con gesto esc茅ptico, pero finalmente acept贸 entregarlo bajo la custodia del misionero.
Ya en el pasillo, Jonah dud贸.
¿Deb铆a llamar primero a Orson... o a Liam?
Al final hizo algo impulsivo.
Se tom贸 una selfie junto a Yeshua y la envi贸 por mensaje a Orson.
«No vas a creer con qui茅n me encontr茅.»
Despu茅s llam贸 a Liam para preguntarle si pod铆a pasar a buscarlos con la camioneta.
Su mejor amigo acept贸. Solo ten铆a que dejar antes a algunos compa帽eros de su banda.
Mientras tanto, Yeshua segu铆a semidesnudo en la vereda junto a Jonah. Algunos peatones los observaban con evidente extra帽eza.
—Pobre misionero... Tiene que lidiar con vagabundos.
Yeshua permanec铆a sereno. Ten铆a los p谩rpados entreabiertos y, aun as铆, parec铆a observar todo cuanto ocurr铆a a su alrededor con la atenci贸n de un centinela. Buscaba algo, aunque Jonah todav铆a no se hab铆a dado cuenta de qu茅.
«Se acerca el fin del mundo», pens贸 el misionero.
Era evidente. Bastaba con mirar el estado del mundo. Adem谩s, el propio Mes铆as acababa de anunciarlo.
Lo 煤nico que le quedaba por hacer era continuar su misi贸n y advertir a todos que el fin estaba cerca, que Jesucristo volver铆a para juzgar a vivos y muertos.
La emoci贸n lo invad铆a por dentro.
Pero junto al entusiasmo apareci贸 una duda.
¿Y si 茅l tambi茅n era juzgado? ¿Ser铆a hallado digno del Reino de Dios... o condenado a la oscuridad?
Ese pensamiento le eriz贸 la piel.
Liam cumpli贸 su promesa y pas贸 a buscarlos con la camioneta. Jonah y Yeshua viajaban en la cabina junto a 茅l, mientras el baterista segu铆a en el tr谩iler, sentado junto a su instrumento.
Durante varios minutos rein贸 un silencio inc贸modo.
En cada sem谩foro, Liam lanzaba una mirada de reojo a Yeshua, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—Joni, est谩 muy bien que quieras ayudar a la gente, pero llevarte a este tipo a tu departamento ya me parece demasiado.
—Te dije que es Jesucristo, el Rey...
—...de reyes. Ya lo s茅. Me lo repetiste varias veces —lo interrumpi贸 Liam con una sonrisa ladeada—. Habla raro, se ve raro... y si de verdad fuera Cristo, tampoco me confiar铆a demasiado. Ya sabes el l铆o que arm贸 con el Imperio romano.
Al o铆r aquellas palabras, Yeshua volvi贸 lentamente la cabeza hacia Liam. No respondi贸. Continu贸 escuchando en silencio.
—¿Y por qu茅 no eres disc铆pulo de Jos茅 Smith? Al menos 茅l era americano.
—Jos茅 Smith es uno de nuestros profetas. Nadie lo ha olvidado, Liam —respondi贸 Jonah con una sonrisa paciente.
Finalmente llegaron al edificio.
Liam los dej贸 en la entrada y volvi贸 a poner la camioneta en marcha para llevar a su baterista.
—Deber铆as relajarte un poco, Joni. ¿Por qu茅 no vienes a uno de nuestros conciertos alguna vez? Tenemos algo para celebrar: hoy no detectaron ni un solo mutante en el campo de refugiados.
La camioneta se alej贸 lentamente hasta perderse entre las luces de aquella interminable noche.
Las palabras mutantes y refugiados quedaron resonando en la mente de Yeshua. Permanec铆a con las manos entrelazadas, escuchando la conversaci贸n con la atenci贸n silenciosa de un ni帽o que intenta comprender un mundo completamente nuevo.
Finalmente llegaron al edificio donde viv铆a Jonah y subieron hasta el quinto piso. En la entrada se cruzaron con el conserje, que acababa de sacar la basura y observ贸 con extra帽eza a la ins贸lita pareja. En los pasillos todav铆a circulaban algunos inquilinos; por el aspecto del cielo deb铆an de ser cerca de las siete de la tarde, aunque el sol hac铆a a帽os que era apenas un recuerdo.
Apenas entr贸 al c谩lido apartamento, Jonah no pudo contener su entusiasmo.
—¡脡l es Jesucristo! —anunci贸 a los vecinos y al conserje, se帽alando orgulloso a Yeshua.
Las reacciones fueron de lo m谩s variadas. Algunos arquearon una ceja. Otro estall贸 en carcajadas. El conserje dibuj贸 una sonrisa inc贸moda, sin saber c贸mo reaccionar. Uno de los inquilinos simplemente murmur贸:
—¿Todav铆a siguen creyendo en eso?
A Jonah no pareci贸 importarle.
Lo primero era actuar.
Record贸 un pasaje de las Escrituras: vestir al desnudo y alimentar al hambriento.
Apart贸 con cuidado el mont贸n de peri贸dicos que cubr铆a el sill贸n e invit贸 a Yeshua a sentarse. Luego corri贸 hasta su habitaci贸n en busca de algo de ropa que pudiera quedarle.
Al regresar, llevaba un viejo conjunto deportivo azul.
Yeshua no se parec铆a en nada al Cristo robusto de las pinturas renacentistas. Era m谩s delgado de lo que Jonah hab铆a imaginado.
—¡Perfecto! —exclam贸 con entusiasmo.
Le entreg贸 una campera azul con franjas naranjas, una remera deportiva azul ultramar y un pantal贸n a juego. Como no encontr贸 las zapatillas, termin贸 ofreci茅ndole unas pantuflas.
Vestido de esa manera, Yeshua parec铆a m谩s un turista desorientado que un atleta.
—Perd贸n, Se帽or. No pude encontrar el calzado del conjunto —se disculp贸 Jonah con una sonrisa avergonzada.
Despu茅s de un largo suspiro, el misionero se dej贸 caer en una silla, satisfecho por haber cumplido al menos una parte de su deber. Sin darse cuenta, apoy贸 el rev贸lver sobre la mesa antes de dirigirse a la cocina para preparar algo caliente para su invitado.
Yeshua permaneci贸 inm贸vil.
Sus ojos, hasta entonces serenos y distra铆dos, se posaron sobre el arma.
Por primera vez desde que Jonah lo hab铆a encontrado, su mirada cambi贸.
El misionero regres贸 desde la cocina con una taza de t茅 de lim贸n bien caliente y un par de tostadas que llevaba varias semanas guardando. Como casi nunca recib铆a visitas, procuraba que sus provisiones duraran lo m谩ximo posible.
—Beba, Se帽or. Le har谩 bien.
Yeshua tom贸 la taza con ambas manos y bebi贸 un largo sorbo sin comprobar antes la temperatura.
La taza resbal贸 de sus dedos.
Se estrell贸 contra el suelo.
El t茅 hirviendo salpic贸 la habitaci贸n mientras la porcelana se hac铆a a帽icos.
—¡Cuidado, Se帽or! ¡Est谩 muy caliente! —exclam贸 Jonah mientras corr铆a a ayudarlo.
Yeshua permaneci贸 inm贸vil.
Lo observ贸 fijamente.
Aquella ya no era la mirada serena de antes.
Frunc铆a el ce帽o con una expresi贸n dif铆cil de interpretar.
Mientras Jonah iba en busca de una escoba y unos trapos para limpiar el desastre, Yeshua se sec贸 las manos y regres贸 al sill贸n. All铆 tom贸 uno de los tantos peri贸dicos viejos desparramados por la sala.
Un titular llam贸 su atenci贸n.
ISRAEL HA DESAPARECIDO
Ley贸 el art铆culo completo.
El pa铆s hab铆a quedado reducido a ruinas y los pocos sobrevivientes eran catalogados como mutantes.
Yeshua cerr贸 lentamente el peri贸dico.
—Esta es mi misi贸n... otra vez —murmur贸 para s铆.
Cuando Jonah termin贸 de limpiar el piso, hizo una leve reverencia a modo de disculpa por el accidente y volvi贸 a guardar la escoba y los trapos.
Regres贸 a la sala con su Biblia entre las manos.
Entonces se qued贸 inm贸vil.
Yeshua sosten铆a el rev贸lver.
Lo giraba lentamente entre sus dedos, examin谩ndolo con curiosidad. Incluso lo acerc贸 al rostro, como si intentara descubrir su naturaleza por el olor del metal.
Finalmente volvi贸 a dejarlo sobre la mesa.
Con mucho cuidado.
—Es un artefacto interesante, gentil —coment贸 con una sonrisa apenas perceptible.
—Eh... s铆. Es una pistola. Si quiere, alg煤n d铆a puedo ense帽arle a usarla... —respondi贸 Jonah, inc贸modo. Reci茅n entonces record贸 que hab铆a dejado el arma al alcance de cualquiera.
Intentando cambiar de tema, abri贸 su Biblia.
—Mire... aqu铆 est谩 escrita su historia. Sus obras. Tambi茅n la raz贸n por la que creo que ha vuelto. Aqu铆 est谩n las respuestas. La verdad.
Yeshua tom贸 el libro.
Pas贸 varias p谩ginas.
Luego se recost贸 en el sill贸n y comenz贸 a leer en silencio.
Esa noche, Jonah tuvo un sue帽o inquietante.
Escuchaba risas.
Las mismas risas de los vecinos que se hab铆an burlado de 茅l cuando anunci贸 que hab铆a encontrado a Jesucristo.
Entre aquella multitud apareci贸 Yeshua.
Su rostro era difuso.
Sosten铆a una Biblia.
—¿Todav铆a crees en esto, gentil pusil谩nime? —pregunt贸 antes de golpearlo con el libro.
Jonah despert贸 sobresaltado. Ten铆a el coraz贸n acelerado.
—¿Solo fue un sue帽o? —susurr贸.
Eran las cinco de la ma帽ana.
Pronto tendr铆a que levantarse para desayunar. Pens贸 que, al menos, ya no estar铆a solo. Incluso imagin贸 que podr铆a contarle alg煤n chiste a Yeshua para hacerlo sonre铆r.
Antes de entrar al ba帽o sinti贸 una corriente de aire fr铆o. Frunci贸 el ce帽o. Camin贸 despacio hasta la sala.
Vi贸 que el sill贸n estaba vac铆o. La manta yac铆a en el suelo. La puerta del apartamento permanec铆a abierta.
La Biblia ya no estaba. Solo el rev贸lver segu铆a sobre la mesa y, una vez m谩s, era el objeto que dominaba la habitaci贸n.
Jonah intent贸 convencerse de que nada fuera de lo com煤n hab铆a sucedido aquella madrugada. Reanud贸 su rutina como misionero, aunque la desaparici贸n de Yeshua nunca dej贸 de rondarle la cabeza.
Con el paso de los d铆as, los peri贸dicos comenzaron a llenarse de titulares cada vez m谩s inquietantes.
ASALTOS A CIVILES
ATENTADO CONTRA EL GOBERNADOR DE ARIZONA
M脡DICOS SECUESTRADOS
MUTANTES MERODEAN LAS AFUERAS DE TUCSON
Cada ma帽ana las noticias parec铆an anunciar un mundo m谩s sombr铆o que el anterior.
Pero hubo un titular que hizo que la sangre se le helara.
ATAQUE A LA IGLESIA DE JESUCRISTO DE LOS SANTOS DE LOS 脷LTIMOS D脥AS EN TUCSON
Un feligr茅s asesinado.
El elder Orson Shepard, gravemente herido.
Desde aquel d铆a, Jonah comenz贸 a visitar el hospital siempre que encontraba un momento libre. Agradec铆a que Orson hubiera sobrevivido. Aunque solo pudiera acompa帽arlo unos minutos, aquellas visitas aliviaban el peso de una misi贸n que se volv铆a cada vez m谩s agotadora.
Orson era mucho m谩s que un compa帽ero de congregaci贸n.
Hab铆a sido su gu铆a desde que lleg贸 a Tucson como misionero.
Los dem谩s elders hac铆an un buen trabajo, pero ninguno pose铆a la experiencia, la firmeza y el liderazgo que Orson transmit铆a con tanta naturalidad.
—Veo que ahora andas armado, hermano Jonah —observ贸 Orson desde la cama del hospital.
Jonah apoy贸 una mano sobre la funda que llevaba sujeta al cintur贸n.
—S铆. Se ha convertido en mi compa帽era —respondi贸 con una sonrisa mientras daba unas palmadas sobre la pistolera.
—Excelente. Ya no es tiempo de dudar. Tenemos que mantenernos firmes para defender a nuestra naci贸n y a la Iglesia —afirm贸 Orson con convicci贸n.
—¿Crees que Piter Ruiz tenga algo que ver con el ataque? —pregunt贸 Jonah.
Orson solt贸 una carcajada seca.
—¡Claro que s铆! Ese miserable est谩 metido hasta el cuello. Pero esta vez consigui贸 ayuda. Hace tiempo dije que hab铆a que encerrarlo para siempre. Y ahora, encima, esos fan谩ticos est谩n colaborando con los mutantes al secuestrar m茅dicos.
Termin贸 de hablar y respir贸 hondo para recuperar la calma.
—Entiendo... Los peri贸dicos dicen cosas distintas. Algunos culpan a los antifascistas; otros, a una secta cristiana. Incluso hay quienes aseguran que ambos grupos est谩n trabajando juntos.
Orson hizo un gesto de desprecio.
—No importa qui茅n m谩s est茅 involucrado. T煤 sigue predicando. Y si tienes la oportunidad... manda al otro mundo a esos mutantes y a Piter Ruiz.
Jonah permaneci贸 en silencio unos segundos.
Luego asinti贸 lentamente.
—Lo har茅.
Baj贸 la mirada hacia la pistola.
—Aunque... creo que ya s茅 qui茅n podr铆a estar detr谩s de todo esto.
Jonah se sent铆a culpable, aunque todav铆a no estaba seguro de que aquel hombre hubiera sido realmente Yeshua.
«Quiz谩 sali贸 a evangelizar...», pens贸, pero ¿de qu茅 manera?
¿Lo habr铆a hecho como los elders de la Iglesia de Jesucristo, mediante la palabra, el servicio y la integraci贸n pac铆fica? ¿O de otra forma mucho m谩s inquietante?
Aquellas preguntas lo persegu铆an desde hac铆a d铆as.
Viv铆a atrapado entre dos realidades. En una, todo segu铆a bajo control y nada extraordinario hab铆a ocurrido. En la otra, la aparici贸n de Yeshua hab铆a hecho a帽icos todo aquello en lo que siempre hab铆a cre铆do.
Como casi siempre, eligi贸 aferrarse a la primera.
Respir贸 hondo y emprendi贸 el camino hacia la iglesia.
Desde los atentados, el edificio permanec铆a custodiado por polic铆as apostados en distintos puntos del per铆metro. Aquella presencia le transmit铆a una sensaci贸n de seguridad, aunque tambi茅n le recordaba que la congregaci贸n pod铆a convertirse, en cualquier momento, en el pr贸ximo objetivo.
Salud贸 a un par de polic铆as apostados en la entrada, pero ellos lo detuvieron unos instantes.
—No se quede demasiado tiempo, se帽or Harker. Todav铆a no sabemos si habr谩 otro ataque.
Jonah asinti贸 en silencio y continu贸 su camino.
Al entrar, encontr贸 la iglesia pr谩cticamente vac铆a. Desde los atentados, casi nadie se animaba a asistir. El silencio resultaba extra帽o en un lugar que, hasta hac铆a poco, rebosaba de voces y reuniones.
Sin pensarlo, camin贸 hasta el rinc贸n donde sol铆a trabajar junto a Orson.
Tom贸 asiento y cerr贸 los ojos.
Durante unos minutos record贸 las conversaciones con su compa帽ero, sus consejos y aquella tranquilidad que siempre transmit铆a. Despu茅s su mente viaj贸 a煤n m谩s lejos: a su infancia, a sus padres y a las personas que nunca hab铆an dejado de quererlo.
«Quiz谩 ah铆 est茅 lo divino», pens贸. «En las personas que permanecen a nuestro lado cuando m谩s las necesitamos.»
Abri贸 los ojos.
Sin dudarlo, sac贸 el celular y le escribi贸 a Liam para pedirle que lo pasara a buscar cuando terminara de trabajar.
Apenas envi贸 el mensaje escuch贸 un ruido en el exterior.
Luego otro.
Y un silencio repentino que le eriz贸 la piel.
Los ruidos proven铆an de la entrada, donde los polic铆as hac铆an guardia.
Primero se oyeron gritos. Luego, disparos. Despu茅s, el sonido de un forcejeo.
¡Crack!
Algo se quebr贸 con un chasquido seco, como si alguien acabara de partir los huesos de otro.
A continuaci贸n lleg贸 un ruido h煤medo y viscoso, imposible de confundir. Parec铆a que unas manos remov铆an un plato de espaguetis con salsa... solo que aquello no era comida.
Jonah permaneci贸 inm贸vil dentro de la sala. Contuvo la respiraci贸n.
Se acerc贸 lentamente a la puerta y apoy贸 el o铆do contra la madera.
Entonces... ¡BAM!
Un golpe brutal sacudi贸 la puerta.
El impacto hizo retroceder a Jonah hasta la ventana. Permaneci贸 inm贸vil, con la mirada clavada en la entrada mientras otro golpe hac铆a temblar el marco.
Del otro lado solo se o铆an gemidos guturales y pu帽etazos desesperados, como si varias criaturas intentaran abrirse paso a cualquier precio.
«Mutantes», pens贸 Jonah.
Por primera vez desde que hab铆a llegado a Tucson, sinti贸 un miedo que ni la fe lograba calmar y su mente se nubl贸 por unos instantes.
Entonces record贸 que no estaba completamente indefenso.
Su mano descendi贸 casi por instinto hasta la funda de la pistola. Su vieja compa帽era.
Siempre hab铆a estado all铆, silenciosa, observ谩ndolo desde la mesa o descansando en su cintur贸n, como si hubiera esperado pacientemente aquel momento.
Jonah desenfund贸 el arma.
Durante un instante, el ca帽贸n qued贸 apuntando hacia su propia cabeza.
«¿Este es mi final?», pens贸.
«¿Era este tu prop贸sito para m铆, Se帽or?»
Los golpes del otro lado de la puerta no cesaban.
¡BAM!
¡BAM!
Cada impacto hac铆a vibrar las paredes.
De pronto record贸 los peri贸dicos. Los discursos de Nicholas I.
Los titulares que hablaban de defender la naci贸n y combatir a los mutantes.
Una leve sonrisa apareci贸 en su rostro.
«No.»
«Todav铆a tengo un prop贸sito.»
Baj贸 lentamente el arma.
El ca帽贸n dej贸 de apuntarle a 茅l.
Ahora apuntaba hacia la puerta.
¡CRASH!
La madera estall贸 en mil pedazos.
Dos mutantes irrumpieron en la habitaci贸n. Sus cuerpos verdosos estaban cubiertos de sangre y sus gargantas emit铆an gru帽idos incomprensibles, como si cada palabra fuera una convulsi贸n.
—¡Aaaarg...!
Se abalanzaron sobre 茅l.
Jonah no dud贸.
¡Bang!
El primer disparo atraves贸 el cr谩neo del mutante m谩s cercano.
El cuerpo cay贸 al suelo antes de terminar el gru帽ido.
El segundo apenas tuvo tiempo de reaccionar.
¡Bang!
Otro disparo.
Otra cabeza destrozada.
El silencio regres贸 de golpe.
Solo quedaba el olor a p贸lvora y la respiraci贸n agitada del misionero.
Despu茅s de abatir a los dos mutantes, Jonah descart贸 escapar por la ventana. No era una opci贸n segura.
Avanz贸 despacio por el pasillo por el que aquellas criaturas hab铆an llegado hasta la sala. Caminaba con pasos cortos y silenciosos, sin bajar el arma ni un solo instante.
Entonces oy贸 m谩s pasos.
Despu茅s, varios disparos provenientes del exterior.
Se detuvo.
Apunt贸 hacia la puerta principal. Hab铆a manchas de sangre sobre el suelo y parte del marco.
El picaporte comenz贸 a girar. Jonah tens贸 el dedo sobre el gatillo.
La puerta se abri贸.
—¡Eh, Joni! No dispares. Soy yo.
Era Liam.
Llevaba una escopeta entre las manos.
Jonah baj贸 el arma de inmediato.
—¿D贸nde diablos estabas? —pregunt贸, dejando escapar un suspiro de alivio.
Entonces repar贸 en el rostro de su amigo.
—¿Tienes un ojo morado?
Liam solt贸 una carcajada.
—S铆. Un maldito evang茅lico demente. Son peores que los antifas. Disfruto repartir golpes con el bate y los nudillos de acero, pero a los mutantes prefiero mantenerlos bien lejos. Para eso est谩 esto.
Le dio una palmada a la escopeta mientras introduc铆a un nuevo cartucho.
Jonah sonri贸.
Liam siempre encontraba la forma de sorprenderlo.
—¿Vienes? La camioneta est谩 afuera.
Jonah asinti贸.
Aquella sonrisa, que hac铆a d铆as no aparec铆a con tanta sinceridad, volvi贸 a dibujarse en su rostro.
Ambos corrieron de inmediato hasta la camioneta.
Subieron de un salto y Liam pis贸 el acelerador sin perder un segundo.
La camioneta sali贸 disparada por las calles de Tucson.
Liam estaba completamente exaltado. No estaba asustado. Estaba euf贸rico.
Por primera vez, Jonah comprendi贸 de d贸nde nac铆a aquel entusiasmo que siempre hab铆a visto en su amigo.
Mir贸 por la ventanilla.
El caos se hab铆a adue帽ado de la ciudad.
Veh铆culos del Ej茅rcito bloqueaban las avenidas mientras los soldados intercambiaban disparos con mutantes y con los agitadores apocal铆pticos. Las sirenas se mezclaban con las detonaciones, los gritos y el rugido de los motores.
—Ag谩chate —orden贸 Liam sin apartar la vista del camino.
Su 煤nico objetivo era llevar a Jonah sano y salvo hasta el apartamento. Las autoridades hab铆an ordenado que los civiles permanecieran en sus casas, preferentemente armados, hasta que la situaci贸n estuviera bajo control.
La camioneta avanzaba a toda velocidad.
Liam no dudaba en embestir a cualquier mutante o fan谩tico que se cruzara en su camino con tal de abrirse paso.
De vez en cuando, una bala perdida golpeaba la carrocer铆a con un estruendo met谩lico.
Ninguno de los dos sab铆a si el siguiente impacto atravesar铆a la chapa o el parabrisas.
Despu茅s de atravesar el caos de la ciudad, finalmente llegaron al edificio de Jonah.
Pero algo no estaba bien.
Las puertas principales estaban bloqueadas desde el interior. El conserje permanec铆a detr谩s del acceso, neg谩ndose a abrir.
—¡V谩yanse de aqu铆! No voy a poner en riesgo a los inquilinos —grit贸.
—¡Eh, soy yo! ¡Soy Jonah! —respondi贸 desesperado mientras golpeaba la puerta.
El conserje se qued贸 inm贸vil.
—¿Qu茅 haces aqu铆? —pregunt贸 confundido—. ¿No estabas adentro?
Jonah frunci贸 el ce帽o.
—¿Qu茅? No. Estoy aqu铆. Abre la puerta.
El hombre mir贸 hacia el interior del edificio, inquieto.
—Tu amigo, el vagabundo, vino con otra persona hace un rato... Pens茅 que eras t煤.
Jonah y Liam comprendieron que no lograr铆an convencer al conserje.
No hab铆a otra alternativa.
Tendr铆an que entrar por otro lado.
Rodearon el edificio buscando alg煤n punto por donde pudieran ascender hasta el quinto piso. Entre las sombras encontraron unas viejas estructuras met谩licas de mantenimiento que sobresal铆an de la pared. No eran seguras, pero pod铆an servir.
Liam mir贸 hacia arriba.
—No me digas que vamos a subir por ah铆.
—A menos que tengas otra idea, s铆 —respondi贸 Jonah.
Con cuidado, comenzaron el ascenso.
Cada paso hac铆a crujir el metal oxidado. La pared estaba h煤meda y resbaladiza por la nieve acumulada. Un error pod铆a significar una ca铆da de varios metros.
Entonces escucharon gru帽idos desde abajo.
Algunos mutantes hab铆an llegado hasta el edificio.
Liam dej贸 de subir y prepar贸 la escopeta.
—¡Joni, sigue! ¡Sube t煤! ¡S谩lvate!
Se gir贸 y comenz贸 a disparar hacia las criaturas que se acercaban.
Los disparos retumbaron entre los edificios.
—¡No seas bruto! —grit贸 Jonah desde arriba—. ¡No llegamos hasta aqu铆 para que esos monstruos te devoren!
Liam hizo una pausa.
Mir贸 la distancia que los separaba.
Luego mir贸 a los mutantes.
Finalmente puso una expresi贸n de resignaci贸n.
—La verdad... tienes raz贸n.
Baj贸 lentamente la escopeta.
—Qu茅 molesto cuando tienes raz贸n, Joni.
Y sin perder m谩s tiempo, sigui贸 escalando junto a su amigo.
Con enorme esfuerzo, ambos alcanzaron la ventana del apartamento.
Jonah desenfund贸 la pistola y golpe贸 el vidrio con la culata.
El cristal estall贸.
Introdujo la mano sin pensarlo dos veces, abri贸 el pestillo desde dentro y empuj贸 la ventana.
—Sigue subiendo, Liam.
—¿Qu茅 crees que estoy haciendo?
Entraron uno detr谩s del otro.
El conserje ten铆a raz贸n.
Yeshua estaba sentado en el sill贸n, leyendo tranquilamente un peri贸dico.
—El Rey de Reyes... —susurr贸 Jonah.
Pero no estaba solo.
Frente a 茅l permanec铆a de pie Piter Ruiz.
—¡T煤! —exclam贸 se帽alando a Jonah con sus largos dedos—. ¡Y t煤, rapado sat谩nico!
—¿Qu茅 tal? —respondi贸 Liam con absoluta naturalidad.
Jonah no apartaba la vista de Yeshua.
—¿Te uniste a ellos...?
—As铆 es —respondi贸 Piter antes de que Yeshua dijera una sola palabra—. Estamos dispuestos a dar la vida por nuestro Se帽or. Por encima de cualquier Ramera de Babilonia y de cualquier naci贸n pagana. ¡Al diablo los mormones! ¡Al diablo Nicholas I!
—Baja un cambio, cretino —gru帽贸 Liam.
—¡Mira a nuestro Se帽or! —insisti贸 Piter.
Yeshua sosten铆a el mismo peri贸dico cuyo titular anunciaba la desaparici贸n definitiva de Israel.
—¿Y eso qu茅 significa? —pregunt贸 Jonah sin comprender.
—¡Hereje! El Rey de Reyes ha venido a fundar una Nueva Sion en los Estados Occidentales. Nosotros, los verdaderos creyentes, seremos sus elegidos. Daremos la vida por su Reino.
Antes de que pudiera terminar la frase... ¡PUM!
El pu帽o de Liam impact贸 de lleno en su mand铆bula.
—C谩llate de una vez.
Piter trastabill贸, escupi贸 sangre y sonri贸.
Un segundo despu茅s se lanz贸 sobre Liam.
Los dos comenzaron a golpearse con una violencia descomunal. Rodaron por el suelo, derribando muebles y haciendo volar diarios, sillas y pedazos de vidrio. Entre insultos y pu帽etazos terminaron desapareciendo dentro de la habitaci贸n de Jonah, donde la pelea continu贸 entre golpes secos y muebles que se hac铆an pedazos.
El apartamento qued贸 en silencio.
Solo permanec铆an Jonah y Yeshua.
El hombre dej贸 el peri贸dico sobre el sill贸n y se puso de pie.
Sac贸 lentamente un cuchillo.
—T煤 y yo, gentil.
Su voz ya no transmit铆a serenidad.
—Luchar谩s contra m铆. Yo soy el Le贸n de Jud谩. Mis fieles reconstruir谩n la Nueva Sion sobre las ruinas de este mundo.
Jonah lo observ贸 sin apartar la mirada. No sent铆a miedo, m谩s bien, estaba decepcionado.
Hab铆a compartido su hogar con aquel hombre.
Lo hab铆a vestido.
Le hab铆a dado de comer.
Hab铆a cre铆do que todas sus plegarias hab铆an sido respondidas.
Ahora comprend铆a que Yeshua no buscaba salvar a nadie. No era 脡l.
Solo quer铆a fundar otro reino.
La Biblia que Jonah le hab铆a entregado no era m谩s que una herramienta en sus manos. Las palabras sobre el amor, el perd贸n y la misericordia parec铆an haber sido sustituidas por un llamado a la construcci贸n del pueblo elegido. La biblia para gentiles. Sus seguidores mor铆an devorados por mutantes, abatidos por soldados o encarcelados sin oponer resistencia, convencidos de que as铆 serv铆an a su causa.
Jonah levant贸 lentamente la pistola.
La mano le sangraba por los cortes que le hab铆a provocado el vidrio roto de la ventana.
No dijo una sola palabra.
Apret贸 el gatillo.
Una vez.
Y otra.
Y otra.
Dispar贸 hasta vaciar el cargador.
Despu茅s guard贸 el arma y abandon贸 el apartamento dejando a Yeshua abatido en su sill贸n.
Subi贸 solo hasta la azotea y luego se sent贸 en el borde del edificio.
El amanecer comenzaba a abrirse paso entre las nubes. El cielo segu铆a gris, pero algunas franjas de luz empezaban a atravesarlo.
Abajo, en las calles, se o铆an festejos.
Algunas zonas de Tucson hab铆an sido recuperadas.
Detr谩s de 茅l apareci贸 Liam, con el rostro cubierto de golpes y un labio partido.
Se sent贸 a su lado sin decir una palabra.
Los dos contemplaron el horizonte durante un largo rato.
—¿Qui茅n gan贸? —pregunt贸 Jonah.
Liam solt贸 una risa.
—Si no hubiera ganado yo, Piter estar铆a parado detr谩s de ti se帽al谩ndote con esos dedos largos y gritando: «¡T煤!». Por cierto, tu habitaci贸n qued贸 hecha un asco.
Jonah dej贸 escapar una carcajada. Hizo una pausa.
—Por fin acabaste con ese vago agitador. Bien por t铆, Joni.
—Me caes bien, Liam. ¿Sab铆as? Tengo muchas cosas que decirte.
Liam le dio un leve golpe en el hombro.
—Primero vas a tomarte un merecido descanso, Joni. Alg煤n d铆a te voy a llevar a Seattle. Mi novia vive all谩 y, cuando todo esto termine, pienso mudarme con ella.
—Y de paso pasamos por Salt Lake City. Quiero presentarte a mi familia— agreg贸 Jonah
Liam sonri贸.
—Trato hecho.
Los dos chocaron los pu帽os.
Frente a ellos, el amanecer comenzaba a imponerse sobre la noche.

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