No suelo ser seguidor de secuelas hoy en dÃa. Sin embargo, tras ver su antecesora quedé más intrigado e ilusionado por esta continuación —algo que no pasa seguido—, sobre todo por el final de la primera entrega, donde hacÃan su aparición por primera vez aquellos personajes rubios y extravagantes.
Este film está dirigido por Nia DaCosta, con guion nuevamente a cargo de Alex Garland, y comienza exactamente donde terminó la historia anterior. Aquà se nos presentan de lleno esos excéntricos y violentos personajes con pelucas, conocidos como los “Jimmies”, llamados asà por su lÃder Jimmy Crystal, quien se autodenomina Sir Lord, hijo de Satán.
Este grupo es una secta religiosa ultraviolenta que masacra de forma horripilante a sus vÃctimas como sacrificios —o “caridades”, como las llama su lÃder— dedicados a su deidad.
La pelÃcula se centra principalmente en el doctor Kelson y su relación con el infectado alfa Samson, con quien experimenta una posible cura para los infectados, sugiriendo que el virus de la rabia está más relacionado con una forma extrema de psicosis que con una enfermedad puramente biológica.
El doctor Kelson funciona como la antÃtesis absoluta de Sir Jimmy Crystal. Mientras este último encarna el fanatismo y la locura, Kelson es humanista: recuerda —sin nostalgia idealizada— que el paÃs, antes de la pandemia del virus de la ira, tenÃa un propósito, un norte hacia el cual dirigirse a pesar de las dificultades. En la Inglaterra actual, infestada de infectados, ese rumbo se ha perdido, volviendo a las personas en general más sectarias (cada uno por su lado), dominadas por el miedo.
Jimmy Crystal, marcado por una infancia traumática en la que los infectados masacraron a su familia, transmite su locura a los demás para convertirlos en sus fieles súbditos que, a la vez, son prescindibles.
Desde su soledad, recluta a personas igual de perdidas y desamparadas, ofreciéndoles un propósito, aunque este se manifieste a través de acciones profundamente macabras. En este contexto, la secta satánica ha sido leÃda por algunos como una analogÃa de ciertos polÃticos actuales que utilizan la violencia —fÃsica o verbal— para atraer a las masas. Sin embargo, discrepo con esa lectura: la violencia polÃtica no es un fenómeno nuevo, ha existido siempre, incluso mucho después de la Segunda Guerra Mundial.
A diferencia de su predecesora, esta pelÃcula es mucho más brutal, y los actos más despiadados no provienen de los infectados, sino de las personas comunes. Un tema ya clásico del cine contemporáneo: el verdadero monstruo no es el monstruo, sino el ser humano. Los infectados aquà no son esenciales, aunque están presentes. La trama se enfoca en cuestiones más existenciales, polÃticas y religiosas, algo tÃpico del género “zombi” cuando se lo toma en serio.
El film invita a reflexionar sobre la religión —aquà derrotada por los avances cientÃficos y convertida en superstición, como toda religión centralizada—, sobre la pérdida de propósito en momentos de caos y colapso social. Aun asÃ, hay un dejo de esperanza: personajes como el doctor Kelson, con su dedicación y su fe en el conocimiento, sugieren que no todo está perdido.
En resumen, quien busque acción descerebrada o sustos fáciles no los va a encontrar acá. Como dije antes, los infectados no son el centro de la trama, y tampoco es una pelÃcula sencilla ni moralista, de sermones claros sobre el bien y el mal. Existen matices, y su directora logra plasmarlos sin caer en caricaturas.
Es, sin más, un retrato de ciertos individuos y comunidades, enfocado en la soledad, la cooperación, el fanatismo, las creencias y en cómo estas últimas pueden llegar a crear verdaderos monstruos.
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