📜 Sinopsis
En una ciudad al borde del colapso, Leo huye de su creador. Ahora, cazador y presa se enfrentan en una persecución donde el destino de ambos pende de un hilo.
Aviso al lector: Este relato forma parte de un proyecto en revisión permanente. El texto que estás leyendo puede recibir correcciones y ajustes con el tiempo, a medida que continúo puliendo la historia y su forma.
—¡Que viva nuestro gobernador! —gritó un panadero cuya mercancía dejaba mucho que desear.
—¡Él nos dio nuestra libertad! —exclamó un repartidor de comida rápida mientras pedaleaba con entusiasmo por la avenida.
—¡Sullivan es un verdadero líder libertador! ¡Abajo el Imperium! —vociferó un aparcacoches de un pequeño restaurante mientras acomodaba los vehículos de los clientes.
El gobernador de Portomare, conocido por sus habitantes como El Rockstar, debía su apodo a su estilo y actitud de músico frustrado: chaqueta negra de cuero, pantalones vaqueros azules, borcegos lustrosos y unas gafas de sol oscuras que nunca se quitaba. Su cabello, un afro engrasado y voluminoso, completaba la imagen. Su comportamiento estaba lejos del de un diplomático; era más bien el de un bravucón que insultaba y humillaba a sus oponentes solo para alimentar su ego, algo que, curiosamente, sus votantes adoraban de él.
Sullivan había vencido, dos años atrás, al candidato opositor Vincent “Vinnie” Rocco, representante del Imperium Unitas en Portomare. Desde entonces, los simpatizantes del gobernador vivían en un estado de euforia permanente. Trabajaban duro y agradecían a su campeón, pues El Rockstar no les imponía restricciones: podían dedicarse a lo que quisieran. En su gobierno, todo parecía posible. El Estado, según ellos, no estorbaba.
También los habitantes de Portomare se enorgullecían de exterminar a los llamados Nómadas: un grupo radical que reclamaba su propia tierra, sin pertenecer ni a Portomare ni al Imperium. Las turbas de los ciudadanos los asesinaban a golpes, a tiros y mediante torturas, con la misma pasión con que celebraban sus victorias políticas. Los atentados de los Nómadas, sin embargo, apenas pasaban de simples actos de vandalismo: pintadas en las paredes, bombas de agua contra la policía o vidrios rotos en sedes gubernamentales con gomeras. Vestían taparrabos, y eso, para los hombres de Portomare, resultaba lo más indignante de todo.
Sin embargo, aquel día rutinario para los habitantes de Portomare tomó un giro inesperado. Un nómada corría por las calles con los ojos en blanco, la barba desgreñada y completamente desnudo. Parecía en un trance de éxtasis salvaje. Se movía como un animal poseído, exhalando e inhalando con violencia. Llevaba atado al torso un artefacto cuadrado, bien ajustado, del que parpadeaba lentamente una luz roja.
Detrás de él, un par de civiles lo perseguían con cadenas y martillos, dispuestos a darle la tradicional cacería. La multitud los alentaba a gritos:
—¡Denle duro a ese degenerado!
—¡Está desnudo! —gritó uno de los ciudadanos, con una sonrisa torcida que reflejaba una mezcla de burla y perversión.
—¡Vamos a darle su merecido! —rugió el hombre del martillo, jadeando mientras perseguía al nómada calle abajo.
Era mediodía, y aquello parecía un carnaval grotesco encabezado por el nómada. En las veredas de la calle principal de Portomare, la multitud vitoreaba a los dos civiles que lo perseguían, mientras el hombre desnudo corría con el extraño artefacto atado al cuerpo. Todos parecían en trance, extasiados, como si participaran de un ritual mágico.
Solo un policía, vestido con su uniforme azul oscuro casi negro y una ligera armadura, permanecía al margen. No festejaba ni se unía a la arenga popular. Bajó la cabeza, se acomodó el cabello con una mano y continuó su camino lentamente.
El nómada seguía corriendo sin mostrar señales de agotamiento. Aumentó la velocidad y su expresión cambió: del éxtasis pasó a una alegría desbordante. Sacó la lengua y dejó caer hilos de saliva mientras reía como un poseído.
Llegó entonces al edificio más importante de la ciudad: el Congreso. Allí activó el artefacto que llevaba atado. El dispositivo emitió un zumbido mecánico, y la luz roja comenzó a parpadear con frenesí... hasta que una explosión brutal destrozó la entrada principal del Congreso.
¡BOOM!
La primera explosión borró del mapa a los dos civiles que cargaban cadenas y martillos. Del kamikaze no quedó más que una nube de polvo.
En la calle yacían escombros del Congreso esparcidos por todas partes. Algunos fragmentos habían caído sobre la gente, aplastándolos como insectos. Humo, polvo y sangre se mezclaban en el aire tras la gran explosión.
Del éxtasis, los civiles pasaron a la confusión. Hasta ese momento, los Nómadas no eran más que vándalos inofensivos para aquellos ciudadanos enclenques que solían humillarlos con facilidad, imitando las burlas de Sullivan hacia sus adversarios.
Desde una esquina observaba el mismo policía que no se había unido a la persecución del nómada. Su rostro delicado, con el ceño amplio y los ojos marrones encendidos por la confusión, reflejaba el mismo desconcierto que dominaba a los portomarenses. No dejaba de escuchar sus propios pensamientos, algo que a veces lo paralizaba incluso en los momentos más dramáticos.
—¡Grimaldi! —exclamó un policía robusto y de carácter recio—. ¿Por qué se queda quieto? ¡Vaya a ver qué ocurrió!
—Llámeme Leo, señor —respondió con cierta pedantería.
—Ay, sí, cómo no… y a mí llámeme Bruno —replicó el oficial imitando a Leo con un tono exageradamente afeminado.
Bruno, jefe de patrulla, le ordenó a Leo Grimaldi que calmara la situación en la zona y pidiera refuerzos.
Leo se apresuró hacia la escena del atentado. Entre la conmoción y los gritos, encendió su comunicador para alertar a la jefatura.
—¡Un atentado! ¡Un nómada kamikaze hizo estallar parte del Congreso! Y hay... —exclamó Leo, con una mezcla de exageración y desgano; su mente divagaba más de la cuenta.
De pronto, una voz femenina e infantil irrumpió en su cabeza:
—Leo... Leo, ¿eres tú?
Más que calmarlo, aquellas palabras le recorrieron la espalda con un escalofrío de placer. Reconoció la voz y se llenó de una repentina emoción.
—¿Martina? ¿Eres tú? —preguntó, incrédulo.
—¿Qué? ¿Un atentado? Entendido, enviaremos refuerzos —respondió otra voz, esta vez la de un oficial..
Aquel día fue largo y extraño.
Era la primera vez que los Nómadas —considerados hasta entonces pacifistas— cometían un atentado. Pero Leo, que había formado parte de ellos, se lo veía venir.
Antes de ser capturado, había sido un artista del graffiti, un provocador que se burlaba de toda autoridad: policial, política o religiosa. En más de una ocasión, algunos ciudadanos de Portomare intentaron atraparlo para castigarlo brutalmente, pero siempre lograba escabullirse entre los callejones y los túneles del subsuelo.
En el campamento secreto de los Nómadas, al sur de la ciudad, Leo conoció a un chamán peculiar. Lo llamaban el Brujo. Era un anciano de ojos amarillos y luminosos, con barba y bigotes blancos que caían como raíces. Vestía harapos cubiertos de polvo y hojas secas.
Una vez, en su cueva llena de artefactos y humo espeso, el Brujo realizó con él un ritual. Al finalizar, trazó un sello en su piel: dos triángulos equiláteros, uno dentro del otro. Leo no entendió su significado, pero sintió que algo había cambiado dentro de su mente.
Con el tiempo, notó que los Nómadas se estaban volviendo fanáticos, agrupándose en torno a una nueva doctrina. Entonces escapó.
O al menos eso creyó, hasta que fue capturado por la policía... justo cuando aquella voz infantil volvió a resonar dentro de su cabeza, como una interferencia.
—¿Estás ahí? —susurró la voz femenina.
Leo contuvo la respiración. Aquella voz... siempre le recordaba a Martina, la única amiga que había tenido durante su época de artista callejero y ladrón.
“Cómo la extraño. Tan llena de vida, de rabia, de sueños...” pensó. “¿Será porque todavía es joven? No... los sueños no se pierden con la edad. Aunque desde que conocí a Martina, aprendí que algunos pueden sobrevivir incluso entre las ruinas.”
Inspiró profundo, bajando la mirada al suelo de la jefatura.
“A pesar de ser hija de...”
Se detuvo un instante, apretando los dientes.
“Vincent Rocco.”
Pasaron los días, y la policía de Portomare ya no podía contener el auge de la violencia. Los Nómadas, antes considerados meros vagabundos, ahora parecían fieras indomables. Algunos incluso abandonaron la confrontación directa y comenzaron a convencer a los propios ciudadanos de unirse a su causa.
La ciudad se hundía en el desorden. Lo único que conservaban los portomarenses era su rutina: trabajar por un puñado de dinero y burlarse de los Nómadas, como si eso los hiciera sentir superiores. Pero ahora el miedo se había mezclado con el desprecio. Trabajaban igual que antes, solo que con más inseguridad... mientras la fuerza de los Nómadas crecía sin compasión.
La Jefatura de Policía estaba en crisis. Habían perdido demasiadas unidades en la Zona Sur, donde la violencia de los Nómadas crecía cada día. En el centro, apenas quedaban agentes activos, y la escasez se volvió desesperante. No les quedó otra opción que reclutar ciudadanos comunes... e incluso detenidos y presos.
Entre ellos, Leo.
Leo detestaba el día en que lo detuvieron por sus actos de vandalismo. Jamás habría imaginado terminar vistiendo un uniforme y portando armas —aunque todavía no las usaba; solo llevaba un pesado revólver en la cintura.
Aun así, lo que más lo inquietaba no era su situación, sino la ausencia de Martina. Se había perdido… o quizá, pensaba él, la habían secuestrado.
Tampoco soportaba la autoridad del jefe de Policía, Bruno: un hombre robusto, brutal y siempre al borde del éxtasis cuando olía la violencia. Su excitación era visible, casi animal, una serpiente despierta cada vez que tenía la oportunidad de golpear o humillar a un Nómada.
En Portomare, abusar de un Nómada era más que una descarga: era un premio. Un acto ritual para ofrecer al amado gobernador Alessandro Sullivan. La violencia se había convertido en la forma más pura de lealtad política.
—¡Muy bien, e’cuálido flacucho! A’ parecer la policía del sur e’ mala. No soporta ni a un par de Nómadas bueno’ pa’ na’ —exclamó Bruno, el jefe de Policía, con su típico acento arrastrado, difícil de entender incluso para sus propios colegas, una mezcla de voluntarios y presos.
Entre ellos, Leo, que al escucharlo alzó los ojos con fastidio, pensando que Bruno no era más que un patético payaso con placa.
—¡No podemo’ dejar que e’ Imperium tome partido en nuestra’ tierra’! ¡Portomare e’ pa’ lo’ portomarense’! Eso e’ lo que quiere nuestro sumo gobernante.
Ante aquel discurso, los únicos que aplaudieron al jefe fueron un par de policías y un voluntario conocido como Fierro Negro.
Este último llevaba una máscara de látex y el torso desnudo, cubierto apenas por unos calzoncillos negros y borcegos del mismo color. La expresión de su rostro era casi imposible de descifrar bajo aquella máscara oscura, pero sus ojos saltones y la lengua que se deslizaba de un lado a otro entre sus labios podridos bastaban para helar la sangre.
—¡La policía del sur debe ser bien incompetente, jefe! —exclamó Fierro Negro con voz rasposa, mientras sostenía una enorme llave inglesa manchada de sangre seca—. No hay manera de que esos buenos para nada nos derroten.
—Aquí, en el centro, yo mismo los atendía desde mi taller: a puñetazo limpio primero, y con mi llave después, les partía la mandíbula como si fuera un bate.
Terminaba su relato moviendo la cadera hacia adelante y atrás, dejando escapar su lengua, larga y húmeda, como si acabara de saborear un bistec..
A Leo no le interesaba en absoluto lo que decían. Las tonterías del gobernador Sullivan y de los policías solo le causaban fastidio. Que los Nómadas estuvieran causando estragos no lo sorprendía: él mismo había vivido entre ellos, junto al Brujo, aquel hombre misterioso cuya voracidad parecía no tener límite.
Su estancia con el Brujo lo había perturbado, y apenas conservaba recuerdos claros de ese tiempo. Sabía, sin embargo, que algo había cambiado en los Nómadas. Habían dejado atrás el pacifismo, y por eso él decidió alejarse y volver a sus pintadas en solitario.
Aun así, los recuerdos de Martina —y la necesidad de encontrarla— eran lo único que lo mantenía en marcha.
—¡Grimaldi! —bramó Bruno, rompiendo los pensamientos de Leo—. Antes de partir, no olvides que todo detenido debe pasar su “iniciación”.
Leo lo miró, confundido.
—¿Iniciación? ¿De qué demonios habla?
Bruno sonrió con una mueca grasienta.
—Digamos que... una forma de probar lealtad —dijo, dejando que el silencio hiciera el resto.
Leo frunció el ceño, sabiendo perfectamente a qué se refería. Dio un paso atrás, pero ya era tarde: dos oficiales lo sujetaron por los brazos, obligándolo a inclinarse. Bruno lo observó desde arriba, con su papada sudorosa y esa mirada de placer enfermo que solo tienen los hombres que disfrutan del poder.
—¿Leo...? —volvió a escucharse aquella voz infantil, inconfundible, la de Martina.
El joven sintió un escalofrío. Los recuerdos lo golpearon con la fuerza de un eco lejano. Martina y él, escondidos en aquel baldío olvidado del sur. Un terreno vacío, cubierto de chatarra y hierba seca, pero para ellos era un refugio: su pequeño mundo fuera del ruido y la corrupción.
Ella huía a veces de su casa, no por miedo —Vincent Rocco, su padre, había sido un hombre correcto, incluso cariñoso—, sino porque no quería ser una distracción para él. Rocco, el ex candidato, el que había perdido contra Sullivan. Desde aquella derrota, algo en su mirada se había apagado, y Martina lo sabía.
—Señor Grimaldi —dijo Rocco, sentado tras su escritorio. Su voz era tranquila, aunque una sombra de preocupación la enturbiaba. Se acariciaba la barba una y otra vez, como si intentara sacar de ella alguna respuesta.
El humo del séptimo tabaco del ex candidato formaba un velo espeso que dificultaba ver su rostro. A través de esa neblina, Leo apenas distinguía su silueta.
—Eras el único adulto que se juntaba con mi niña —continuó Rocco, tras una breve tos. Agitó una mano para disipar el humo, sin mucho éxito—. Debiste conocerla de pies a cabeza.
Hizo una pausa. Luego, con un tono más grave, añadió:
—Ahora no me importa cuáles eran tus intenciones. Tengo un gran problema, querido Leo.
Se inclinó hacia adelante, y su mirada se volvió más incisiva.
—Te hablo a ti, artista prisionero... policía por obligación.
El político caído sonrió apenas, con una mezcla de ironía y cansancio.
—Iré al grano, Grimaldi.
Desde que el pelmazo de Sullivan ganó las elecciones, Portomare se convirtió en un antro tercermundista... sin que el Imperium pueda meter sus garras. —Rocco hablaba con una mezcla de desprecio y hastío—. Ganó un subversivo que toca la guitarra, ¿sabes lo que eso significa? Caos. Precariedad.
Encendió un habano nuevo, con movimientos lentos, rituales.
—Los Nómadas andan sueltos, más violentos que nunca, y la policía... —hizo un gesto con la mano— por el piso. El sur está perdido. La jefatura y la cárcel principal han sido tomadas.
Rocco se inclinó hacia adelante, soltando un gran pitido con el habano. Las brasas brillaron como un ojo infernal antes de que el humo escapara en una densa nube que envolvió el rostro de Leo.
—Pero hay algo peor —continuó—. Los portomarenses están cayendo seducidos por esos mismos Nómadas. Antes eran un grupo marginal, incluso pacífico... ahora son una enfermedad.
Rocco lo observó con detenimiento, con una media sonrisa que mezclaba desconfianza y curiosidad.
—Quisiera saber qué ocurrió, Grimaldi. Tú estuviste entre ellos... antes de tu captura.
Leo Grimaldi sabía que tenía una misión. La recordaba… o creía recordarla. Pero cada vez que intentaba enfocarse, la voz de Martina interfería en su mente como una interferencia eléctrica. Su recuerdo era una película proyectada sobre humo: él y la hija de Rocco, juntos en aquel baldío.
—Tengo la fuerza suficiente para hacer un homerun sin entrenamiento —decía Martina, abanicando el aire con un bate.
—Puede que tengas facultades, Martina, pero hay que practicar —respondía Leo, con calma. Estaba sentado sobre un tacho de desperdicios tumbado de costado, observándola—. Yo también intento mejorar mis pintadas… y mis escapes. El entrenamiento es fundamental.
—Sí, sí… entrenamiento, lo sé —dijo ella, rodando los ojos, mientras seguía abanicando—. Mi padre quiere que trabaje en algo “respetable”. Que sirva al Imperium, como él.
Martina se sentó junto a Grimaldi. Ambos miraron el horizonte: una hilera de edificios viejos, medio derrumbados, teñidos por la luz anaranjada del crepúsculo. El viento movía papeles y botellas vacías.
Durante un instante, el silencio entre ambos fue perfecto. Un silencio que Leo, años después, seguiría oyendo en su cabeza como un eco imposible de borrar.
Leo no respondió a Rocco. Simplemente se levantó y tomó el bate de Martina, aún tibio por el contacto de sus manos.
—Dale —dijo, mirándola con una sonrisa ladeada—. Arroja algo. Estoy preparado… aprendé.
Hablaba con ironía, pero su cuerpo se tensó con una concentración desconocida. Martina buscó entre la basura un pedazo de ladrillo y lo lanzó sin avisar.
El tiempo pareció ralentizarse. Leo giró el torso, alzó el bate y el golpe resonó seco, limpio, casi perfecto. En el instante del impacto, una vibración recorrió su piel: una luz azulada, como venas encendidas, se dibujó bajo su ropa y ascendió por su cuello.
Martina dio un paso atrás, fascinada.
—¿Qué fue eso, Leo?
Él miró sus manos, temblorosas, con las venas aún brillando. No supo qué responder. Pero dentro de sí sintió algo despertar… algo que había estado dormido desde su ritual con El Brujo.
En la jefatura, los hombres que habían amarrado a Leo yacían en el suelo, malheridos, con los rostros amoratados y los cuerpos cubiertos de moretones.
Bruno, el oficial robusto, estaba desplomado en su silla: su cara demacrada, el labio roto y la mirada perdida. No podía moverse.
El resto de los presentes observaban en silencio, paralizados por el miedo.
Leo, en cambio, permanecía de pie, agitado, con las pupilas dilatadas hasta volverse casi dos agujeros negros. Su pecho subía y bajaba con violencia. Pequeños trazos de luz azul recorrían su torso como venas de fuego.
Estaba extasiado.
El aire olía a sudor, ozono y sangre. Nadie se atrevía a acercarse.
Nadie excepto Fierro Negro.
El mecánico semidesnudo observaba fascinado, casi babeando, con los ojos desorbitados detrás de su máscara de látex.
No podía creer que aquel flacucho de rostro fino —a quien había dado por débil— hubiera desatado semejante poder.
—Mmm… esto sí que se puso interesante —susurró Fierro Negro, relamiéndose los labios mientras su lengua reptaba por el borde de la máscara.
Luego de aquel incidente, Leo corría por las calles de Portomare, todavía con el pulso acelerado y las luces azules apagándose lentamente bajo su piel.
Tenía una misión: encontrar a Martina.
No lo hacía por órdenes de Rocco, sino por la amistad que los unía, una amistad que el ex candidato nunca aprobó.
Ella era su única conexión real con el pasado, la única persona que lo había visto como algo más que un vándalo.
Mientras avanzaba entre los callejones llenos de neón y hollín, Leo dudaba de sí mismo.
Las imágenes se mezclaban: recuerdos, alucinaciones, ecos de una voz infantil que lo llamaba por su nombre.
No sabía si seguía corriendo hacia Martina… o hacia un espejismo nacido de su propia mente fragmentada.
Leo detuvo su carrera al llegar a los suburbios de Portomare. Conocía bien esas calles; habían sido su lienzo.
En las paredes oxidadas aún se leían sus viejas pintadas:
“¡Gobierno sin vergüenza, como todos!”
El eslogan original de Sullivan, el gobernador, apenas se distinguía bajo las manchas rojas que simulaban sangre salpicada.
De pronto, escuchó pasos.
Trote firme, constante, acercándose.
Leo se escabulló dentro de un edificio abandonado, cubierto de polvo y grafitis desteñidos.
Se asomó por una ventana rota.
Allí lo vio.
El cuerpo semidesnudo, cubierto apenas por calzones negros y botas con tachas.
La máscara de látex brillando bajo la luz de un farol.
Y en su mano derecha, una enorme llave de mecánico manchada de sangre seca.
Fierro Negro.
El demente lo había seguido.
Aquel gesto de furia de Leo en la jefatura lo había fascinado.
Ahora lo buscaba no para arrestarlo, sino por puro deseo: el de enfrentarlo o someterlo.
El ciudadano modelo de Portomare, acostumbrado a apalear Nómadas, quería más.
Y esta vez, su presa era Leo Grimaldi.
—¡Grimaldi! ¡Sal de donde quiera que estés! —gritó Fierro Negro desde el centro de la calle desierta del suburbio.
Su voz rebotó entre los muros corroídos y las ventanas rotas.
—Los detenidos ya van camino al sur —añadió con tono burlón—. Carne fresca para la jefatura. Ya sabes, siempre hace falta alguien que reciba los primeros disparos.
Leo permaneció oculto, conteniendo la respiración.
El eco de las botas de Fierro se mezclaba con el zumbido distante de los cables eléctricos y el goteo de algún caño oxidado.
Pero entonces, detrás de él, algo crujió.
Un sonido seco, como madera vieja partiéndose… o huesos.
Leo giró apenas la cabeza.
Había alguien —o algo— moviéndose entre las sombras del pasillo del edificio abandonado.
—¿Leo… estás ahí?— susurró una voz familiar.
Leo se quedó helado. Esa voz. Martina.
Sin pensarlo, giró sobre sus talones y corrió por el pasillo oscuro.
El eco de sus pasos resonó entre las paredes carcomidas mientras seguía aquel susurro que parecía guiarlo.
La voz lo llevó hasta una pequeña habitación al fondo, un viejo lavadero abandonado.
Allí, detrás de una puerta semipodrida, se escuchaba un sonido áspero: ras, ras, ras…
Algo —o alguien— estaba rasgando la madera desde el otro lado.
—¿Marti? ¿Eres tú? —preguntó Leo, lleno de una alegría ansiosa que se reflejaba en el brillo azul que comenzaba a expandirse en su pecho.
La puerta estaba cerrada con llave. El picaporte temblaba, sacudiéndose como una mano aterrada, emitiendo un clac-clac metálico.
Leo, impulsado por esa energía luminosa, lo arrancó de un solo tirón.
La puerta se abrió de golpe.
De adentro salió un Nómada desquiciado, con los ojos en blanco y la boca abierta, salpicando baba en todas direcciones.
Rugió como una bestia y se lanzó sobre Leo.
El impacto los hizo chocar contra la pared.
El Nómada intentó morderle el cuello, pero Leo lo sujetó por la mandíbula.
Forcejearon, gruñendo, resbalando entre el polvo y los charcos de óxido… hasta que Leo, impulsado por una ráfaga de fuerza azul, le partió la mandíbula en dos, abriéndola como si desgarrara una sandía.
La sangre brotó en un chorro oscuro, manchándole el pecho.
El cuerpo cayó al suelo y comenzó a convulsionar, vibrando como un artefacto defectuoso.
Sus ojos, antes nublados y blancos, recuperaron el color… y en ellos se asomó una lágrima.
Leo, jadeante, notó algo:
en el cuello del Nómada, justo entre las vértebras, había una pequeña garrapata metálica, incrustada profundamente en la piel.
Giraba lentamente, como si bombease algo invisible hacia su cerebro.
Leo estiró la mano para arrancarla…
Pero entonces la puerta del pasillo se abrió de golpe.
Allí estaba Fierro Negro, sosteniendo su enorme llave inglesa, con los ojos desorbitados y una sonrisa obscena bajo la máscara.
—Qué aguafiestas… arruinaste mi diversión —gruñó Fierro Negro, con un dejo de molestia y excitación en la voz. La violencia lo encendía más que cualquier otra cosa.
—Bueno… —añadió, mirando el cadáver destrozado del Nómada—. Tendré que conformarme con esto.
Leo no respondió. Estaba inmóvil, con la respiración entrecortada y la mirada perdida.
Las voces y las imágenes regresaban: Martina, su risa entrecortada, el Brujo murmurando entre sombras, todo mezclado en una secuencia de destellos y susurros incomprensibles.
Mientras tanto, detrás de él, Fierro Negro se inclinó sobre el cuerpo aún tibio del Nómada.
Leo apenas alcanzó a escuchar los gemidos entrecortados y el chirrido del látex.
—¿Insectos mecánicos…? —pensó Leo, con un escalofrío—. ¿Están en las cervicales de todos los Nómadas… o este era una excepción?
El silencio se volvió espeso.
Fierro Negro se incorporó, respirando con satisfacción.
—Ah… ya me desquité. Muy rico —dijo, acomodándose lentamente la ropa interior de látex negro.
Leo lo observó con asco y una chispa de temor.
El brillo azul de su pecho titiló como una advertencia.
En ese momento, un rugido metálico cortó el aire.
Turbinas sobrevolaban las nubes bajas; la vibración hacía temblar los ventanales rotos del suburbio.
La maquinaria pesada avanzaba por las calles deshechas del sur de Portomare, aplastando el asfalto como si fuera cartón.
Las tropas del Imperium marchaban detrás: una procesión de acero, orden y terror.
Cada soldado vestía un uniforme negro como la noche, cubierto por blindaje integral.
Nadie sabía si aún quedaba algo humano dentro de esas corazas.
Los cascos eran lisos, sin bocas, sin ojos, apenas una franja de vidrio polarizado que devolvía el reflejo del mundo como un espejo oscuro.
Se movían con sincronía inhumana, sin gestos ni voz, como si todos compartieran una misma mente.
El ruido de sus pasos era el de una sola criatura mecánica.
Disciplina hasta la muerte, hasta cumplir la orden.
Las tropas del Imperium se dirigían hacia el sur, hacia la gran cárcel de Portomare, un bloque de acero ennegrecido que también servía como jefatura principal. Allí, la población había sido golpeada con más fuerza que en cualquier otro distrito.
Muchos portomarenses huían hacia el centro, donde la violencia era menor, buscando refugio entre los mercados cerrados y los viejos edificios del Imperium. Pero otros se quedaban.
Algunos por lealtad al gobernador Sullivan, otros por orgullo, y los más por la simple libertad de morirse de hambre en su propia tierra.
Los portomarenses se parecían demasiado a los Nómadas: cuerpos delgados, piel curtida, ropas hechas jirones.
Vivían solo para trabajar, sudar y recibir un puñado de migajas a cambio.
Uno de ellos, Fierro Negro, era el mejor ejemplo de esa degeneración: no comía hacía días, y mientras estaba junto a Leo, su mente enferma rumiaba una idea macabra.
Pensaba en darle una “probada” al cadáver del Nómada que Leo había matado.
El hambre, la excitación y la locura lo estaban devorando por dentro.
Desde que Sullivan llegó al poder, era la primera vez que Fierro Negro podía dar un bocado.
Un bocado jugoso, tibio, que le hizo volver la alegría por un instante.
No sabía si reír o llorar, pero masticaba con una devoción casi religiosa.
Aquel sabor a hierro y podredumbre le recordaba que aún estaba vivo..
—Creo que el nivel de violencia que está sufriendo la ciudad es grave… y mucho más en la zona sur —dijo con calma Vincent Rocco, el ex candidato, mientras entrelazaba los dedos sobre el escritorio.
Frente a él, Sullivan apenas levantó la mirada.
Estaba sentado sobre su propio escritorio, colgando las piernas, los pantalones de cuero ajustados reluciendo bajo la luz de neón.
Rasgueaba su guitarra eléctrica sin enchufar, dejando escapar acordes mudos que flotaban entre el humo y el olor a ozono.
—El sur siempre fue así, Vincent —respondió al fin, con una sonrisa ladeada—. Pero ahora… tiene ritmo.
—Creo que es hora de pedir ayuda al Imperium Unitas para deshacerse de esos Nómadas revoltosos —sentenció Vincent Rocco, acomodando sus gemelos dorados, como si la elegancia pudiera devolverle autoridad.
Sullivan seguía rasgueando su guitarra eléctrica muda, sin levantar la vista.
—Mis ciudadanos viven bien felices —dijo, con esa calma de quien confunde la crueldad con sabiduría—.
Hay hambre. Mueren de hambre, sí… pero lo hacen eligiendo ese camino.
Porque son libres, Vincent. Y por eso me adoran.
El sonido seco de las cuerdas sin amplificador llenó el silencio, como un corazón que late en un ataúd.
Vincent Rocco, siempre diplomático, mantenía el rostro sereno mientras su mano temblaba cerrada en un puño. Se mordía los dientes por dentro, intentando no dejar escapar la rabia.
Aun así, consiguió lo que quería: convencer a Sullivan de que el Imperium Unitas debía intervenir.
El plan era sencillo —y perversamente elegante—: desplegar las tropas, arrasar con los Nómadas y, una vez terminado el “exterminio”, devolverle al pueblo la libertad. Al menos, esa era la versión que Vincent había vendido.
—Esto le dará una imagen poderosa para las próximas elecciones —dijo con voz suave, mientras se ajustaba el nudo de la corbata—. Sus ciudadanos lo apoyarán más que nunca.
Sabía bien lo que decía. Los fanáticos de Sullivan odiaban al Imperium con el fervor de los hambrientos; preferían morir con su “gobernador-mesías” antes que inclinarse ante la supremacía tecnológica que gobernaba el resto del mundo. Portomare era una de las últimas ciudades libres de su influencia… por ahora.
—¡Asco! ¡Qué repugnancia ver la maquinaria del Imperium pasando por nuestra hermosa ciudad!— exclamó Fierro Negro mientras observaba por la ventana del edificio abandonado, dando un golpe de puño a la pared. El yeso se resquebrajó, cayendo como polvo blanco sobre su piel sudorosa.
—¿Creen que sus juguetes metálicos pueden limpiar lo que ellos mismos ensuciaron? —gruñó, con la respiración agitada—. ¡Nosotros éramos los dueños de la calle antes de que llegaran esos cascos negros!
Apretó su llave inglesa contra el pecho. Por un instante, entre la ira y la excitación, una sonrisa torcida se dibujó bajo su máscara.
—Pero si el Imperium quiere jugar… Fierro también sabe jugar —susurró, relamiéndose los labios antes de lanzarse nuevamente a la noche portomarense.
—¡Seguro nuestro Sullivan se negó! —se excusó Fierro después de su enfado, golpeando el marco oxidado de la ventana—. Pero los corruptos imperialistas se entrometen en nuestra causa de acabar con los Nómadas…
Respiraba con dificultad. El vapor de su propio aliento empañaba el vidrio roto. Afuera, el rugido de las turbinas del Imperium hacía temblar los muros.
—¡Nosotros no necesitamos su ayuda! —escupió—. ¡Portomare se defiende sola! El eco de su voz se perdió entre el ruido metálico de los blindados.
Estaba anocheciendo. El crepúsculo se deshacía entre las montañas como una vela agotando su última gota de cebo. La noche caía lenta, y las únicas luces que resistían eran las de la maquinaria imperial: un Zeppelin bombardero avanzando con solemnidad, su cabina brillando como un ojo de fuego, escoltado por cuatro naves triangulares que flotaban a su alrededor como depredadores en formación. Más atrás, una nave rectangular del tamaño del Zeppelin transportaba tropas, tanques y cañones móviles.
Por encima de la calle principal de Portomare, el resplandor de los camiones del Imperium convertía las sombras en un día artificial.
Todo aquello hacía hervir a Fierro Negro.
—¡Mis impuestos van a pagar todo esto! —gritó, golpeando el vidrio roto de la ventana hasta que su mano empezó a sangrar—. ¡Nuestros impuestos para los malditos imperiales!
Su lengua se asomó por entre los labios resecos, lamiendo la sangre con un temblor de placer y furia.
Grimaldi observaba con expresión ridícula las tonterías de Fierro. Estaba exhausto. Hacía días que no dormía bien desde la desaparición de la hija de Vincent Rocco. Cada vez que cerraba los ojos, los sueños lo arrastraban hacia Martina y el Brujo: una mezcla incómoda entre refugio y pesadilla, entre el propósito que lo mantenía en pie y aquel mago nómada que alguna vez lo marcó con sus rituales.
—Yo me quedaré en este edificio —dijo Leo, mirando alrededor con cansancio—. Buscaré algún rincón donde dormir… quizá en un lavadero.
Luego lo señaló con una mirada de fastidio.
—No me sigas. O mejor, duerme en otro lado… quiero que mi culo siga intacto.
Fierro Negro soltó una risa grave, áspera. Como buen portomarense, no estaba en sus cabales. No le importaba el cansancio ni el peligro; lo movía una obsesión malsana. Quería seguir a Leo, verlo en acción, comprobar si esa fuerza sobrehumana que había visto en la jefatura era real. Lo atraía, pero no como a un camarada, sino con la enfermiza fascinación de un adicto por la violencia y el deseo mezclados.
Fierro gruñó algo entre dientes, frustrado. Su instinto le pedía quedarse, vigilarlo, probar su temple… pero al final cedió.
—Como quieras, Grimaldi. Pero si te matan en sueños, no me llames —murmuró antes de darse vuelta.
Con paso pesado y un gesto de rabia contenida, salió del lavadero y desapareció por el pasillo oscuro del edificio. El eco de sus botas metálicas se perdió entre las paredes descascaradas.
Leo suspiró aliviado. Al menos tendría una noche sin tener que soportar los delirios de aquel lunático.
Leo improvisó una cama con ropa vieja dentro de un canasto, apilando trapos húmedos y pedazos de tela como si armara un nido para resguardarse del mundo. Cuando por fin logró cerrar los párpados —pesados como plomo tras noches de insomnio y persecución— cayó en un sueño profundo, el primero en mucho tiempo.
Había pasado demasiadas noches durmiendo sobre el concreto, oyendo el eco de los pasos de la policía y el zumbido lejano de los drones del Imperium. Por suerte aún quedaban edificios abandonados y zonas muertas donde ningún portomarense se atrevía a entrar, sobre todo ahora, con los Nómadas fuera de control.
Esta vez el descanso lo envolvió sin resistencia, como si algo —o alguien— lo hubiese estado esperando del otro lado.
El sueño lo transportó a un lugar sombrío, aunque no del todo oscuro. Allí, entre sombras de color gris y naranja amarronado, vio a Martina. No parecía un recuerdo. La chica flotaba, suspendida en el aire, pero no como un espectro: irradiaba una calidez viva, casi humana. Leo dio un paso, y sintió su calor, real, tangible, traspasándole la piel.
El entorno tenía algo familiar: muros húmedos, cadenas, olor a óxido y ceniza. Era un calabozo. Uno que él conocía demasiado bien.
Martina abrió los ojos lentamente.
No habló con palabras. Su mirada bastó para que Leo sintiera una voz directa, dentro de su cabeza, vibrando con una intensidad creciente.
La comunicación era más fuerte que nunca. Ya no parecía un sueño.
Martina estaba ahí, frente a él.
—Tengo frío… —dijo Martina, tiritando. Su piel pálida relucía con una luz mortecina, y de sus brazos y piernas salían cables blancos, finos y tensos, que se perdían en la oscuridad.
—¿Qué son esas cosas? —murmuró Leo, acercándose. Estiró el brazo con esfuerzo; el aire era espeso, denso, como si avanzara contra una corriente invisible. Sentía que cada paso era un acto de voluntad, como atravesar un río de barro.
Antes de poder tocar los cables, un estremecimiento recorrió la escena. Una presencia surgió detrás de Martina, primero como un olor a incienso podrido, luego como una sombra que se alargaba sobre las paredes del calabozo.
El Brujo estaba allí. Sus ojos amarillos —tan vivos como los de una bestia— la observaban con una mezcla de deseo y posesión. Se inclinó sobre ella, olfateándola con su nariz huesuda y torcida, aspirando su esencia como si el aire mismo fuese su presa.
—Todavía está con vida… —gruñó el Brujo, con voz rasposa, casi reptiliana.
—¡Viejo repugnante! —gritó Leo, sintiendo una furia ciega.
El Brujo giró lentamente la cabeza hacia él. Sus ojos relampaguearon, inundando el sueño de una luz sulfúrica. Lo vio, realmente lo vio, como si la frontera entre los mundos se hubiese roto.
—¡Te voy a atrapar, ingrato traidor! —vociferó el Brujo, alzando su dedo índice —largo, huesudo, monstruoso— apuntando directo al corazón de Leo.
El aire tembló. Las paredes del calabozo se deformaron como si respiraran.
Leo sintió el olor a hierro caliente.
Y justo antes de que el Brujo lo tocara, todo se volvió blanco.
El joven Grimaldi despertó de aquel sueño profundo. Tenía el cuerpo empapado en sudor frío, y el corazón le golpeaba el pecho con violencia. La tenue luz del amanecer se filtraba por la ventana. Se acercó a ella y asomó la cabeza para respirar aire fresco. Tras unos momentos de relajación, y de preguntarse si todo había sido una simple pesadilla, la voz de Martina volvió a atravesar la quietud.
—Leo, te estás acercando —dijo Martina.
Leo no lo comprendía; volvía a escucharla.
—No te asustes, estamos conectados —añadió ella para calmarlo.
Aquello no era un sueño ni un recuerdo. Leo y Martina podían comunicarse telepáticamente, pero para ello necesitaban estar muy lúcidos. Gracias a eso, Leo había logrado dormir y relajarse después de tanto tiempo.
—El Brujo no se olvidó de ti —prosiguió Martina.
La conexión durante el sueño había sido tan intensa que El Brujo pudo sentir la presencia del joven. Era el don de este quien había otorgado la fuerza ancestral a Leo.
Mientras ponía en orden los asuntos de su propia vida, el joven Grimaldi comprendió mejor la situación. El Brujo podría estar detrás de los Nómadas iracundos, que estaban más salvajes que nunca. Leo lo veía como un chamán peligroso o el líder de una secta.
Decidido, Leo salió de la habitación de la lavandería y recorrió el edificio de arriba abajo en busca de Fierro Negro. No había rastro del encuerado en ninguna parte. Solo veía el rastro de solitarias pelusas, que sus pasos elevaban y que flotaban como nubes en la iluminación que se filtraba por las ventanas rotas. Tras el infructuoso recorrido, salió del edificio abandonado por la puerta principal. Al hacerlo, la luz del exterior lo golpeó como un relámpago, dejándolo ciego por unos segundos.
—¿Leo, ya sabes dónde estoy? —preguntó Martina, tiritando de frío.
Y Leo lo sabía. Sabía qué hacer y sabía dónde estaba ella. Al comprender que la guarida de aquel viejo y conocido brujo no estaba lejos, se dejó guiar por la luz del amanecer y salió corriendo en dirección a la Gran Jefatura y Penal de Portomare hacia la Zona Sur, pues más allá de esta se extendía un bosque en las afueras de esta ciudad.
Apenas Leo había avanzado unos pasos, cuando un Nómada escuchó sus pisadas. El iracundo emergió de entre los escombros que había frente a una pequeña casa. Gruñía como una bestia desenfrenada, igual que el último que Leo había enfrentado en el edificio abandonado.
Impulsado por la urgencia de encontrar a Martina, el corazón del joven Grimaldi palpitaba como un tambor, lo que aumentaba aquel extraño poder azul que le iluminaba el pecho: el legado de El Brujo. La fuerza y agilidad que le había concedido contra los policías abusivos fluían de nuevo por sus venas.
El Nómada descargó unos manotazos que Leo esquivó con facilidad. Acto seguido, le asestó un puñetazo certero en el cuello. Mientras el iracundo se agarraba la garganta agonizando, Leo lo sujetó con sus brazos en una llave de lucha libre y apretó con toda su fuerza hasta hacerle reventar los ojos, dejándolo completamente acabado.
Leo, con ese enorme poder recorriéndole el cuerpo, se sentía como un hombre nuevo. Su postura era heroica, casi desafiante, lo que contrastaba con su físico delgado y frágil.
Sin embargo, detrás del Nómada abatido comenzaba a formarse una turba. Uno de ellos llevaba en la boca la máscara de látex de Fierro Negro, rota y manchada de sangre; otro, relamía una enorme llave de mecánico, cubierta con sangre fresca que se mezclaba con las viejas manchas secas, vestigios de las víctimas anteriores de Fierro.
No le quedó otra cosa más que huir, y lo haría dirigiéndose hacia donde estaban las tropas del Imperium, en la Gran Jefatura. Desde su posición, podía ver el Zeppelin flotando en el cielo, acompañado por sus naves vigía sobrevolando el edificio. Aquel globo era su guía desde el suelo. Activó su poder y corrió como un galgo al galope.
La turba nómada también comenzó a correr detrás de él, como fieras desatadas, decididas a atraparlo. Parecían programadas por alguna conciencia extraña para cumplir la tarea de acabar con él, pues durante la persecución pasaban de largo frente a portomarenses famélicos, caídos en la calle, que no despertaban en ellos el menor interés.
El joven Grimaldi, que alguna vez había sido detenido, no quería verse atrapado nuevamente. Ahora tenía la posibilidad de llegar a su meta, mientras daba saltos largos para sacarle ventaja a los Nómadas, que lo seguían gruñendo como si estuviesen poseídos. Echaban fluidos por la boca, salpicando a su paso como mangueras perforadas, y acompañaban sus muecas con ojos blancos, sin pupilas, que brillaban con un fulgor antinatural.
Grimaldi se acercaba al lugar donde el globo flotaba por encima de la Gran Jefatura. Al llegar, pudo ver que todo el edificio estaba rodeado por las tropas imperiales: soldados vestidos de negro empuñaban rifles automáticos, mientras los tanques se alineaban en formación y un cañón móvil apuntaba directamente hacia una de las ventanas principales de la Jefatura.
—Policía y ciudadanos de Portomare —dijo un soldado por el megáfono—: tienen que unirse a nosotros. Necesitan nuestra ayuda para acabar con estos terroristas. Dejen de resistirse, es inútil. Ya hemos eliminado a la mayoría de esos iracundos salvajes. Dejen de provocarnos o nos veremos obligados a abrir fuego.
Desde la Jefatura se oyó el descontento de los portomarenses.
—¡No votamos al Imperium! —exclamó un ciudadano delgado mientras lanzaba un cóctel molotov contra las tropas.
—Su gobernador, Alessandro Sullivan, nos autorizó a intervenir contra este problema que los aqueja desde hace días —continuó el soldado.
Ese lanzamiento fue la gota que colmó el vaso. Llegó la orden de asediar a policías y ciudadanos subversivos.
—¡Fuego! —gritó el soldado del megáfono a los operadores del cañón móvil—. ¡BANG!
El ventanal principal de la Jefatura explotó en pedazos; hubo heridos y varios cayeron al primer piso, falleciendo en la caída.
Se desató un intercambio brutal de fuego. Desde el interior de la Jefatura, los portomarenses respondían con sus viejos fusiles y pistolas, mientras las tropas imperiales descargaban ráfagas de metralla sin piedad.
En medio de aquella balacera, Leo Grimaldi aprovechó un claro y corrió como un coyote. Detrás de él venía la turba de Nómadas, que chocó de frente con los soldados de negro, desatando un forcejeo visceral. Los iracundos repartían mordiscos y zarpazos, tropezando con los imperiales que respondieron con ráfagas de fuego, llenándolos de agujeros. Al ver a Leo escapar, uno de los oficiales del Imperium dio la orden de enviar un pequeño escuadrón para respaldarlo.
Leo no se detuvo y siguió hacia el bosque mientras las tropas se entretenían con el caos de la balacera.
Se internó entre los árboles en busca de la cueva del Brujo. Martina le enviaba señales cada vez más intensas, tan presentes en su mente que provocaban una leve vibración, como el radar de un murciélago. Pero cada vez que la conexión telepática se activaba, El Brujo también lo percibía.
El chamán emergió de su húmeda cueva para rastrear a Leo. Cuando ambos se encontraron, sus miradas se cruzaron por un instante; los dos entrecerraron los ojos. Sin decir palabra, El Brujo dio media vuelta y regresó a la oscuridad de la cueva. Desde la lejanía, el eco de los disparos del escuadrón a los Nómadas seguía resonando entre los árboles.
Leo, atentamente, siguió al Brujo, adentrándose en aquel pasadizo secreto oculto entre raíces y rocas. El lugar era húmedo, y sus paredes parecían una fusión imposible entre tierra viva y un material metálico semejante al acero, que vibraba con un zumbido bajo.
El joven avanzó con cautela, observando cada sombra, hasta asomarse al centro de la cueva. Allí estaba el Brujo, de pie, inmóvil, bajo una tenue luz azulada que emanaba del suelo. No se ocultaba; lo esperaba.
—Bienvenido, otra vez —dijo el viejo, con una sonrisa que no era de alegría, sino de reconocimiento.
Leo dio un paso más, conteniendo la respiración.
El aire allí dentro olía a óxido, carne húmeda y algo más… como incienso corrompido. Entonces lo vio.
A los costados de la cueva se alzaban estructuras improvisadas, mesas metálicas y cilindros de vidrio cubiertos de condensación. Dentro de ellos flotaban cuerpos humanos: niños, jóvenes, adultos… conectados con los mismos cables blancos que había visto en Martina.
Algunos, fuera de los tanques, yacían arrugados como pasas, piel seca pegada al hueso, los ojos hundidos en cuencas vacías. Otros parecían dormidos dentro del líquido transparente, moviendo los labios en un murmullo mudo, mientras burbujas escapaban de sus bocas.
Leo retrocedió un poco, horrorizado. Aquello no podía ser obra de un solo hombre. Había un orden siniestro, una precisión científica. En los muros, símbolos antiguos se mezclaban con inscripciones técnicas, y un zumbido eléctrico acompañaba cada respiración del lugar.
El Brujo, de espaldas, pasó una mano por uno de los cilindros, casi con ternura.
—El alma no se destruye, Grimaldi —dijo sin girarse—. Solo cambia de recipiente.
—¿Recuerdas algo de la cueva? —preguntó El Brujo.
—¿Cómo iba a olvidarlo? Martina me hablaba desde aquí —contestó Leo.
—No pude experimentar lo suficiente contigo. Me abandonaste. Eras el espécimen perfecto —la voz rasposa de El Brujo cortó la penumbra—. Alguien que odia a la humanidad... Quise mejorarla. Los Nómadas fueron mis experimentos con adultos, pero los niños... eso era distinto. Podían ser más obedientes, y su cerebro, más eficiente para el control mental.
—¿A dónde quieres llegar? —interrumpió Leo.
El Brujo esbozó una sonrisa y se dio la vuelta hacia la cápsula de Martina.
—Secuestrar a la hija del candidato perdedor me permitiría manipularla en su contra —explicó con calma—. Mi objetivo es embrutecer a todos los ciudadanos de Portomare, para que dejen de ser útiles al Imperium Unitas. Quiero deshacerme de sus grandes representantes políticos, empezando por Vincent Rocco. Alessandro Sullivan era el candidato ideal: un hombre cuya resistencia no iba más allá de la retórica sobre la libertad.
—No quiero acabar contigo. Eres un ser con un gran potencial para nuestra causa —dijo El Brujo.
—¿Nuestra? —preguntó Leo con incredulidad.
El Brujo, quien estaba junto a la cápsula de Martina, sonrió de nuevo, emitiendo unas risotadas bajas. Mientras reía, se le cayeron los dientes, que parecían de algún animal marino muerto. Sus ojos se desorbitaron hasta salirse de sus órbitas, en un rostro que comenzaba a alargarse. De su boca ya desgarrada emergió una pinza. Su cuerpo creció desmesuradamente, y su torso estalló para dar paso al cuerpo de una hormiga, con un abdomen enorme que desplegaba tres patas en cada lado. Sus ojos eran ovalados y completamente negros, como dos huecos vacíos.
Ya no se comunicaba con palabras, sino con unos sonidos extraños y perturbadores. El enorme insecto comenzó a emitir un ruido que solo Leo recibía en su cabeza, aturdidándolo y obligándolo a agacharse y cubrirse los oídos. Era un ruido que anulaba por completo su fuerza y agilidad; quedó totalmente inmovilizado, arrodillado, con los ojos fuertemente cerrados, mientras la criatura se acercaba. Escuchaba cómo sus patas afiladas perforaban el suelo con cada paso.
Leo, en medio de la convulsión, logró abrir un ojo con dificultad. Al ver al insecto acercarse, un sudor frío lo empapó. Pero entonces, atisbó por detrás del monstruo a Martina, que también tenía un ojo entreabierto. Esa imagen le dio un coraje renovado, y con todas sus fuerzas telepáticas, comenzó a luchar contra la mente del monstruo.
El joven, con un temblor incontrolable que sacudía su mano como si padeciera Parkinson, forcejeó para alcanzar la pesada pistola que los policías le habían dado, aún enfundada en su cintura. Logró asirla con dedos que se negaban a obedecerle y, con un esfuerzo sobrehumano, la alzó y apuntó directamente al Brujo, cuyo rostro monstruoso y deforme se encontraba ya a escasos centímetros del suyo.
¡BANG!
El disparo reventó uno de los ojos ovalados del monstruo, que cesó al instante su emisión del ruido mental. Liberado de la tortura, Grimaldi se puso de pie. Esta vez, su brazo era firme. Apuntó sin un ápice de temblor y descargó un segundo disparo en la frente de la criatura. No se detuvo. Apretó el gatillo una y otra vez, hasta que el cargador quedó vacío y el eco de los estampidos llenó el silencio.
El Brujo, aún en su forma de insecto, se desplomó. Su cuerpo grotesco yacía ahora en el suelo, muy débil, moviéndose apenas con espasmos involuntarios, incapaz de levantarse.
Grimaldi, mirándolo con desprecio, pasó junto al cuerpo convulso del insecto y se dirigió hacia la cápsula donde yacía Martina. Con manos firmes, abrió el cilindro y la sacó del interior inundado, dejando un charco a sus pies. Ella estaba empapada, el cabello pegado al rostro, pero viva. Por fin, tras tanto tiempo, Leo podía verla de nuevo.
No hubo palabras. Ninguna era necesaria. La conexión de sus pensamientos ya lo había dicho todo mucho antes de ese instante. Solo se miraron, y una sonrisa tranquila y cómplice floreció en ambos rostros. El joven la sujetó con fuerza entre sus brazos, sosteniendo no solo su cuerpo, sino todo el peso de la esperanza recuperada.
Leo pasó de nuevo junto al cuerpo agonizante de El Brujo, que yacía impotente. Era plenamente consciente de que aquel monstruo, fuese lo que fuese, alguna vez le había inspirado una siniestra afinidad. Compartían un odio visceral hacia la civilización: el progreso artificial, la vigilancia opresiva, el delito institucionalizado. Por eso, en otro tiempo, Leo había sido su discípulo.
Sin embargo, había cumplido su objetivo. No por lealtad a Vincent, sino por una fidelidad inquebrantable hacia Martina. Ahora, sin una palabra de desprecio o de triunfo, simplemente abandonó aquel lugar, con la certeza interior de que probablemente nunca hablaría de lo que allí había sucedido.
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