✍️ Relato: Unidad Cero por Fanto Dant猫s

馃摐 Sinopsis

En una ciudad al borde del colapso, Leo huye de su creador. Ahora, cazador y presa se enfrentan en una persecuci贸n donde el destino de ambos pende de un hilo.

Desde las olas que lam铆an la orilla de la playa de Portomare, el sol emergi贸 iluminando la parte trasera de las monta帽as. Las nubes esponjosas se ti帽eron de un rosa viol谩ceo, y el cielo las acompa帽贸 con una caricia anaranjada. Un nuevo d铆a comenzaba. Los comerciantes salieron de sus casas rumbo a sus lugares de trabajo. Muchos eran delgados y viv铆an en la miseria; aun as铆, adoraban a su nuevo gobernante, Alessandro Sullivan.



—¡Que viva nuestro gobernador! —grit贸 un panadero cuya mercanc铆a dejaba mucho que desear.

—¡脡l nos dio nuestra libertad! —exclam贸 un repartidor de comida r谩pida mientras pedaleaba con entusiasmo por la avenida.

—¡Sullivan es un verdadero l铆der libertador! ¡Abajo el Imperium! —vocifer贸 un aparcacoches de un peque帽o restaurante mientras acomodaba los veh铆culos de los clientes.

El gobernador de Portomare, conocido por sus habitantes como El Rockstar, deb铆a su apodo a su estilo y actitud de m煤sico frustrado: chaqueta negra de cuero, pantalones vaqueros azules, borcegos lustrosos y unas gafas de sol oscuras que nunca se quitaba. Su cabello, un afro engrasado y voluminoso, completaba la imagen. Su comportamiento estaba lejos del de un diplom谩tico; era m谩s bien el de un bravuc贸n que insultaba y humillaba a sus oponentes solo para alimentar su ego, algo que, curiosamente, sus votantes adoraban de 茅l.

Sullivan hab铆a vencido, dos a帽os atr谩s, al candidato opositor Vincent “Vinnie” Rocco, representante del Imperium Unitas en Portomare. Desde entonces, los simpatizantes del gobernador viv铆an en un estado de euforia permanente. Trabajaban duro y agradec铆an a su campe贸n, pues El Rockstar no les impon铆a restricciones: pod铆an dedicarse a lo que quisieran. En su gobierno, todo parec铆a posible. El Estado, seg煤n ellos, no estorbaba.

Tambi茅n los habitantes de Portomare se enorgullec铆an de exterminar a los llamados N贸madas: un grupo radical que reclamaba su propia tierra, sin pertenecer ni a Portomare ni al Imperium. Las turbas de los ciudadanos los asesinaban a golpes, a tiros y mediante torturas, con la misma pasi贸n con que celebraban sus victorias pol铆ticas. Los atentados de los N贸madas, sin embargo, apenas pasaban de simples actos de vandalismo: pintadas en las paredes, bombas de agua contra la polic铆a o vidrios rotos en sedes gubernamentales con gomeras. Vest铆an taparrabos, y eso, para los hombres de Portomare, resultaba lo m谩s indignante de todo.

Sin embargo, aquel d铆a rutinario para los habitantes de Portomare tom贸 un giro inesperado. Un n贸mada corr铆a por las calles con los ojos en blanco, la barba desgre帽ada y completamente desnudo. Parec铆a en un trance de 茅xtasis salvaje. Se mov铆a como un animal pose铆do, exhalando e inhalando con violencia. Llevaba atado al torso un artefacto cuadrado, bien ajustado, del que parpadeaba lentamente una luz roja.

Detr谩s de 茅l, un par de civiles lo persegu铆an con cadenas y martillos, dispuestos a darle la tradicional cacer铆a. La multitud los alentaba a gritos:

—¡Denle duro a ese degenerado!

—¡Est谩 desnudo! —grit贸 uno de los ciudadanos, con una sonrisa torcida que reflejaba una mezcla de burla y perversi贸n.

—¡Vamos a darle su merecido! —rugi贸 el hombre del martillo, jadeando mientras persegu铆a al n贸mada calle abajo.

Era mediod铆a, y aquello parec铆a un carnaval grotesco encabezado por el n贸mada. En las veredas de la calle principal de Portomare, la multitud vitoreaba a los dos civiles que lo persegu铆an, mientras el hombre desnudo corr铆a con el extra帽o artefacto atado al cuerpo. Todos parec铆an en trance, extasiados, como si participaran de un ritual m谩gico.

Solo un polic铆a, vestido con su uniforme azul oscuro casi negro y una ligera armadura, permanec铆a al margen. No festejaba ni se un铆a a la arenga popular. Baj贸 la cabeza, se acomod贸 el cabello con una mano y continu贸 su camino lentamente.

El n贸mada segu铆a corriendo sin mostrar se帽ales de agotamiento. Aument贸 la velocidad y su expresi贸n cambi贸: del 茅xtasis pas贸 a una alegr铆a desbordante. Sac贸 la lengua y dej贸 caer hilos de saliva mientras re铆a como un pose铆do.

Lleg贸 entonces al edificio m谩s importante de la ciudad: el Congreso. All铆 activ贸 el artefacto que llevaba atado. El dispositivo emiti贸 un zumbido mec谩nico, y la luz roja comenz贸 a parpadear con frenes铆... hasta que una explosi贸n brutal destroz贸 la entrada principal del Congreso.

¡BOOM!

La primera explosi贸n borr贸 del mapa a los dos civiles que cargaban cadenas y martillos. Del kamikaze no qued贸 m谩s que una nube de polvo.

En la calle yac铆an escombros del Congreso esparcidos por todas partes. Algunos fragmentos hab铆an ca铆do sobre la gente, aplast谩ndolos como insectos. Humo, polvo y sangre se mezclaban en el aire tras la gran explosi贸n.

Del 茅xtasis, los civiles pasaron a la confusi贸n. Hasta ese momento, los N贸madas no eran m谩s que v谩ndalos inofensivos para aquellos ciudadanos enclenques que sol铆an humillarlos con facilidad, imitando las burlas de Sullivan hacia sus adversarios.

Desde una esquina observaba el mismo polic铆a que no se hab铆a unido a la persecuci贸n del n贸mada. Su rostro delicado, con el ce帽o amplio y los ojos marrones encendidos por la confusi贸n, reflejaba el mismo desconcierto que dominaba a los portomarenses. No dejaba de escuchar sus propios pensamientos, algo que a veces lo paralizaba incluso en los momentos m谩s dram谩ticos.

—¡Grimaldi! —exclam贸 un polic铆a robusto y de car谩cter recio—. ¿Por qu茅 se queda quieto? ¡Vaya a ver qu茅 ocurri贸!

—Ll谩meme Leo, se帽or —respondi贸 con cierta pedanter铆a.


—Ay, s铆, c贸mo no… y a m铆 ll谩meme Bruno —replic贸 el oficial imitando a Leo con un tono exageradamente afeminado.


Bruno, jefe de patrulla, le orden贸 a Leo Grimaldi que calmara la situaci贸n en la zona y pidiera refuerzos.

Leo se apresur贸 hacia la escena del atentado. Entre la conmoci贸n y los gritos, encendi贸 su comunicador para alertar a la jefatura.


—¡Un atentado! ¡Un n贸mada kamikaze hizo estallar parte del Congreso! Y hay... —exclam贸 Leo, con una mezcla de exageraci贸n y desgano; su mente divagaba m谩s de la cuenta.

De pronto, una voz femenina e infantil irrumpi贸 en su cabeza:

—Leo... Leo, ¿eres t煤?

M谩s que calmarlo, aquellas palabras le recorrieron la espalda con un escalofr铆o de placer. Reconoci贸 la voz y se llen贸 de una repentina emoci贸n.

—¿Martina? ¿Eres t煤? —pregunt贸, incr茅dulo.

—¿Qu茅? ¿Un atentado? Entendido, enviaremos refuerzos —respondi贸 otra voz, esta vez la de un oficial..

Aquel d铆a fue largo y extra帽o.

Era la primera vez que los N贸madas —considerados hasta entonces pacifistas— comet铆an un atentado. Pero Leo, que hab铆a formado parte de ellos, se lo ve铆a venir.

Antes de ser capturado, hab铆a sido un artista del graffiti, un provocador que se burlaba de toda autoridad: policial, pol铆tica o religiosa. En m谩s de una ocasi贸n, algunos ciudadanos de Portomare intentaron atraparlo para castigarlo brutalmente, pero siempre lograba escabullirse entre los callejones y los t煤neles del subsuelo.

En el campamento secreto de los N贸madas, al sur de la ciudad, Leo conoci贸 a un cham谩n peculiar. Lo llamaban el Brujo. Era un anciano de ojos amarillos y luminosos, con barba y bigotes blancos que ca铆an como ra铆ces. Vest铆a harapos cubiertos de polvo y hojas secas.

Una vez, en su cueva llena de artefactos y humo espeso, el Brujo realiz贸 con 茅l un ritual. Al finalizar, traz贸 un sello en su piel: dos tri谩ngulos equil谩teros, uno dentro del otro. Leo no entendi贸 su significado, pero sinti贸 que algo hab铆a cambiado dentro de su mente.

Con el tiempo, not贸 que los N贸madas se estaban volviendo fan谩ticos, agrup谩ndose en torno a una nueva doctrina. Entonces escap贸.

O al menos eso crey贸, hasta que fue capturado por la polic铆a... justo cuando aquella voz infantil volvi贸 a resonar dentro de su cabeza, como una interferencia.

—¿Est谩s ah铆? —susurr贸 la voz femenina.

Leo contuvo la respiraci贸n. Aquella voz... siempre le recordaba a Martina, la 煤nica amiga que hab铆a tenido durante su 茅poca de artista callejero y ladr贸n.

“C贸mo la extra帽o. Tan llena de vida, de rabia, de sue帽os...” pens贸. “¿Ser谩 porque todav铆a es joven? No... los sue帽os no se pierden con la edad. Aunque desde que conoc铆 a Martina, aprend铆 que algunos pueden sobrevivir incluso entre las ruinas.”

Inspir贸 profundo, bajando la mirada al suelo de la jefatura.

“A pesar de ser hija de...”

Se detuvo un instante, apretando los dientes.

“Vincent Rocco.”

Pasaron los d铆as, y la polic铆a de Portomare ya no pod铆a contener el auge de la violencia. Los N贸madas, antes considerados meros vagabundos, ahora parec铆an fieras indomables. Algunos incluso abandonaron la confrontaci贸n directa y comenzaron a convencer a los propios ciudadanos de unirse a su causa.


La ciudad se hund铆a en el desorden. Lo 煤nico que conservaban los portomarenses era su rutina: trabajar por un pu帽ado de dinero y burlarse de los N贸madas, como si eso los hiciera sentir superiores. Pero ahora el miedo se hab铆a mezclado con el desprecio. Trabajaban igual que antes, solo que con m谩s inseguridad... mientras la fuerza de los N贸madas crec铆a sin compasi贸n.

La Jefatura de Polic铆a estaba en crisis. Hab铆an perdido demasiadas unidades en la Zona Sur, donde la violencia de los N贸madas crec铆a cada d铆a. En el centro, apenas quedaban agentes activos, y la escasez se volvi贸 desesperante. No les qued贸 otra opci贸n que reclutar ciudadanos comunes... e incluso detenidos y presos.

Entre ellos, Leo.

Leo detestaba el d铆a en que lo detuvieron por sus actos de vandalismo. Jam谩s habr铆a imaginado terminar vistiendo un uniforme y portando armas —aunque todav铆a no las usaba; solo llevaba un pesado rev贸lver en la cintura.

Aun as铆, lo que m谩s lo inquietaba no era su situaci贸n, sino la ausencia de Martina. Se hab铆a perdido… o quiz谩, pensaba 茅l, la hab铆an secuestrado.

Tampoco soportaba la autoridad del jefe de Polic铆a, Bruno: un hombre robusto, brutal y siempre al borde del 茅xtasis cuando ol铆a la violencia. Su excitaci贸n era visible, casi animal, una serpiente despierta cada vez que ten铆a la oportunidad de golpear o humillar a un N贸mada.

En Portomare, abusar de un N贸mada era m谩s que una descarga: era un premio. Un acto ritual para ofrecer al amado gobernador Alessandro Sullivan. La violencia se hab铆a convertido en la forma m谩s pura de lealtad pol铆tica.

—¡Muy bien, e’cu谩lido flacucho! A’ parecer la polic铆a del sur e’ mala. No soporta ni a un par de N贸madas bueno’ pa’ na’ —exclam贸 Bruno, el jefe de Polic铆a, con su t铆pico acento arrastrado, dif铆cil de entender incluso para sus propios colegas, una mezcla de voluntarios y presos.


Entre ellos, Leo, que al escucharlo alz贸 los ojos con fastidio, pensando que Bruno no era m谩s que un pat茅tico payaso con placa.

—¡No podemo’ dejar que e’ Imperium tome partido en nuestra’ tierra’! ¡Portomare e’ pa’ lo’ portomarense’! Eso e’ lo que quiere nuestro sumo gobernante.

Ante aquel discurso, los 煤nicos que aplaudieron al jefe fueron un par de polic铆as y un voluntario conocido como Fierro Negro.

Este 煤ltimo llevaba una m谩scara de l谩tex y el torso desnudo, cubierto apenas por unos calzoncillos negros y borcegos del mismo color. La expresi贸n de su rostro era casi imposible de descifrar bajo aquella m谩scara oscura, pero sus ojos saltones y la lengua que se deslizaba de un lado a otro entre sus labios podridos bastaban para helar la sangre.

—¡La polic铆a del sur debe ser bien incompetente, jefe! —exclam贸 Fierro Negro con voz rasposa, mientras sosten铆a una enorme llave inglesa manchada de sangre seca—. No hay manera de que esos buenos para nada nos derroten.

—Aqu铆, en el centro, yo mismo los atend铆a desde mi taller: a pu帽etazo limpio primero, y con mi llave despu茅s, les part铆a la mand铆bula como si fuera un bate.

Terminaba su relato moviendo la cadera hacia adelante y atr谩s, dejando escapar su lengua, larga y h煤meda, como si acabara de saborear un bistec.. 

A Leo no le interesaba en absoluto lo que dec铆an. Las tonter铆as del gobernador Sullivan y de los polic铆as solo le causaban fastidio. Que los N贸madas estuvieran causando estragos no lo sorprend铆a: 茅l mismo hab铆a vivido entre ellos, junto al Brujo, aquel hombre misterioso cuya voracidad parec铆a no tener l铆mite.

Su estancia con el Brujo lo hab铆a perturbado, y apenas conservaba recuerdos claros de ese tiempo. Sab铆a, sin embargo, que algo hab铆a cambiado en los N贸madas. Hab铆an dejado atr谩s el pacifismo, y por eso 茅l decidi贸 alejarse y volver a sus pintadas en solitario.

Aun as铆, los recuerdos de Martina —y la necesidad de encontrarla— eran lo 煤nico que lo manten铆a en marcha.

—¡Grimaldi! —bram贸 Bruno, rompiendo los pensamientos de Leo—. Antes de partir, no olvides que todo detenido debe pasar su “iniciaci贸n”.

Leo lo mir贸, confundido.

—¿Iniciaci贸n? ¿De qu茅 demonios habla?

Bruno sonri贸 con una mueca grasienta.

—Digamos que... una forma de probar lealtad —dijo, dejando que el silencio hiciera el resto.

Leo frunci贸 el ce帽o, sabiendo perfectamente a qu茅 se refer铆a. Dio un paso atr谩s, pero ya era tarde: dos oficiales lo sujetaron por los brazos, oblig谩ndolo a inclinarse. Bruno lo observ贸 desde arriba, con su papada sudorosa y esa mirada de placer enfermo que solo tienen los hombres que disfrutan del poder.

—¿Leo...? —volvi贸 a escucharse aquella voz infantil, inconfundible, la de Martina.

El joven sinti贸 un escalofr铆o. Los recuerdos lo golpearon con la fuerza de un eco lejano. Martina y 茅l, escondidos en aquel bald铆o olvidado del sur. Un terreno vac铆o, cubierto de chatarra y hierba seca, pero para ellos era un refugio: su peque帽o mundo fuera del ruido y la corrupci贸n.

Ella hu铆a a veces de su casa, no por miedo —Vincent Rocco, su padre, hab铆a sido un hombre correcto, incluso cari帽oso—, sino porque no quer铆a ser una distracci贸n para 茅l. Rocco, el ex candidato, el que hab铆a perdido contra Sullivan. Desde aquella derrota, algo en su mirada se hab铆a apagado, y Martina lo sab铆a.

—Se帽or Grimaldi —dijo Rocco, sentado tras su escritorio. Su voz era tranquila, aunque una sombra de preocupaci贸n la enturbiaba. Se acariciaba la barba una y otra vez, como si intentara sacar de ella alguna respuesta.

El humo del s茅ptimo tabaco del ex candidato formaba un velo espeso que dificultaba ver su rostro. A trav茅s de esa neblina, Leo apenas distingu铆a su silueta.

—Eras el 煤nico adulto que se juntaba con mi ni帽a —continu贸 Rocco, tras una breve tos. Agit贸 una mano para disipar el humo, sin mucho 茅xito—. Debiste conocerla de pies a cabeza.

Hizo una pausa. Luego, con un tono m谩s grave, a帽adi贸:

—Ahora no me importa cu谩les eran tus intenciones. Tengo un gran problema, querido Leo.

Se inclin贸 hacia adelante, y su mirada se volvi贸 m谩s incisiva.

—Te hablo a ti, artista prisionero... polic铆a por obligaci贸n.

El pol铆tico ca铆do sonri贸 apenas, con una mezcla de iron铆a y cansancio.

—Ir茅 al grano, Grimaldi.

Desde que el pelmazo de Sullivan gan贸 las elecciones, Portomare se convirti贸 en un antro tercermundista... sin que el Imperium pueda meter sus garras. —Rocco hablaba con una mezcla de desprecio y hast铆o—. Gan贸 un subversivo que toca la guitarra, ¿sabes lo que eso significa? Caos. Precariedad.

Encendi贸 un habano nuevo, con movimientos lentos, rituales.

—Los N贸madas andan sueltos, m谩s violentos que nunca, y la polic铆a... —hizo un gesto con la mano— por el piso. El sur est谩 perdido. La jefatura y la c谩rcel principal han sido tomadas.

Rocco se inclin贸 hacia adelante, soltando un gran pitido con el habano. Las brasas brillaron como un ojo infernal antes de que el humo escapara en una densa nube que envolvi贸 el rostro de Leo.

—Pero hay algo peor —continu贸—. Los portomarenses est谩n cayendo seducidos por esos mismos N贸madas. Antes eran un grupo marginal, incluso pac铆fico... ahora son una enfermedad.

Rocco lo observ贸 con detenimiento, con una media sonrisa que mezclaba desconfianza y curiosidad.

—Quisiera saber qu茅 ocurri贸, Grimaldi. T煤 estuviste entre ellos... antes de tu captura.

Leo Grimaldi sab铆a que ten铆a una misi贸n. La recordaba… o cre铆a recordarla. Pero cada vez que intentaba enfocarse, la voz de Martina interfer铆a en su mente como una interferencia el茅ctrica. Su recuerdo era una pel铆cula proyectada sobre humo: 茅l y la hija de Rocco, juntos en aquel bald铆o.

—Tengo la fuerza suficiente para hacer un homerun sin entrenamiento —dec铆a Martina, abanicando el aire con un bate.

—Puede que tengas facultades, Martina, pero hay que practicar —respond铆a Leo, con calma. Estaba sentado sobre un tacho de desperdicios tumbado de costado, observ谩ndola—. Yo tambi茅n intento mejorar mis pintadas… y mis escapes. El entrenamiento es fundamental.

—S铆, s铆… entrenamiento, lo s茅 —dijo ella, rodando los ojos, mientras segu铆a abanicando—. Mi padre quiere que trabaje en algo “respetable”. Que sirva al Imperium, como 茅l.

Martina se sent贸 junto a Grimaldi. Ambos miraron el horizonte: una hilera de edificios viejos, medio derrumbados, te帽idos por la luz anaranjada del crep煤sculo. El viento mov铆a papeles y botellas vac铆as.

Durante un instante, el silencio entre ambos fue perfecto. Un silencio que Leo, a帽os despu茅s, seguir铆a oyendo en su cabeza como un eco imposible de borrar.

Leo no respondi贸 a Rocco. Simplemente se levant贸 y tom贸 el bate de Martina, a煤n tibio por el contacto de sus manos.

—Dale —dijo, mir谩ndola con una sonrisa ladeada—. Arroja algo. Estoy preparado… aprend茅.

Hablaba con iron铆a, pero su cuerpo se tens贸 con una concentraci贸n desconocida. Martina busc贸 entre la basura un pedazo de ladrillo y lo lanz贸 sin avisar.

El tiempo pareci贸 ralentizarse. Leo gir贸 el torso, alz贸 el bate y el golpe reson贸 seco, limpio, casi perfecto. En el instante del impacto, una vibraci贸n recorri贸 su piel: una luz azulada, como venas encendidas, se dibuj贸 bajo su ropa y ascendi贸 por su cuello.

Martina dio un paso atr谩s, fascinada.

—¿Qu茅 fue eso, Leo?

脡l mir贸 sus manos, temblorosas, con las venas a煤n brillando. No supo qu茅 responder. Pero dentro de s铆 sinti贸 algo despertar… algo que hab铆a estado dormido desde su ritual con El Brujo.

En la jefatura, los hombres que hab铆an amarrado a Leo yac铆an en el suelo, malheridos, con los rostros amoratados y los cuerpos cubiertos de moretones.

Bruno, el oficial robusto, estaba desplomado en su silla: su cara demacrada, el labio roto y la mirada perdida. No pod铆a moverse.

El resto de los presentes observaban en silencio, paralizados por el miedo.

Leo, en cambio, permanec铆a de pie, agitado, con las pupilas dilatadas hasta volverse casi dos agujeros negros. Su pecho sub铆a y bajaba con violencia. Peque帽os trazos de luz azul recorr铆an su torso como venas de fuego.

Estaba extasiado.

El aire ol铆a a sudor, ozono y sangre. Nadie se atrev铆a a acercarse.

Nadie excepto Fierro Negro.

El mec谩nico semidesnudo observaba fascinado, casi babeando, con los ojos desorbitados detr谩s de su m谩scara de l谩tex.

No pod铆a creer que aquel flacucho de rostro fino —a quien hab铆a dado por d茅bil— hubiera desatado semejante poder.

—Mmm… esto s铆 que se puso interesante —susurr贸 Fierro Negro, relami茅ndose los labios mientras su lengua reptaba por el borde de la m谩scara.

Luego de aquel incidente, Leo corr铆a por las calles de Portomare, todav铆a con el pulso acelerado y las luces azules apag谩ndose lentamente bajo su piel.

Ten铆a una misi贸n: encontrar a Martina.

No lo hac铆a por 贸rdenes de Rocco, sino por la amistad que los un铆a, una amistad que el ex candidato nunca aprob贸.

Ella era su 煤nica conexi贸n real con el pasado, la 煤nica persona que lo hab铆a visto como algo m谩s que un v谩ndalo.

Mientras avanzaba entre los callejones llenos de ne贸n y holl铆n, Leo dudaba de s铆 mismo.

Las im谩genes se mezclaban: recuerdos, alucinaciones, ecos de una voz infantil que lo llamaba por su nombre.

No sab铆a si segu铆a corriendo hacia Martina… o hacia un espejismo nacido de su propia mente fragmentada.

Leo detuvo su carrera al llegar a los suburbios de Portomare. Conoc铆a bien esas calles; hab铆an sido su lienzo.


En las paredes oxidadas a煤n se le铆an sus viejas pintadas:

“¡Gobierno sin verg眉enza, como todos!”

El eslogan original de Sullivan, el gobernador, apenas se distingu铆a bajo las manchas rojas que simulaban sangre salpicada.

De pronto, escuch贸 pasos.

Trote firme, constante, acerc谩ndose.

Leo se escabull贸 dentro de un edificio abandonado, cubierto de polvo y grafitis deste帽idos.

Se asom贸 por una ventana rota.

All铆 lo vio.

El cuerpo semidesnudo, cubierto apenas por calzones negros y botas con tachas.

La m谩scara de l谩tex brillando bajo la luz de un farol.

Y en su mano derecha, una enorme llave de mec谩nico manchada de sangre seca.

Fierro Negro.

El demente lo hab铆a seguido.

Aquel gesto de furia de Leo en la jefatura lo hab铆a fascinado.

Ahora lo buscaba no para arrestarlo, sino por puro deseo: el de enfrentarlo o someterlo.

El ciudadano modelo de Portomare, acostumbrado a apalear N贸madas, quer铆a m谩s.

Y esta vez, su presa era Leo Grimaldi.

—¡Grimaldi! ¡Sal de donde quiera que est茅s! —grit贸 Fierro Negro desde el centro de la calle desierta del suburbio.

Su voz rebot贸 entre los muros corro铆dos y las ventanas rotas.

—Los detenidos ya van camino al sur —a帽adi贸 con tono burl贸n—. Carne fresca para la jefatura. Ya sabes, siempre hace falta alguien que reciba los primeros disparos.

Leo permaneci贸 oculto, conteniendo la respiraci贸n.

El eco de las botas de Fierro se mezclaba con el zumbido distante de los cables el茅ctricos y el goteo de alg煤n ca帽o oxidado.

Pero entonces, detr谩s de 茅l, algo cruji贸.

Un sonido seco, como madera vieja parti茅ndose… o huesos.

Leo gir贸 apenas la cabeza.

Hab铆a alguien —o algo— movi茅ndose entre las sombras del pasillo del edificio abandonado.

—¿Leo… est谩s ah铆?— susurr贸 una voz familiar.

Leo se qued贸 helado. Esa voz. Martina.

Sin pensarlo, gir贸 sobre sus talones y corri贸 por el pasillo oscuro.

El eco de sus pasos reson贸 entre las paredes carcomidas mientras segu铆a aquel susurro que parec铆a guiarlo.

La voz lo llev贸 hasta una peque帽a habitaci贸n al fondo, un viejo lavadero abandonado.

All铆, detr谩s de una puerta semipodrida, se escuchaba un sonido 谩spero: ras, ras, ras…

Algo —o alguien— estaba rasgando la madera desde el otro lado.

—¿Marti? ¿Eres t煤? —pregunt贸 Leo, lleno de una alegr铆a ansiosa que se reflejaba en el brillo azul que comenzaba a expandirse en su pecho.

La puerta estaba cerrada con llave. El picaporte temblaba, sacudi茅ndose como una mano aterrada, emitiendo un clac-clac met谩lico.

Leo, impulsado por esa energ铆a luminosa, lo arranc贸 de un solo tir贸n.

La puerta se abri贸 de golpe.

De adentro sali贸 un N贸mada desquiciado, con los ojos en blanco y la boca abierta, salpicando baba en todas direcciones.

Rugi贸 como una bestia y se lanz贸 sobre Leo.

El impacto los hizo chocar contra la pared.

El N贸mada intent贸 morderle el cuello, pero Leo lo sujet贸 por la mand铆bula.

Forcejearon, gru帽endo, resbalando entre el polvo y los charcos de 贸xido… hasta que Leo, impulsado por una r谩faga de fuerza azul, le parti贸 la mand铆bula en dos, abri茅ndola como si desgarrara una sand铆a.

La sangre brot贸 en un chorro oscuro, manch谩ndole el pecho.

El cuerpo cay贸 al suelo y comenz贸 a convulsionar, vibrando como un artefacto defectuoso.

Sus ojos, antes nublados y blancos, recuperaron el color… y en ellos se asom贸 una l谩grima.

Leo, jadeante, not贸 algo:

en el cuello del N贸mada, justo entre las v茅rtebras, hab铆a una peque帽a garrapata met谩lica, incrustada profundamente en la piel.

Giraba lentamente, como si bombease algo invisible hacia su cerebro.

Leo estir贸 la mano para arrancarla…

Pero entonces la puerta del pasillo se abri贸 de golpe.

All铆 estaba Fierro Negro, sosteniendo su enorme llave inglesa, con los ojos desorbitados y una sonrisa obscena bajo la m谩scara.

—Qu茅 aguafiestas… arruinaste mi diversi贸n —gru帽贸 Fierro Negro, con un dejo de molestia y excitaci贸n en la voz. La violencia lo encend铆a m谩s que cualquier otra cosa.

—Bueno… —a帽adi贸, mirando el cad谩ver destrozado del N贸mada—. Tendr茅 que conformarme con esto.

Leo no respondi贸. Estaba inm贸vil, con la respiraci贸n entrecortada y la mirada perdida.

Las voces y las im谩genes regresaban: Martina, su risa entrecortada, el Brujo murmurando entre sombras, todo mezclado en una secuencia de destellos y susurros incomprensibles.

Mientras tanto, detr谩s de 茅l, Fierro Negro se inclin贸 sobre el cuerpo a煤n tibio del N贸mada.

Leo apenas alcanz贸 a escuchar los gemidos entrecortados y el chirrido del l谩tex.

—¿Insectos mec谩nicos…? —pens贸 Leo, con un escalofr铆o—. ¿Est谩n en las cervicales de todos los N贸madas… o este era una excepci贸n?

El silencio se volvi贸 espeso.

Fierro Negro se incorpor贸, respirando con satisfacci贸n.

—Ah… ya me desquit茅. Muy rico —dijo, acomod谩ndose lentamente la ropa interior de l谩tex negro.

Leo lo observ贸 con asco y una chispa de temor.

El brillo azul de su pecho titil贸 como una advertencia.

En ese momento, un rugido met谩lico cort贸 el aire.

Turbinas sobrevolaban las nubes bajas; la vibraci贸n hac铆a temblar los ventanales rotos del suburbio.

La maquinaria pesada avanzaba por las calles deshechas del sur de Portomare, aplastando el asfalto como si fuera cart贸n.

Las tropas del Imperium marchaban detr谩s: una procesi贸n de acero, orden y terror.

Cada soldado vest铆a un uniforme negro como la noche, cubierto por blindaje integral.

Nadie sab铆a si a煤n quedaba algo humano dentro de esas corazas.

Los cascos eran lisos, sin bocas, sin ojos, apenas una franja de vidrio polarizado que devolv铆a el reflejo del mundo como un espejo oscuro.

Se mov铆an con sincron铆a inhumana, sin gestos ni voz, como si todos compartieran una misma mente.

El ruido de sus pasos era el de una sola criatura mec谩nica.

Disciplina hasta la muerte, hasta cumplir la orden.

Las tropas del Imperium se dirig铆an hacia el sur, hacia la gran c谩rcel de Portomare, un bloque de acero ennegrecido que tambi茅n serv铆a como jefatura principal. All铆, la poblaci贸n hab铆a sido golpeada con m谩s fuerza que en cualquier otro distrito.

Muchos portomarenses hu铆an hacia el centro, donde la violencia era menor, buscando refugio entre los mercados cerrados y los viejos edificios del Imperium. Pero otros se quedaban.

Algunos por lealtad al gobernador Sullivan, otros por orgullo, y los m谩s por la simple libertad de morirse de hambre en su propia tierra.

Los portomarenses se parec铆an demasiado a los N贸madas: cuerpos delgados, piel curtida, ropas hechas jirones.

Viv铆an solo para trabajar, sudar y recibir un pu帽ado de migajas a cambio.

Uno de ellos, Fierro Negro, era el mejor ejemplo de esa degeneraci贸n: no com铆a hac铆a d铆as, y mientras estaba junto a Leo, su mente enferma rumiaba una idea macabra.

Pensaba en darle una “probada” al cad谩ver del N贸mada que Leo hab铆a matado.

El hambre, la excitaci贸n y la locura lo estaban devorando por dentro.

Desde que Sullivan lleg贸 al poder, era la primera vez que Fierro Negro pod铆a dar un bocado.

Un bocado jugoso, tibio, que le hizo volver la alegr铆a por un instante.

No sab铆a si re铆r o llorar, pero masticaba con una devoci贸n casi religiosa.

Aquel sabor a hierro y podredumbre le recordaba que a煤n estaba vivo..

—Creo que el nivel de violencia que est谩 sufriendo la ciudad es grave… y mucho m谩s en la zona sur —dijo con calma Vincent Rocco, el ex candidato, mientras entrelazaba los dedos sobre el escritorio.

Frente a 茅l, Sullivan apenas levant贸 la mirada.

Estaba sentado sobre su propio escritorio, colgando las piernas, los pantalones de cuero ajustados reluciendo bajo la luz de ne贸n.

Rasgueaba su guitarra el茅ctrica sin enchufar, dejando escapar acordes mudos que flotaban entre el humo y el olor a ozono.

—El sur siempre fue as铆, Vincent —respondi贸 al fin, con una sonrisa ladeada—. Pero ahora… tiene ritmo.

—Creo que es hora de pedir ayuda al Imperium Unitas para deshacerse de esos N贸madas revoltosos —sentenci贸 Vincent Rocco, acomodando sus gemelos dorados, como si la elegancia pudiera devolverle autoridad.

Sullivan segu铆a rasgueando su guitarra el茅ctrica muda, sin levantar la vista.

—Mis ciudadanos viven bien felices —dijo, con esa calma de quien confunde la crueldad con sabidur铆a—.

Hay hambre. Mueren de hambre, s铆… pero lo hacen eligiendo ese camino.

Porque son libres, Vincent. Y por eso me adoran.

El sonido seco de las cuerdas sin amplificador llen贸 el silencio, como un coraz贸n que late en un ata煤d.

Vincent Rocco, siempre diplom谩tico, manten铆a el rostro sereno mientras su mano temblaba cerrada en un pu帽o. Se mord铆a los dientes por dentro, intentando no dejar escapar la rabia.

Aun as铆, consigui贸 lo que quer铆a: convencer a Sullivan de que el Imperium Unitas deb铆a intervenir.

El plan era sencillo —y perversamente elegante—: desplegar las tropas, arrasar con los N贸madas y, una vez terminado el “exterminio”, devolverle al pueblo la libertad. Al menos, esa era la versi贸n que Vincent hab铆a vendido.

—Esto le dar谩 una imagen poderosa para las pr贸ximas elecciones —dijo con voz suave, mientras se ajustaba el nudo de la corbata—. Sus ciudadanos lo apoyar谩n m谩s que nunca.

Sab铆a bien lo que dec铆a. Los fan谩ticos de Sullivan odiaban al Imperium con el fervor de los hambrientos; prefer铆an morir con su “gobernador-mes铆as” antes que inclinarse ante la supremac铆a tecnol贸gica que gobernaba el resto del mundo. Portomare era una de las 煤ltimas ciudades libres de su influencia… por ahora.

—¡Asco! ¡Qu茅 repugnancia ver la maquinaria del Imperium pasando por nuestra hermosa ciudad!— exclam贸 Fierro Negro mientras observaba por la ventana del edificio abandonado, dando un golpe de pu帽o a la pared. El yeso se resquebraj贸, cayendo como polvo blanco sobre su piel sudorosa.

—¿Creen que sus juguetes met谩licos pueden limpiar lo que ellos mismos ensuciaron? —gru帽贸, con la respiraci贸n agitada—. ¡Nosotros 茅ramos los due帽os de la calle antes de que llegaran esos cascos negros!

Apret贸 su llave inglesa contra el pecho. Por un instante, entre la ira y la excitaci贸n, una sonrisa torcida se dibuj贸 bajo su m谩scara.

—Pero si el Imperium quiere jugar… Fierro tambi茅n sabe jugar —susurr贸, relami茅ndose los labios antes de lanzarse nuevamente a la noche portomarense.

—¡Seguro nuestro Sullivan se neg贸! —se excus贸 Fierro despu茅s de su enfado, golpeando el marco oxidado de la ventana—. Pero los corruptos imperialistas se entrometen en nuestra causa de acabar con los N贸madas…

Respiraba con dificultad. El vapor de su propio aliento empa帽aba el vidrio roto. Afuera, el rugido de las turbinas del Imperium hac铆a temblar los muros.

—¡Nosotros no necesitamos su ayuda! —escupi贸—. ¡Portomare se defiende sola! El eco de su voz se perdi贸 entre el ruido met谩lico de los blindados.

Estaba anocheciendo. El crep煤sculo se deshac铆a entre las monta帽as como una vela agotando su 煤ltima gota de cebo. La noche ca铆a lenta, y las 煤nicas luces que resist铆an eran las de la maquinaria imperial: un Zeppelin bombardero avanzando con solemnidad, su cabina brillando como un ojo de fuego, escoltado por cuatro naves triangulares que flotaban a su alrededor como depredadores en formaci贸n. M谩s atr谩s, una nave rectangular del tama帽o del Zeppelin transportaba tropas, tanques y ca帽ones m贸viles.

Por encima de la calle principal de Portomare, el resplandor de los camiones del Imperium convert铆a las sombras en un d铆a artificial.

Todo aquello hac铆a hervir a Fierro Negro.

—¡Mis impuestos van a pagar todo esto! —grit贸, golpeando el vidrio roto de la ventana hasta que su mano empez贸 a sangrar—. ¡Nuestros impuestos para los malditos imperiales!

Su lengua se asom贸 por entre los labios resecos, lamiendo la sangre con un temblor de placer y furia.

Grimaldi observaba con expresi贸n rid铆cula las tonter铆as de Fierro. Estaba exhausto. Hac铆a d铆as que no dorm铆a bien desde la desaparici贸n de la hija de Vincent Rocco. Cada vez que cerraba los ojos, los sue帽os lo arrastraban hacia Martina y el Brujo: una mezcla inc贸moda entre refugio y pesadilla, entre el prop贸sito que lo manten铆a en pie y aquel mago n贸mada que alguna vez lo marc贸 con sus rituales.

—Yo me quedar茅 en este edificio —dijo Leo, mirando alrededor con cansancio—. Buscar茅 alg煤n rinc贸n donde dormir… quiz谩 en un lavadero.

Luego lo se帽al贸 con una mirada de fastidio.

—No me sigas. O mejor, duerme en otro lado… quiero que mi culo siga intacto.

Fierro Negro solt贸 una risa grave, 谩spera. Como buen portomarense, no estaba en sus cabales. No le importaba el cansancio ni el peligro; lo mov铆a una obsesi贸n malsana. Quer铆a seguir a Leo, verlo en acci贸n, comprobar si esa fuerza sobrehumana que hab铆a visto en la jefatura era real. Lo atra铆a, pero no como a un camarada, sino con la enfermiza fascinaci贸n de un adicto por la violencia y el deseo mezclados.



Fierro gru帽贸 algo entre dientes, frustrado. Su instinto le ped铆a quedarse, vigilarlo, probar su temple… pero al final cedi贸.

—Como quieras, Grimaldi. Pero si te matan en sue帽os, no me llames —murmur贸 antes de darse vuelta.

Con paso pesado y un gesto de rabia contenida, sali贸 del lavadero y desapareci贸 por el pasillo oscuro del edificio. El eco de sus botas met谩licas se perdi贸 entre las paredes descascaradas.

Leo suspir贸 aliviado. Al menos tendr铆a una noche sin tener que soportar los delirios de aquel lun谩tico.

Leo improvis贸 una cama con ropa vieja dentro de un canasto, apilando trapos h煤medos y pedazos de tela como si armara un nido para resguardarse del mundo. Cuando por fin logr贸 cerrar los p谩rpados —pesados como plomo tras noches de insomnio y persecuci贸n— cay贸 en un sue帽o profundo, el primero en mucho tiempo.

Hab铆a pasado demasiadas noches durmiendo sobre el concreto, oyendo el eco de los pasos de la polic铆a y el zumbido lejano de los drones del Imperium. Por suerte a煤n quedaban edificios abandonados y zonas muertas donde ning煤n portomarense se atrev铆a a entrar, sobre todo ahora, con los N贸madas fuera de control.

Esta vez el descanso lo envolvi贸 sin resistencia, como si algo —o alguien— lo hubiese estado esperando del otro lado.

El sue帽o lo transport贸 a un lugar sombr铆o, aunque no del todo oscuro. All铆, entre sombras de color gris y naranja amarronado, vio a Martina. No parec铆a un recuerdo. La chica flotaba, suspendida en el aire, pero no como un espectro: irradiaba una calidez viva, casi humana. Leo dio un paso, y sinti贸 su calor, real, tangible, traspas谩ndole la piel.

El entorno ten铆a algo familiar: muros h煤medos, cadenas, olor a 贸xido y ceniza. Era un calabozo. Uno que 茅l conoc铆a demasiado bien.

Martina abri贸 los ojos lentamente.

No habl贸 con palabras. Su mirada bast贸 para que Leo sintiera una voz directa, dentro de su cabeza, vibrando con una intensidad creciente.

La comunicaci贸n era m谩s fuerte que nunca. Ya no parec铆a un sue帽o.

Martina estaba ah铆, frente a 茅l.

—Tengo fr铆o… —dijo Martina, tiritando. Su piel p谩lida reluc铆a con una luz mortecina, y de sus brazos y piernas sal铆an cables blancos, finos y tensos, que se perd铆an en la oscuridad.

—¿Qu茅 son esas cosas? —murmur贸 Leo, acerc谩ndose. Estir贸 el brazo con esfuerzo; el aire era espeso, denso, como si avanzara contra una corriente invisible. Sent铆a que cada paso era un acto de voluntad, como atravesar un r铆o de barro.

Antes de poder tocar los cables, un estremecimiento recorri贸 la escena. Una presencia surgi贸 detr谩s de Martina, primero como un olor a incienso podrido, luego como una sombra que se alargaba sobre las paredes del calabozo.

El Brujo estaba all铆. Sus ojos amarillos —tan vivos como los de una bestia— la observaban con una mezcla de deseo y posesi贸n. Se inclin贸 sobre ella, olfate谩ndola con su nariz huesuda y torcida, aspirando su esencia como si el aire mismo fuese su presa.

—Todav铆a est谩 con vida… —gru帽贸 el Brujo, con voz rasposa, casi reptiliana.

—¡Viejo repugnante! —grit贸 Leo, sintiendo una furia ciega.

El Brujo gir贸 lentamente la cabeza hacia 茅l. Sus ojos relampaguearon, inundando el sue帽o de una luz sulf煤rica. Lo vio, realmente lo vio, como si la frontera entre los mundos se hubiese roto.

—¡Te voy a atrapar, ingrato traidor! —vocifer贸 el Brujo, alzando su dedo 铆ndice —largo, huesudo, monstruoso— apuntando directo al coraz贸n de Leo.

El aire tembl贸. Las paredes del calabozo se deformaron como si respiraran.

Leo sinti贸 el olor a hierro caliente.

Y justo antes de que el Brujo lo tocara, todo se volvi贸 blanco.

El joven Grimaldi despert贸 de aquel sue帽o profundo. Ten铆a el cuerpo empapado en sudor fr铆o, y el coraz贸n le golpeaba el pecho con violencia. La tenue luz del amanecer se filtraba por la ventana. Se acerc贸 a ella y asom贸 la cabeza para respirar aire fresco. Tras unos momentos de relajaci贸n, y de preguntarse si todo hab铆a sido una simple pesadilla, la voz de Martina volvi贸 a atravesar la quietud. 

—Leo, te est谩s acercando —dijo Martina.

Leo no lo comprend铆a; volv铆a a escucharla.

—No te asustes, estamos conectados —a帽adi贸 ella para calmarlo.

Aquello no era un sue帽o ni un recuerdo. Leo y Martina pod铆an comunicarse telep谩ticamente, pero para ello necesitaban estar muy l煤cidos. Gracias a eso, Leo hab铆a logrado dormir y relajarse despu茅s de tanto tiempo.

—El Brujo no se olvid贸 de ti —prosigui贸 Martina.

La conexi贸n durante el sue帽o hab铆a sido tan intensa que El Brujo pudo sentir la presencia del joven. Era el don de este quien hab铆a otorgado la fuerza ancestral a Leo.

Mientras pon铆a en orden los asuntos de su propia vida, el joven Grimaldi comprendi贸 mejor la situaci贸n. El Brujo podr铆a estar detr谩s de los N贸madas iracundos, que estaban m谩s salvajes que nunca. Leo lo ve铆a como un cham谩n peligroso o el l铆der de una secta.

Decidido, Leo sali贸 de la habitaci贸n de la lavander铆a y recorri贸 el edificio de arriba abajo en busca de Fierro Negro. No hab铆a rastro del encuerado en ninguna parte. Solo ve铆a el rastro de solitarias pelusas, que sus pasos elevaban y que flotaban como nubes en la iluminaci贸n que se filtraba por las ventanas rotas. Tras el infructuoso recorrido, sali贸 del edificio abandonado por la puerta principal. Al hacerlo, la luz del exterior lo golpe贸 como un rel谩mpago, dej谩ndolo ciego por unos segundos.

—¿Leo, ya sabes d贸nde estoy? —pregunt贸 Martina, tiritando de fr铆o.

Y Leo lo sab铆a. Sab铆a qu茅 hacer y sab铆a d贸nde estaba ella. Al comprender que la guarida de aquel viejo y conocido brujo no estaba lejos, se dej贸 guiar por la luz del amanecer y sali贸 corriendo en direcci贸n a la Gran Jefatura y Penal de Portomare hacia la Zona Sur, pues m谩s all谩 de esta se extend铆a un bosque en las afueras de esta ciudad.

Apenas Leo hab铆a avanzado unos pasos, cuando un N贸mada escuch贸 sus pisadas. El iracundo emergi贸 de entre los escombros que hab铆a frente a una peque帽a casa. Gru帽铆a como una bestia desenfrenada, igual que el 煤ltimo que Leo hab铆a enfrentado en el edificio abandonado.

Impulsado por la urgencia de encontrar a Martina, el coraz贸n del joven Grimaldi palpitaba como un tambor, lo que aumentaba aquel extra帽o poder azul que le iluminaba el pecho: el legado de El Brujo. La fuerza y agilidad que le hab铆a concedido contra los polic铆as abusivos flu铆an de nuevo por sus venas.

El N贸mada descarg贸 unos manotazos que Leo esquiv贸 con facilidad. Acto seguido, le asest贸 un pu帽etazo certero en el cuello. Mientras el iracundo se agarraba la garganta agonizando, Leo lo sujet贸 con sus brazos en una llave de lucha libre y apret贸 con toda su fuerza hasta hacerle reventar los ojos, dej谩ndolo completamente acabado.

Leo, con ese enorme poder recorri茅ndole el cuerpo, se sent铆a como un hombre nuevo. Su postura era heroica, casi desafiante, lo que contrastaba con su f铆sico delgado y fr谩gil.

Sin embargo, detr谩s del N贸mada abatido comenzaba a formarse una turba. Uno de ellos llevaba en la boca la m谩scara de l谩tex de Fierro Negro, rota y manchada de sangre; otro, relam铆a una enorme llave de mec谩nico, cubierta con sangre fresca que se mezclaba con las viejas manchas secas, vestigios de las v铆ctimas anteriores de Fierro.

No le qued贸 otra cosa m谩s que huir, y lo har铆a dirigi茅ndose hacia donde estaban las tropas del Imperium, en la Gran Jefatura. Desde su posici贸n, pod铆a ver el Zeppelin flotando en el cielo, acompa帽ado por sus naves vig铆a sobrevolando el edificio. Aquel globo era su gu铆a desde el suelo. Activ贸 su poder y corri贸 como un galgo al galope.

La turba n贸mada tambi茅n comenz贸 a correr detr谩s de 茅l, como fieras desatadas, decididas a atraparlo. Parec铆an programadas por alguna conciencia extra帽a para cumplir la tarea de acabar con 茅l, pues durante la persecuci贸n pasaban de largo frente a portomarenses fam茅licos, ca铆dos en la calle, que no despertaban en ellos el menor inter茅s.

El joven Grimaldi, que alguna vez hab铆a sido detenido, no quer铆a verse atrapado nuevamente. Ahora ten铆a la posibilidad de llegar a su meta, mientras daba saltos largos para sacarle ventaja a los N贸madas, que lo segu铆an gru帽endo como si estuviesen pose铆dos. Echaban fluidos por la boca, salpicando a su paso como mangueras perforadas, y acompa帽aban sus muecas con ojos blancos, sin pupilas, que brillaban con un fulgor antinatural.

Grimaldi se acercaba al lugar donde el globo flotaba por encima de la Gran Jefatura. Al llegar, pudo ver que todo el edificio estaba rodeado por las tropas imperiales: soldados vestidos de negro empu帽aban rifles autom谩ticos, mientras los tanques se alineaban en formaci贸n y un ca帽贸n m贸vil apuntaba directamente hacia una de las ventanas principales de la Jefatura.

—Polic铆a y ciudadanos de Portomare —dijo un soldado por el meg谩fono—: tienen que unirse a nosotros. Necesitan nuestra ayuda para acabar con estos terroristas. Dejen de resistirse, es in煤til. Ya hemos eliminado a la mayor铆a de esos iracundos salvajes. Dejen de provocarnos o nos veremos obligados a abrir fuego.

Desde la Jefatura se oy贸 el descontento de los portomarenses.

—¡No votamos al Imperium! —exclam贸 un ciudadano delgado mientras lanzaba un c贸ctel molotov contra las tropas.

—Su gobernador, Alessandro Sullivan, nos autoriz贸 a intervenir contra este problema que los aqueja desde hace d铆as —continu贸 el soldado.

Ese lanzamiento fue la gota que colm贸 el vaso. Lleg贸 la orden de asediar a polic铆as y ciudadanos subversivos.

—¡Fuego! —grit贸 el soldado del meg谩fono a los operadores del ca帽贸n m贸vil—. ¡BANG!

El ventanal principal de la Jefatura explot贸 en pedazos; hubo heridos y varios cayeron al primer piso, falleciendo en la ca铆da.

Se desat贸 un intercambio brutal de fuego. Desde el interior de la Jefatura, los portomarenses respond铆an con sus viejos fusiles y pistolas, mientras las tropas imperiales descargaban r谩fagas de metralla sin piedad.

En medio de aquella balacera, Leo Grimaldi aprovech贸 un claro y corri贸 como un coyote. Detr谩s de 茅l ven铆a la turba de N贸madas, que choc贸 de frente con los soldados de negro, desatando un forcejeo visceral. Los iracundos repart铆an mordiscos y zarpazos, tropezando con los imperiales que respondieron con r谩fagas de fuego, llen谩ndolos de agujeros. Al ver a Leo escapar, uno de los oficiales del Imperium dio la orden de enviar un peque帽o escuadr贸n para respaldarlo.

Leo no se detuvo y sigui贸 hacia el bosque mientras las tropas se entreten铆an con el caos de la balacera.

Se intern贸 entre los 谩rboles en busca de la cueva del Brujo. Martina le enviaba se帽ales cada vez m谩s intensas, tan presentes en su mente que provocaban una leve vibraci贸n, como el radar de un murci茅lago. Pero cada vez que la conexi贸n telep谩tica se activaba, El Brujo tambi茅n lo percib铆a.


El cham谩n emergi贸 de su h煤meda cueva para rastrear a Leo. Cuando ambos se encontraron, sus miradas se cruzaron por un instante; los dos entrecerraron los ojos. Sin decir palabra, El Brujo dio media vuelta y regres贸 a la oscuridad de la cueva. Desde la lejan铆a, el eco de los disparos del escuadr贸n a los N贸madas segu铆a resonando entre los 谩rboles.

Leo, atentamente, sigui贸 al Brujo, adentr谩ndose en aquel pasadizo secreto oculto entre ra铆ces y rocas. El lugar era h煤medo, y sus paredes parec铆an una fusi贸n imposible entre tierra viva y un material met谩lico semejante al acero, que vibraba con un zumbido bajo.

El joven avanz贸 con cautela, observando cada sombra, hasta asomarse al centro de la cueva. All铆 estaba el Brujo, de pie, inm贸vil, bajo una tenue luz azulada que emanaba del suelo. No se ocultaba; lo esperaba.

—Bienvenido, otra vez —dijo el viejo, con una sonrisa que no era de alegr铆a, sino de reconocimiento.


Leo dio un paso m谩s, conteniendo la respiraci贸n.

El aire all铆 dentro ol铆a a 贸xido, carne h煤meda y algo m谩s… como incienso corrompido. Entonces lo vio.

A los costados de la cueva se alzaban estructuras improvisadas, mesas met谩licas y cilindros de vidrio cubiertos de condensaci贸n. Dentro de ellos flotaban cuerpos humanos: ni帽os, j贸venes, adultos… conectados con los mismos cables blancos que hab铆a visto en Martina.

Algunos, fuera de los tanques, yac铆an arrugados como pasas, piel seca pegada al hueso, los ojos hundidos en cuencas vac铆as. Otros parec铆an dormidos dentro del l铆quido transparente, moviendo los labios en un murmullo mudo, mientras burbujas escapaban de sus bocas.

Leo retrocedi贸 un poco, horrorizado. Aquello no pod铆a ser obra de un solo hombre. Hab铆a un orden siniestro, una precisi贸n cient铆fica. En los muros, s铆mbolos antiguos se mezclaban con inscripciones t茅cnicas, y un zumbido el茅ctrico acompa帽aba cada respiraci贸n del lugar.

El Brujo, de espaldas, pas贸 una mano por uno de los cilindros, casi con ternura.

—El alma no se destruye, Grimaldi —dijo sin girarse—. Solo cambia de recipiente.


—¿Recuerdas algo de la cueva? —pregunt贸 El Brujo.

—¿C贸mo iba a olvidarlo? Martina me hablaba desde aqu铆 —contest贸 Leo.

—No pude experimentar lo suficiente contigo. Me abandonaste. Eras el esp茅cimen perfecto —la voz rasposa de El Brujo cort贸 la penumbra—. Alguien que odia a la humanidad... Quise mejorarla. Los N贸madas fueron mis experimentos con adultos, pero los ni帽os... eso era distinto. Pod铆an ser m谩s obedientes, y su cerebro, m谩s eficiente para el control mental.

—¿A d贸nde quieres llegar? —interrumpi贸 Leo.

El Brujo esboz贸 una sonrisa y se dio la vuelta hacia la c谩psula de Martina.

—Secuestrar a la hija del candidato perdedor me permitir铆a manipularla en su contra —explic贸 con calma—. Mi objetivo es embrutecer a todos los ciudadanos de Portomare, para que dejen de ser 煤tiles al Imperium Unitas. Quiero deshacerme de sus grandes representantes pol铆ticos, empezando por Vincent Rocco. Alessandro Sullivan era el candidato ideal: un hombre cuya resistencia no iba m谩s all谩 de la ret贸rica sobre la libertad.

—No quiero acabar contigo. Eres un ser con un gran potencial para nuestra causa —dijo El Brujo.

—¿Nuestra? —pregunt贸 Leo con incredulidad.

El Brujo, quien estaba junto a la c谩psula de Martina, sonri贸 de nuevo, emitiendo unas risotadas bajas. Mientras re铆a, se le cayeron los dientes, que parec铆an de alg煤n animal marino muerto. Sus ojos se desorbitaron hasta salirse de sus 贸rbitas, en un rostro que comenzaba a alargarse. De su boca ya desgarrada emergi贸 una pinza. Su cuerpo creci贸 desmesuradamente, y su torso estall贸 para dar paso al cuerpo de una hormiga, con un abdomen enorme que desplegaba tres patas en cada lado. Sus ojos eran ovalados y completamente negros, como dos huecos vac铆os.

Ya no se comunicaba con palabras, sino con unos sonidos extra帽os y perturbadores. El enorme insecto comenz贸 a emitir un ruido que solo Leo recib铆a en su cabeza, aturdid谩ndolo y oblig谩ndolo a agacharse y cubrirse los o铆dos. Era un ruido que anulaba por completo su fuerza y agilidad; qued贸 totalmente inmovilizado, arrodillado, con los ojos fuertemente cerrados, mientras la criatura se acercaba. Escuchaba c贸mo sus patas afiladas perforaban el suelo con cada paso.

Leo, en medio de la convulsi贸n, logr贸 abrir un ojo con dificultad. Al ver al insecto acercarse, un sudor fr铆o lo empap贸. Pero entonces, atisb贸 por detr谩s del monstruo a Martina, que tambi茅n ten铆a un ojo entreabierto. Esa imagen le dio un coraje renovado, y con todas sus fuerzas telep谩ticas, comenz贸 a luchar contra la mente del monstruo.

El joven, con un temblor incontrolable que sacud铆a su mano como si padeciera Parkinson, forceje贸 para alcanzar la pesada pistola que los polic铆as le hab铆an dado, a煤n enfundada en su cintura. Logr贸 asirla con dedos que se negaban a obedecerle y, con un esfuerzo sobrehumano, la alz贸 y apunt贸 directamente al Brujo, cuyo rostro monstruoso y deforme se encontraba ya a escasos cent铆metros del suyo.

¡BANG!

El disparo revent贸 uno de los ojos ovalados del monstruo, que ces贸 al instante su emisi贸n del ruido mental. Liberado de la tortura, Grimaldi se puso de pie. Esta vez, su brazo era firme. Apunt贸 sin un 谩pice de temblor y descarg贸 un segundo disparo en la frente de la criatura. No se detuvo. Apret贸 el gatillo una y otra vez, hasta que el cargador qued贸 vac铆o y el eco de los estampidos llen贸 el silencio.

El Brujo, a煤n en su forma de insecto, se desplom贸. Su cuerpo grotesco yac铆a ahora en el suelo, muy d茅bil, movi茅ndose apenas con espasmos involuntarios, incapaz de levantarse.

Grimaldi, mir谩ndolo con desprecio, pas贸 junto al cuerpo convulso del insecto y se dirigi贸 hacia la c谩psula donde yac铆a Martina. Con manos firmes, abri贸 el cilindro y la sac贸 del interior inundado, dejando un charco a sus pies. Ella estaba empapada, el cabello pegado al rostro, pero viva. Por fin, tras tanto tiempo, Leo pod铆a verla de nuevo.

No hubo palabras. Ninguna era necesaria. La conexi贸n de sus pensamientos ya lo hab铆a dicho todo mucho antes de ese instante. Solo se miraron, y una sonrisa tranquila y c贸mplice floreci贸 en ambos rostros. El joven la sujet贸 con fuerza entre sus brazos, sosteniendo no solo su cuerpo, sino todo el peso de la esperanza recuperada.

Leo pas贸 de nuevo junto al cuerpo agonizante de El Brujo, que yac铆a impotente. Era plenamente consciente de que aquel monstruo, fuese lo que fuese, alguna vez le hab铆a inspirado una siniestra afinidad. Compart铆an un odio visceral hacia la civilizaci贸n: el progreso artificial, la vigilancia opresiva, el delito institucionalizado. Por eso, en otro tiempo, Leo hab铆a sido su disc铆pulo.


Sin embargo, hab铆a cumplido su objetivo. No por lealtad a Vincent, sino por una fidelidad inquebrantable hacia Martina. Ahora, sin una palabra de desprecio o de triunfo, simplemente abandon贸 aquel lugar, con la certeza interior de que probablemente nunca hablar铆a de lo que all铆 hab铆a sucedido.

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