📜 Sinopsis
Stellar Pizza es una explosiva aventura de ciencia ficción con alma pirata: persecuciones aéreas a toda velocidad, criaturas monstruosas acechando en lo desconocido y un destino escrito entre estrellas y cajas de pizza. Una travesía tan peligrosa como deliciosa, donde cada entrega puede ser la última.
—Revisamos la frontera por cielo y tierra, señor —dijo uno de los policías, con ese acento cerrado y rasposo característico de los stalvos.
Rex, con las gafas de nieve puestas, no fija la mirada en el oficial y le entrega su licencia de conducir con total indiferencia. El uniformado examina el documento, pero se da cuenta de que está escrito con crayón y dice: "Zéphira me pertenece". El policía sonríe sarcásticamente y se lo muestra a sus compañeros: el papel falso parecía haber sido hecho por un infante. Cuando los vigilantes se reían a carcajadas, con las bocas cubiertas por bufandas, Rex simplemente apretó el acelerador con total tranquilidad y huyó sin problemas, a una velocidad envidiable. Pero eso no significaba que la policía no fuera tras él.
La carretera aérea se cubrió con una cortina de nieve, atravesada por Rex a toda velocidad mientras los faros de Zéphira iluminaban el camino. Él y su motoneta comenzaron a descender hacia la tierra firme, cubierta por un manto blanco. Sin embargo, uno de los policías, que seguía el rastro del pirata, activó dos pequeñas ametralladoras que emergieron de los costados de los focos del moto-deslizador. Luego disparó hacia la parte trasera de Zéphira.
Al darse cuenta, Rex bajó la velocidad a media y voló rasante sobre la nieve hasta alcanzar el poblado. Desafortunadamente, los policías lograron interceptarlo y lo llevaron a una estación policial de Glacium. Zéphira fue confiscada por uno de los agentes. Rex, esposado, fue transportado sobre uno de los deslizadores hasta la estación.
Una vez allí, los alguaciles lo condujeron ante un secretario llamado Brodski. La oficina tenía una gama de colores grises y apagados; era un lugar monótono, aburrido para Rex. Pero lo que realmente captaba su atención era una bandera roja colgada de lado a lado sobre la ventana, con el retrato del líder espiritual y político Lev Krasnov: un hombre barbado, de expresión seria, enmarcado dentro de un escudo de cinco lados. Debajo, en letras amarillas, se leía el lema: ¡Trabajadores de todas las galaxias, únanse!
—¿Qué hizo este sujeto? —interrumpió Brodski, el secretario, mientras leía un periódico que sostenía con una mano. Con la otra, sujetaba una pequeña taza blanca de café.
—No hace falta que me presente un polizonte —dijo Rex, soltándose de su escolta y tomando asiento con toda tranquilidad.
Brodski bajó el periódico de sus ojos y observó al convicto. Soltó una carcajada entrecerrando los ojos.
—Ya veo... Esto, sí, es noticia: Rex Valiant, pirata, atrapado por simples polizontes.
—Supongo que me estoy volviendo viejo —dijo Rex con sarcasmo.
—No te hagas el tonto. Has estado todos estos años saqueando nuestros camiones y también algunos vehículos marcianos —acusó Brodski.
—Creo que no estás al tanto de mi historial actual. Soy un buen chico, ex pirata, que en los últimos cinco años ha trabajado para Stellar Pizza —se excusó Rex, con una leve sonrisa pícara.
—Soy un trabajador —añadió-. Ustedes apoyan a los trabajadores, ¿no?
Brodski dejó bruscamente el periódico sobre el escritorio y señaló con el dedo índice un titular.
Diario El Iglú Central
En Nordisca, un camión de pescado de Stalvograd vuelca.
—No dice por qué se volcó —se excusó Rex.
—La noticia explica que hubo un atraco. Luego los osos polares se llevaron todo el pescado. ¡La gente no tendrá su estofado! —sentenció el secretario Brodski.
El pescado era una de las fuentes alimenticias más valiosas del Polo Norte. Se usaba en muchos platillos, pero el más famoso era el estofado. Eso sí, apestaba a pescado, y los ciudadanos del Polo estaban hartos de comer siempre lo mismo. Además, al sobreexplotar esta fuente, le quitaban comida a los osos polares, lo que provocaba su furia.
En cambio, Stellar Pizza, la cadena de restaurantes extraterrestre, eclipsaba al pescado como alimento principal. Sus pizzas eran las más demandadas, tanto por humanos como por extraterrestres.
—Estos serán los últimos atracos —sentenció Brodski, doblando el periódico y lanzándolo a un tacho de basura.
Cuando Brodski volvió a mirar a Rex, el pirata se levantó de su asiento con total tranquilidad. El secretario frunció el ceño, claramente confundido.
—Muy buen lanzamiento, secretario —dijo Rex, sonriendo con su amarilla sonrisa sobre su rostro oscuro. Se acomodó las gafas de nieve fotocromáticas, luego ajustó el gorro rojo que cubría sus rastas, y finalmente metió la mano en sus bolsillos, sacando rápidamente una granada esférica, antes de que un alguacil pudiera arrebatársela.
Rex lanzó contra el piso de la estación la esfera con todas sus fuerzas, creando un resplandor brillante que dejó temporalmente ciegos a todos los presentes, menos a él. El pirata no dudó en aprovechar la oportunidad: corrió hacia la ventana, que estaba cerca de la bandera, y se lanzó rompiendo el vidrio. Cayó sobre la suave nieve de la superficie y le propinó una paliza al alguacil que tenía raptada a su Zéphira.
Después de aquella situación revoltosa, Rex logró escapar con su moto averiada en busca de su jefe para una nueva misión.
Se dirigió a una estación de combustible con mini bar incluido, cargó algo de combustible, pagó con dinero robado y entró al establecimiento. Ya se había hecho de noche, y el mini bar era, por dentro, al igual que la oficina del secretario, de un gris apagado, sin un solo color pastel o brillante.
—Estos stalvos tienen un pésimo gusto para el color —pensó Rex mientras compraba algún refrigerio.
El pirata tomó asiento en una de las mesas donde estaba su jefe, Lorian, acompañado por dos matones extraterrestres con apariencia humanoide, pero con cabeza y brazos de cangrejo.
—Creí que te habías perdido en la tormenta, Rex. Tardaste un buen rato —dijo Lorian, insatisfecho, mientras humedecía sus labios verde-azulados con una bebida gaseosa que le fascinaba.
Lorian era del distante planeta Garnox, o sea, un garnoxiano, cuya ubicación estaba fuera del sistema solar, cerca de Plutón. Se trataba de una bola de hielo en la oscuridad del frío espacio, conocida por sus temperaturas extremadamente bajas.
El Polo Norte es el lugar donde más se concentra la presencia de seres de otros planetas. La humanidad, en general, ha mantenido buenas formas diplomáticas con estos visitantes, principalmente gracias a las pizzas que tanto adoran. Las pizzas calientes han sido la clave para cerrar acuerdos con los alienígenas, no solo por su exquisito sabor, sino también por la tibieza que les brinda, tan necesaria para sus cuerpos.
Uno de los clásicos rivales de los garnoxianos dentro del sistema solar son los marcianos del planeta rojo. Lorian, un destacado empresario de la pizza con su cadena Stellar Pizza, ha tenido excelentes tratos con los humanos del Polo Norte, donde sus productos se venden como pan caliente, satisfaciendo el hambre tanto de extraterrestres como de personas cansadas del pescado.
—Eres Rex Valiant, un pirata retirado que me ayuda contra mis saboteadores. Aunque no lo creas, eres de los mejores. Por eso me molesta que llegues tarde —le reclamó nuevamente a Rex.
—Disculpa, Lorian... todavía me cuesta dejar mi— hizo una breve pausa—antigua vida de pirata, de saqueador. Ya sabes, viejo -dijo Rex con ese mismo aire desfachatado de siempre.
Rex, ahora repartidor, no podía evitar meditar sobre su futuro. Siempre había sido un aventurero, un pirata guiado por su creencia en la Luz Mágica del Norte. O al menos, en la leyenda. Se decía que esa chispa boreal podía abrir un portal a otra dimensión, un umbral místico que solo podía ser activado con ayuda de los "elfos", unos monjes ermitaños que custodiaban esos secretos. Todo eso, claro, se consideraba mitología... pero para Rex, había algo más. Una intuición. Una esperanza.
Desde su llegada al Polo, había trabajado durante cinco años para Stellar Pizza, aunque nunca abandonó del todo su legado pirata.
Por otro lado, los marcianos -aliados de la potencia humana polar conocida como Stalvograd- intentaban apoderarse del Polo Norte, una región compuesta por tres ciudades principales: Glacium (el centro), Nordisca (el norte) y Arktis (el sur). Todo contaba con el beneplácito de los stalvianos. Los marcianos y los humanos de Stalvograd compartían una misma visión del mundo: fría, calculadora, colectivista. Habían firmado acuerdos de cooperación tecnológica y expediciones conjuntas entre la Tierra y Marte.
Pero la empresa de Lorian -que ya había trascendido su planeta natal- comenzaba a entrometerse, involuntariamente, con los intereses marcianos y stalvianos. Esto le traía numerosos problemas para establecerse en el Polo Norte. Y por eso necesitaba a alguien como Rex.
Un ex pirata, hábil y audaz, que se había ganado su reputación robando comida, armas y cargamentos tanto a marcianos como a stalvianos, sin distinción. Un igualitario del saqueo. Un lobo solitario. El aliado perfecto para un empresario interplanetario en medio de una guerra comercial fría, muy fría.
—Por eso necesitarás algo de ayuda, mi estimado —dijo sonriendo el garnoxiano. Lorian sacó un pequeño aparato rectangular con pantalla para mostrarle una imagen holográfica a Rex.
—Ten, observa a este alienígena.
Rex frunció el ceño y dijo:
—¿Eso es todo? Arriesgué que me atrapen para la foto de un... —entrecerró los ojos- ¿marcianito?
Cuando Lorian seguía comentándole sobre su futuro ayudante, Rex notó que la imagen del alienígena tenía las orejas puntiagudas, como un "elfo".
—No todos los extraterrestres somos marcianos, no seas racista —dijo Lorian con sarcasmo mientras se acomodaba su cresta amarilla—. Esta criatura posee una furgoneta ambulante de carga que es perfecto para el trabajo. Vamos, tu Zéphira está bastante obsoleta, mi estimado.
—Lo sé, pero me ha acompañado desde tan lejos hasta llegar al Polo Norte —dijo Rex, poniéndose nostálgico. Todavía se sentía extraño al ver a ese alienígena tan parecido a los elfos sabios de la Luz del Norte.
—Ahora, tu nueva compañera se llama Elys Tork. Es muy servicial, pero sabe cuándo la intentan engañar. Así que cuidado si llegas a mentir —dijo el garnoxiano, estirando su suave pómulo turquesa con un dedo a modo de advertencia.
Lorian acabó su comentario con contundencia y asumió que Rex tenía que obedecer. El pirata detestaba que le dieran órdenes; estaba acostumbrado a vivir con la adrenalina de cometer atracos. Aun así, Lorian le pagaba bien y no tenía el menor interés en pasar por las autoridades de la potencia totalitaria de Stalvograd. A pesar de todo, tenía más libertad en Stellar hoy por hoy, aunque, si llegaba a enfermar... debía trabajar igual.
Desde entonces, Rex Valiant tuvo que salir de dicha estación de servicio después de haber cargado el combustible de su Zéphira. Lorian salió con sus matones -o, como él los llama, guardaespaldas-, dos alienígenas del tamaño de una pared y musculosos. Sus rostros eran similares al de un crustáceo; no era una experiencia agradable presenciar sus apariencias, más aún con aquellas tenazas.
—Recuerda, Rex, encuentra a Elys con su furgoneta. Están al extremo norte del polo, en la ciudad de Nordisca —dijo Lorian a un Rex distraído por los matones.
—Como usted ordene, señor —respondió Rex, haciendo un gesto de despedida con una de sus manos y con una mirada poco interesada. Más que ir en busca de Elys, aquella criatura había captado su interés.
El pirata se sube a su moto, la pone en marcha y, a pesar de forzar el arranque, esta avanza a menor velocidad que antes. Comienza a expulsar un poco de humo por el tubo de escape, que traza una línea nubosa allá donde va. Mientras viaja por la ruta hacia Nordisca, Rex se percata de algunos osos polares que merodean por aquellos lares. Últimamente, esos animales peludos buscaban comida, debido a que las autoridades de Stalvograd utilizaban los peces -fuente de alimento de los osos- en su guerra comercial culinaria contra Stellar Pizza.
Rex sentía pena por ellos, pero no podía detenerse. No solo debía cumplir con su deber, sino que aquellos animales intentarían devorarlo en un santiamén. Así que, simplemente, siguió su rumbo al norte. Cuanto más avanzaba, más firme se hacía el frío. Se veían menos árboles nevados, más montañas y también plataformas petroleras sobre las aguas, que se asomaban cerca de Nordisca.
Dentro de la ciudad del norte del polo, Rex comenzó a buscar a Elys Tork, la extraterrestre transportista. Si bien estaba allí para cumplir la misión de Lorian -entregar pizzas-, desde que vio la imagen que le mostró el magnate garnoxiano, no pudo dejar de pensar en que se trataba de un elfo del conocimiento. Así que el pirata humano estaba más atento a Elys que a repartir la mercancía.
Rex seguía flotando con su vehículo cercano al suelo, encaminándose hacia un puerto petrolífero. En esa área no había mucho tránsito; solo algún que otro obrero del petróleo y enormes tachos de desperdicio. El piso estaba bajo cero y era resbaladizo.
Mientras Rex seguía ladeando su cuello congelado de un lado a otro, alcanzó a ver -o, mejor dicho, lo poco que podía distinguir a través de tanta neblina- una modesta furgoneta estacionada bastante cerca de una orilla que terminaba en el agua helada. Se deslizó con su moto inmediatamente hacia el vehículo de la extraterrestre. Descendió de su deslizador y husmeó un rato la furgoneta: asomó su rostro por las ventanas empañadas del vehículo.
—¿Hola? —repitió un par de veces-. Vengo de parte de Lorian... —continuó merodeando.
En ese momento, se oyó un chapoteo: algo había emergido del agua de un salto. Rex, que se encontraba detrás de la furgoneta, corrió hacia el borde para averiguar si se trataba de Elys, pero no alcanzó a ver más que el agua esparcida sobre el piso congelado.
—¿Elys? Vengo de parte de Lorian —repitió una vez más el pirata.
El interior de la caja estaba oscuro, hasta que Rex abrió por completo la puerta y entró con una linterna bengala.
—Estoy en mi hora de almuerzo —dijo Elys, indignada, mientras saboreaba un pez que había pescado durante su nado en el agua.
—Lo siento, pero creí que era otra cosa —respondió Rex, aún con desconfianza.
—Antes muerta que dejar que un intruso entre a mi furgoneta antes que yo —replicó Elys con media carcasa de pez en la boca, mientras se ponía un abrigo naranja.
Sus orejas eran lo que más había llamado la atención de Rex cuando Lorian le mostró su imagen. Ahora, al verla en persona, confirmaba su rareza: piel verde esmeralda, ojos con pupilas e iris púrpura... Muy distinta a los monstruos y extraterrestres que había enfrentado en el pasado.
—¿Y bien? ¿Vas a guardar tu viejo moto-deslizador en la caja? —preguntó Elys, sin una pizca de humor.
Rex echó un vistazo a su moto, que estaba afuera.
—No está vieja, solo tiene experiencia —respondió con molestia-. Se llama Zéphira, por cierto. Ten mucho cuidado -aclaró, casi como una advertencia.
Elys acompañó el silencio con una leve sonrisa; notaba en Rex el mismo tipo de apego especial que ella sentía por su propia furgoneta.
—Pues, sube a bordo... Debes ser Rex Valiant, como dijo Lorian. Un pirata solitario que le pone un mote a su máquina.
—Sí, ahora eres graciosa -dijo Rex con sarcasmo—. Por lo que veo, TÚ viajas sola también.
—No del todo. Al igual que tú, tengo a mi gran furgoneta —le mostró el interior de la caja con una sonrisa de oreja a oreja—. No le puse un nombre como hiciste tú. Simplemente es Viajero.
Elys le mostró las cajas de pizzas que debían entregar a los clientes, pero lo más destacado era un cofre negro con líneas rojas: contenía piezas de repuesto y una pistola espacial. También había una mini ametralladora que podía montarse a los costados de la furgoneta, e incluso en la parte trasera.
—De alguna manera hay que defendernos de todo lo hostil que pueda cruzarse entre nosotros —comentó Elys.
El tiempo corría. Lorian contaba cada segundo. Así que, después de presentarse mutuamente, llegó la hora de arrancar.
El vehículo se encendió y las turbinas comenzaron a emitir un sonido grave, más potente que el de un avión: parecía un bombardero. La furgoneta comenzó a elevarse de forma vertical, para luego avanzar hacia adelante.
Una vez que flotaban en línea recta, Rex vio a lo lejos un par de marcianos sobre moto deslizadores que parecían estar buscándolo.
—¡Diablos! —murmuró Rex mientras se mordía los labios.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Elys, sin apartar la vista del camino mientras conducía.
—Los marcianos son aliados de los stalvianos y me están buscando —aclaró Rex con tensión en la voz.
Nordisca era demasiado fría para el humano promedio. La tecnología stalviana resultaba más que obsoleta para enfrentar el extremo frío polar. Los marcianos, en cambio, eran capaces de resistir ese clima sin problema.
Mientras seguían adelante, unos polizontes del planeta rojo estaban registrando vehículos en busca de Rex. No dudaron en detenerse y pedir una revisión.
—Saludos, piloto —dijo cordialmente el oficial marciano.
Elys le hizo una seña a Rex para que se escondiera en uno de los cofres.
—Hola, oficial. ¿Hay algún problema? —respondió Elys con total calma.
—Buscamos a un fugitivo. Los stalvianos lo andan buscando... esta es su imagen —dijo el oficial, mostrando a Elys un holograma de Rex proyectado desde un pequeño dispositivo.
—Lamento decir que nunca he visto a ese humano. Si alguna vez lo encuentro, les avis... —Elys fue interrumpida de golpe por Rex, quien pisó el acelerador. La furgoneta arrancó con una sacudida y gran velocidad, no sin que antes Rex le hiciera al oficial marciano unas muecas burlonas.
A velocidad de relámpago, la furgoneta avanzaba forzando el motor. Era de esperarse que los oficiales comenzaran la persecución con sus motos deslizadoras voladoras. Uno de ellos disparó desde su vehículo, acertando en una de las luces traseras del vehículo de Elys.
El impacto hizo temblar el interior de la furgoneta, donde se encontraban Elys y Rex. El pirata humano tambaleó de un lado a otro hasta caer sobre las cajas de pizzas, aplastando algunas en el proceso. No pudo evitar arruinarlas, y las manchas de tomate y queso lo dejaron con el trasero empapado.
—¡Carajo! -exclamó Rex, intentando sin éxito quitarse las manchas de los pantalones—. ¡Me va a tomar una eternidad sacar esta grasa! Elys, ¿tienes algún limpiador de ventanas? —preguntó mientras se limpiaba inútilmente con una servilleta.
Elys ladeó la cabeza para ver qué le ocurría a su compañero.
—¡Arruinaste los pedidos! —dijo Elys con una voz irritada, gutural y aguda-. ¿A ti te importan más tus ridículos pantalones que cómo se va a poner Lorian?
—¡No fue mi culpa! -se defendió Rex—. Ese ataque fue duro. Además, solo aplasté algunas cajas. Lo bueno es que mi moto no sufrió daño alguno.
—El furgoneta sufrió un leve daño. Voy a tener que bajar la velocidad. Tú, agarra la ametralladora que te mostré antes y abre la ventanilla —dijo Elys, todavía enojada.
Rex obedeció rápido, con una enorme sonrisa que apenas se veía tras su bufanda, debido a la euforia de manejar un arma potente que nunca había usado. Siempre había confiado en su ingenio, sus propias manos y habilidades físicas, pero ahora no había tiempo para eso; tenía una nueva misión: defender a Elys, su "elfo", más que a la furgoneta y las entregas.
Las motos deslizadoras de los marcianos atacaban una y otra vez al pesado vehículo de Elys, continuando el asedio.
—¿Dónde están las ristras de balas? —preguntó Rex, mientras ubicaba con dificultad la ametralladora en la ventana de la caja del furgoneta, mientras seguían siendo asediados por los oficiales marcianos.
—¿Ristra de balas? No es tecnología barata. ¡Apunta y aprieta el maldito gatillo! —ordenó Elys, desesperada.
Rex comenzó a disparar balas láser. Al principio fallaba sus objetivos, pero en el segundo intento logró darle a una de las motos de los marcianos.
—¡BOOM! Sí, uno menos —dijo Rex triunfalmente.
—¡Perfecto, pero intenta acabar con los otros tres! Necesito tiempo —dijo Elys con voz misteriosa.
Elys le parecía un ser enigmático; Rex quería cuidarla a toda costa, pues creía que ella portaba esa chispa de divinidad.
Rex volvió a apuntar con la ametralladora a los marcianos, que atacaban como irritantes mosquitos en la humedad. Esta vez mejoró su puntería y abatió a los tres polizontes; con dificultad, sí, pero logró sacarlos de encima.
Con la furgoneta averiada y los marcianos al acecho, la piloto extraterrestre ya había pensado en escapar hacia una aldea pirata alienígena más allá de Nordisca, conocida como "Cráter". Allí conocía a un renegado bucanero chatarrero garnoxiano llamado Roj Gavia, quien tenía un taller mecánico donde usurpaban piezas a marcianos y stalvianos. Con lo saqueado no solo fabricaban objetos cotidianos y vehículos, sino también armas de defensa. No solo para protegerse de los ataques del Planeta Rojo, sino porque los bucaneros del norte de Nordisca defendían la fauna local: los peces del Ártico, el recurso más preciado del polo norte, explotado por los stalvianos y sus secuaces marcianos. Era el principal alimento de los osos polares y otras criaturas de la ventisca.
Elys había logrado salir adelante con su furgoneta muchas veces, y en más de una ocasión, fue gracias a Roj Gavia, quien la ayudó a reparar su vehículo con piezas robadas o adaptadas. Esta vez no era diferente... salvo por un detalle: ahora llevaba a un humano a bordo. Los bucaneros del Cráter, acostumbrados únicamente a enfrentarse a los soldados de Stalvograd, no solían confiar en los terrícolas.
—¡Beep! —sonó el comunicador de Elys, interrumpiendo el momento de relativa calma.
Era una llamada de Lorian. Elys la atendió mientras conducía a menor velocidad, con el camión herido pero estable, y el ambiente algo más tranquilo tras el combate.
—Dame eso —dijo Rex, tomando el comunicador de las manos de Elys para que ella pudiera concentrarse en conducir.
—¿Diga?
La voz de Lorian se escuchó de inmediato, primero con enojo, luego con un tono más controlado.
—Muchachos, ¿por qué la demora? Los clientes pierden la paciencia sin sus entregas. ¿Por qué están tan lejos de Nordisca? Además, tengo ideas que necesito compartir con ustedes.
Hubo un breve silencio antes de que Lorian añadiera, en tono más firme:
—Tienen que enfocarse en el trabajo.
—Ah, era Lorian —dijo Rex a Elys mientras colgaba la llamada sin pensarlo dos veces.
—¿Se enfadó? —preguntó Elys sin apartar la vista del camino.
—Nah. Seguro tiene otra de sus ideas brillantes para el negocio de Stellar —respondió Rex con indiferencia, encogiéndose de hombros.
—Sigue el rumbo —añadió Elys con un leve suspiro.
Un momento después, su tono cambió.
—Rex, tengo que advertirte algo sobre El Cráter. Es un lugar extremadamente frío. Ningún humano ha llegado hasta allí y regresado. Incluso para algunas razas alienígenas, el clima es insoportable.
—He sido el único humano que ha llegado hasta aquí. Tus advertencias no son más que una oración hacia el más allá —dijo Rex, convencido de su destino.
Elys entornó los ojos. No comprendía del todo lo que decía, pero intuía que para Rex, ella era algo más que una piloto: la veía como una portadora de secretos de otro mundo. Y él la seguiría hasta la luna si hiciera falta.
—Los alienígenas del Cráter no tienen pensamientos favorables hacia los humanos —comenzó a decir Elys, pero Rex la interrumpió.
—No digas más. Solo sigue el rumbo y deja que reparen tu furgoneta —dijo con una serenidad inusitada.
Tras eso, cayó un profundo silencio.
Solo el zumbido irregular de las turbinas dañadas y el quejido mecánico del chasis interrumpían la calma, mientras la nieve se estrellaba contra el parabrisas y los limpiadores abrían un tenue claro en la ventisca.
A medida que se acercaban aún más, "El Cráter" revelaba una fisonomía distinta a la de Nordisca. La fauna era más salvaje y dominante. Desde la ventanilla frontal, Rex pudo ver numerosos osos polares desplazándose en manadas por la nieve perpetua, acompañados de otras criaturas cuyas formas no podía identificar del todo: bestias alargadas, parecidas a focas, con espinas brillantes en la espalda, y aves que planeaban sin batir las alas, como estatuas suspendidas en el aire helado.
Pero lo que realmente capturó su atención fue el terreno que precedía la entrada al Cráter: un valle congelado y desolado. La planicie estaba sembrada de agujeros profundos, como si enormes yunques hubieran caído del cielo, estrellándose contra el hielo con tal fuerza que dejaron cicatrices abiertas en el suelo, revelando la negrura líquida del agua bajo la capa congelada.
—¿Qué diablos pasó aquí? —murmuró Rex, mientras su aliento se condensaba sobre el cristal.
Elys no respondió de inmediato. Solo bajó la velocidad y ladeó la cabeza, escudriñando el paisaje con una mezcla de tensión y respeto.
Cuando por fin llegaron al Cráter, la ventisca comenzó a disiparse apenas lo suficiente como para revelar la silueta de una rústica aldea. Estaba compuesta por iglús robustos, algunos de metal reciclado y otros de hielo reforzado con placas solares oxidadas. Todos estaban dispuestos en círculos concéntricos, como una red tribal que se ramificaba en senderos que conectaban con otras aldeas similares ocultas entre los pliegues del terreno glacial.
La furgoneta comenzó a descender lentamente hacia un espacio abierto a unos metros de la aldea principal. No hubo señales de alarma. Elys era una visitante habitual. Su nombre era bien conocido por Roj Gavia, el pirata chatarrero que gobernaba ese confín helado con una mezcla de astucia, fierro robado y alianzas frágiles.
Cuando el vehículo por fin se detuvo con un quejido metálico, Elys echó un vistazo a Rex, que temblaba dentro de su abrigo improvisado.
—Quédate aquí. Abrígate bien —le dijo con tono firme pero tranquilo—. Voy a hablar con Roj. No salgas hasta que te lo diga.
Rex asintió en silencio. Sus ojos seguían el contorno de la aldea por el parabrisas empañado. Aquello no era un simple asentamiento: era una especie de refugio fuera del tiempo, una trinchera olvidada en los bordes de la civilización.
La ventisca había amainado apenas lo justo como para dejar paso a una neblina espesa y blanca que cubría todo como un velo. Desde el interior de la furgoneta, con el vidrio empañado por la humedad y el frío, Rex apenas podía distinguir las siluetas del exterior. Vio a Elys, su figura pequeña con sus orejas puntiagudas agitándose con el viento, parada frente a otra figura mucho más grande.
La segunda silueta era encorvada, con un sombrero desproporcionado que casi le cubría el rostro, y una trompa que colgaba desde la cara como una rama vieja. A través de la bruma, parecían dos sombras discutiendo en voz baja, ajenas al resto del mundo.
Rex los observó, atento, mientras frotaba el cristal con la manga para intentar ver mejor. Elys levantó el dedo índice y señaló hacia la furgoneta. El ser de la trompa puso ambas manos en sus caderas, como si meditara un juicio silencioso. Luego, sin decir palabra, se dio la vuelta y se perdió entre la bruma, entrando en uno de los iglús metálicos.
Minutos después, Elys abrió la puerta de la furgoneta. Su rostro estaba más serio que de costumbre.
—Vamos, Rex. Nos van a recibir en su taller.
Rex se abotonó el abrigo con rapidez. El frío se colaba por cada grieta del vehículo, y el suelo del Cráter parecía morderle los pies. Aun así, se bajó decidido, caminando tras Elys mientras la figura de los iglús se hacía más nítida con cada paso. No sabía qué encontraría adentro, pero sí sabía una cosa con certeza:
Estaba cruzando otra frontera. Una más profunda, más ajena. Tal vez incluso más peligrosa que cualquier persecución marciana.
—Le conté a Roj Gavia que estás conmigo. Para hablar con él, debes hacer una ofrenda. ¿Tienes algo que los piratas del Cráter valoren? —preguntó Elys.
Rex rebuscó dentro de la furgoneta y encontró lo que más podían apreciar aquellos bucaneros: pizzas sin anchoas, unas aplastadas y otras más presentables, pero todas bien calientes y sabrosas. Totalmente gratis, solo para ganarse la confianza de Roj Gavia.
Así que, con ayuda de Elys, llevaron los pedidos hacia el iglú más grande, un refugio donde podían entrar muchos alienígenas de diversas aldeas. Dentro, Roj Gavia ya los esperaba, y al ver la ofrenda que Rex había llevado, una sonrisa áspera se dibujó en su rostro.
—¡Camaradas, el amigo humano de Elys, resultó ser diferente y digno, que los asquerosos stalvianos! —exclamó Roj, alzando sus dos ásperos brazos color púrpura de acero chatarra frente a todo su séquito—. Un amigo de Elys es nuestro amigo. Estaremos a su servicio por si necesitan refacciones y más.
Mientras resonaba la trompa, una oda se elevó por parte de sus acompañantes piratas. Los demás tomaron porciones de pizza caliente y salieron del iglú, dejando solo a Roj Gavia dentro.
—Humano, ¿a qué vienes tan lejos y alejado de tu civilización? —preguntó Roj Gavia, sus ojos de metal brillando bajo la tenue luz del iglú.
Rex tragó saliva, el frío calándole hasta los huesos, pero mantuvo la mirada firme.
—Ustedes reparan cosas, pueden reparar mi zephira para seguir mi camino —respondió, ocultando el temblor que le recorría el cuerpo, mientras evitaba el peso de la pregunta que realmente le inquietaba.
—No creo que hayas venido a un lugar tan inhóspito y peligroso para ti, solo para reparar una moto, humano —dijo Roj, sus ojos amarillos oscilando lentamente como péndulos de reloj, clavados en Rex.
—Cierto, la verdad... —empezó Rex, pero su voz se cortó.
—Escuché algo afuera —interrumpió Elys, deteniendo sus orejas puntiagudas, alerta-. Debe ser Lorian. No quise deshacerme del comunicador por las reprimendas.
El ambiente se tensó en el interior del iglú, mientras las sombras se movían con la neblina que se colaba por la entrada.
Elys salió del iglú lo más rápido que pudo, sus orejas puntiagudas girando en todas direcciones, captando cada sonido entre el crujir del hielo y el silbido del viento helado. Pudo distinguir claramente el zumbido inconfundible de una nave mediana acercándose.
Un suspiro de alivio escapó de sus labios al confirmar que no se trataba de los temidos marcianos, pero de inmediato tragó saliva al reconocer la silueta imponente de la nave de Lorian acercándose a toda velocidad. Sabía que aquello no sería un simple saludo
El bulto avanzaba con paso firme sobre el suelo congelado, levantando pequeñas nubes de vapor con cada pisada. Lorian, en el centro, irradiaba autoridad y tensión, sus ojos clavados en Elys como si quisiera desentrañar cada uno de sus secretos.
Los dos matones langostinos, enormes y de músculos marcados, se mantenían atentos a cada movimiento, mientras que los dos pequeños alienígenas verdes, de sonrisas alargadas y rostros astutos, portaban sus pistolas láser con dedos preparados para disparar en un instante.
Elys, sintiendo cómo el frío ya no era lo único que la helaba, apretó los puños, intentando mantener la compostura mientras el grupo se acercaba inexorablemente hacia ella.
—¿Por qué tiemblas, acaso tienes frio? Dijo Lorian sarcásticamente — ¿Por qué vinieron hasta aquí si los pedidos están en Glacium?. ¿Sabías que se están enojando?— bombardeó Lorian con muchas preguntas.
—Fuimos atacados por marcianos y se averió la furgoneta —respondió Elys, dejando a un lado los nervios y poniéndose firme ante el magnate intergaláctico.
—¡Excusas! Siempre hay una excusa contigo, Elys. ¿Y tu nuevo amiguito humano? ¿También es parte del retraso? —Lorian giró su mirada con desdén hacia la entrada del iglú.
Lorian dio un paso hacia ella, bajando el tono.
—Espero que tu lealtad esté en el lugar correcto. No me hagas recordarte los contratos.
Los dos matones langostinos crujieron sus pinzas al unísono detrás de Lorian.
En ese momento, la entrada del iglú crujió al abrirse, empujada por el peso de los pasos metálicos de Roj Gavia, seguido por Rex, aún con restos de nieve en los hombros. La escena frente a ellos era tensa: Elys estaba sola, plantada como podía frente al grupo de Lorian y sus acompañantes alienígenas.
La brisa helada agitaba el abrigo de Rex mientras se acercaba a su compañera, y Roj, imponente, cruzó sus brazos de chatarra púrpura.
—¿Algún problema por aquí? —dijo Roj con su voz grave, como un tambor golpeado bajo el hielo.
Rex observó rápidamente el entorno. Reconoció a Lorian en el centro del grupo: la sonrisa burlona, los ojos ocultos tras un visor brillante, y su séquito armado, siempre dispuesto a intimidar con elegancia. No le sorprendió la teatralidad.
—Lorian —saludó Rex con frialdad.
—¡Rex! Mi pirata favorito. ¿Dónde te habías metido? Debías estar en Glacium hace horas —dijo Lorian con fingido entusiasmo, abriendo los brazos y envolviendo a Rex en un abrazo forzado.
Rex se mantuvo firme, sin corresponder el gesto. Apenas si lo soportaba.
—Hubo complicaciones —respondió secamente—. Nada que una buena charla con Roj no pudiera arreglar.
Lorian miró de reojo al enorme chatarra-pirata y luego a Elys. Su sonrisa se tensó. El ambiente, por un instante, pareció congelarse aún más.
—¡Lárgate de aquí, Lorian, no eres más mi jefe, yo soy un pirata saqueador! —dijo con orgullo Rex, tiritando de frío mientras intentaba mantener la compostura.
El viento soplaba entre las aldeas de iglús, levantando una nube de escarcha. Lorian se quedó en silencio unos segundos, con una ceja levantada, sorprendido por el descaro de Rex. Luego soltó una pequeña risa nasal, burlona.
—Está bien, no te necesito. Eso sí, dame las entregas. Todavía deben estar calientes —respondió Lorian, extendiendo una mano enguantada con gesto autoritario.
—¡De hecho, estuvieron deliciosas! —remató Roj Gavia mientras se relamía, junto con su séquito, y se sobaban la barriga con satisfacción ruidosa.
—¡Excelente, deberían pagarme para luego probar las que son con anchoas! —dijo Lorian, provocando con descaro a los piratas del Cráter.
Roj Gavia y sus compañeros vieron desvanecerse la sonrisa al escuchar que Stellar Pizza había llegado a un acuerdo con los stalvianos para mezclar los platillos, con la intención de vender más.
—No eres bienvenido aquí, brabucón.
—dijo Roj con voz firme y llena de autoridad. Las deliciosas pizzas nos las ofrendó el humano. Si vienes por los peces, te pedimos amablemente que te largues si no quieres problemas.
Sus palabras resonaron con un peso inquebrantable en el iglú. Los piratas del Cráter, a su mando, se pusieron en guardia, listos para defender su territorio y su forma de vida a cualquier costo.
Lorian chasqueó los dedos, y al instante sus matones langostinos comenzaron a destruir todo a su paso en El Cráter. Los piratas, aunque fieros, carecían de tecnología avanzada y no podían competir contra aquellos monstruos ni contra los tres escuálidos de traje azul, armados con potentes pistolas láser.
Rex, decidido a defender el territorio, se lanzó cuerpo a cuerpo contra uno de los langostinos. Trepó por su espalda e intentó una llave al cuello, pero fue inútil. El extraterrestre lo sujetó con facilidad por la campera y lo lanzó contra uno de los iglús con fuerza brutal, dejándolo inconsciente.
Roj Gavia entró a la pelea blandiendo una cuchilla, pero la hoja se arruinó con el primer golpe. Antes de poder reaccionar, recibió un puñetazo en el estómago que lo mandó volando varios metros, cayendo dolorido y sin fuerzas. El Cráter se convirtió en un caos bajo la embestida implacable de Lorian y sus secuaces.
Cuando Lorian saboreaba su victoria, una luz azul destelló a través de la neblina. Una bola ígnea surcó el aire directo hacia uno de los langostinos. Al impactar, la criatura fue destrozada desde la cintura hasta la cabeza, hecho añicos en mil pedazos.
Lorian clavó la mirada en el origen del ataque y vio a Elys, que sostenía su pistola con firmeza. No era un juguete; su poder era impresionante. Sin embargo, su gran desventaja era el tiempo de recarga: demoraba varios minutos y consumía una enorme cantidad de energía. Además, aún quedaban tres enemigos más, y Lorian estaba decidido a aprovechar esa ventaja.
—Espero que el valle... escuche el silbido —dijo Roj Gavia, aún en el suelo, tambaleándose, mientras sacaba un pequeño silbato y soplaba con fuerza.
—Pssssss —resonó el sonido agudo, cortando la neblina helada del Cráter.
Lorian calló antes de poder golpear a Elys. La tierra comenzó a temblar con fuerza. El hielo del valle crujía y trizaba bajo la presión, mientras un sumbido profundo resonaba, parecido al zumbido dentro de una colmena gigante.
De repente, a lo lejos, a través de uno de los grandes hoyos en el hielo, apareció una masa gigantesca: un enorme "cerebro" oscuro que rompió la superficie, seguido por olas heladas y el viento cortante. Era un monstruo marino con forma de pulpo, su cabeza colosal y sus ojos furiosos brillando con rabia.
En un movimiento rápido y preciso, levantó varios de sus tentáculos y atrapó a Lorian, estrangulándolo con fuerza mientras este luchaba por liberarse.
—¡No debiste meterte al Crater de los Piratas! —dijo Roj Gavia, tosiendo entre dientes, mientras observaba cómo el monstruo marino apretaba con fuerza a Lorian.
Antes de que Lorian pudiera pronunciar palabra, el enorme pulpo aplastó su torso con una fuerza brutal, destrozando sus órganos y dejando la cabeza hecha una masa informe, con los ojos y el cerebro sobresaliendo en un espeluznante espectáculo de destrucción.
Elys aprovechó el desconcierto que causaba el enorme pulpo y disparó al último langostino, que estaba distraído tratando de esquivar los tentáculos. La potente descarga de su pistola hizo desaparecer al monstruo con un estallido de energía.
Los dos secuaces restantes comenzaron a disparar al pulpo, logrando solo hacerle leves heridas en sus tentáculos. Elys sabía que debía esperar a que su arma recargara, pero justo entonces un agudo silbido se propagó por el valle congelado.
De entre la neblina y la nieve apareció una manada de osos polares, atraídos por la señal. Sin piedad, atacaron a los secuaces de Lorian, devorándolos rápidamente y sin darles oportunidad de defenderse.
Al equilibrarse la situación, Elys se acercó rápidamente a Roj Gavia. Lo levantó con cuidado; el pirata chatarrero, aunque adolorido por el fuerte golpe, parecía estar fuera de peligro inmediato. Sin perder tiempo, Elys se dirigió hacia Rex, quien estaba en peor estado: inconsciente, con la respiración lenta y ya comenzando a congelarse debido al frío intenso.
—Rex... tienes las piernas duras como si fuesen de hierro —dijo Elys, agachándose junto a él, intentando escuchar su respuesta.
Con un suspiro débil y un esfuerzo enorme, Rex logró modular una frase apenas audible:
—Pirata... hasta morir. Elys, nunca dejes que construyan tu futuro.
Poco después, Rex quedó completamente congelado, como una escultura de hielo. Solo esas palabras pudo entender Elys antes de que el frío consumiera por completo a su amigo.
—Ese humano ya es libre, Elys. Vino buscando la aventura y murió en su ley, como un verdadero pirata. Además, tú eras parte de algo importante para él, una compañera más que un vehículo —dijo Roj Gavia, tomándose el estómago con esfuerzo.
—¿Por qué era tan importante para él, si apenas nos conocimos? —preguntó Elys, confundida y preocupada.
—No lo sé, ese humano no era como los stalvianos. Buscaba algo sobrenatural, pero al parecer siempre ha estado en él —dijo Roj con voz cansada.
—Los humanos son extraños —murmuró Elys, mientras observaba a Rex
Rex comenzó a trisarse como si fuese vidrio, sus grietas surcaban todo su cuerpo hasta que finalmente se partió en pedazos. De él emergió un polvo fino que se disipó con la ventisca, elevándose por las corrientes de aire hasta perderse en el vasto espacio.
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