馃摐 Sinopsis
En Argiland, el apocalipsis zombi es apenas el ruido de fondo de una lucha mucho m谩s brutal: el poder se disputa a tiros, entre mutantes y pasiones desbordadas por el f煤tbol.
El peque帽o estadio estaba repleto de simpatizantes desaforados, mientras afuera los zombis aguardaban con paciencia torpe, como si tambi茅n esperaran el resultado antes de avanzar.
Desde las tribunas, los hinchas del Wanderers arengaban a su equipo, expulsando por la boca chorros de gaseosa tibia y restos de chorizo mal masticado.
—¡Quedan pocos minutos, pongan huevo! —gritaban varios, con las gargantas al l铆mite.
Algunos alentaban con la boca llena, comunic谩ndose a medias, mascullando insultos y consignas entre mordiscos grasientos. Barrigas agitadas como bombos, saltos torpes, espuma y sudor.
El pitido final cay贸 como una sentencia:
San Lucas United 3 – Roca Wanderers 0
La tribuna local hirvi贸 de ira. Insultos cruzados, miradas torcidas, botellas volando.
—¡脕rbitro vendido! —¡No tienen aguante!
La polic铆a todav铆a no ahuyentaba a los zombis; algunos ya comenzaban a alejarse del estadio, arrastrando los pies con desinter茅s.
En las gradas, varios hinchas se dejaron caer derrotados sobre los asientos, pas谩ndose la mano por el pelo grasoso, mascullando bronca. Miraban las salidas con impaciencia.
—¿Por qu茅 tardan tanto? —murmur贸 alguien, se帽alando a la polic铆a.
En la entrada visitante, un simpatizante de San Lucas United se dio vuelta para burlarse de los locales.
—¡Muertos! ¡Amargos! ¡Equipo chico!
Uno de los hinchas del Wanderers no aguant贸 m谩s. Se le fue encima. El pu帽etazo fue seco y lo dej贸 en el piso. El rival se levant贸 de inmediato y respondi贸 con otro golpe. La pelea se desplaz贸 a empujones hasta la puerta de salida, donde la polic铆a intentaba contener a los zombis para que la gente pudiera irse “tranquila”.
En medio del forcejeo, la puerta cedi贸. Los polic铆as fueron desplazados y, mientras los hinchas se repart铆an golpes, los zombis aprovecharon la abertura y comenzaron a entrar al estadio.
—¡Arg! —gru帽铆an, tambale谩ndose como borrachos.
En segundos, el campo de juego y las gradas se volvieron un caos.
Simpatizantes locales y visitantes corr铆an desesperados, ya no buscando la salida, sino intentando sobrevivir.
Algunos eran alcanzados por los zombis, que les abr铆an el cr谩neo como si fuera un mel贸n y devoraban sus cerebros con torpeza glotona.
—Hmmm… cerebro —murmur贸 uno, saboreando los sesos de un padre de familia que hab铆a ido a distraerse de su pat茅tica vida mirando f煤tbol.
En medio de la horda, un hincha de San Lucas United fue atrapado. Un zombi le mordi贸 el cuello y enseguida se sumaron otros: le arrancaron las tripas y los sesos en un fest铆n ruidoso.
—¡Eh, par谩! —protest贸 alguien, furioso—. ¡Ese era m铆o!
Mientras tanto, algunos hinchas lograron refugiarse junto a una parrilla abandonada. All铆 devoraban chorizos sin pan, ajenos a los gritos, la sangre y los disparos.
—El chorizo y la Coca no se pagan solos —dijo uno—. Salgamos y limpiemos coches. Deben estar llenos de sangre.
Varios fan谩ticos salieron del estadio sin ser detectados por los zombis. El olor a humo de parrilla y la mugre acumulada los confund铆a con los suyos.
Se pusieron a apartar zombis del camino de los conductores y a limpiar parabrisas manchados de sangre.
—Gracias por la paga, don —dec铆a alguno, mientras los choferes aceleraban como locos.
Mientras el caos continuaba —con polic铆as, gendarmes e incluso gauchos a caballo—, toda la escena era transmitida en vivo por los noticieros.
—Un d铆a normal m谩s en Argiland —dijo el locutor, con voz euforica.
—Y bueno, esto es el folclore del f煤tbol —agreg贸 un entrevistado, encogi茅ndose de hombros.
La televisi贸n segu铆a transmitiendo la batalla campal. Desde un fuerte ubicado en un suburbio, el doctor Gorno, creador de los zombis que infestaban casi todo el sur de Argiland, observaba la transmisi贸n.
Su fortaleza estaba repleta de experimentos: monstruos, mutantes humanoides y animales grotescos. Su m谩s leal ayudante, Igorio, se encargaba de limpiar el lugar y mantener a las bestias a raya.
—¡Apag谩 la tele, Igorio! —orden贸
Gorno con voz fantasmag贸rica, mientras su “cabeza” criog茅nica cambiaba de verde a azul.
El cerebro del doctor flotaba dentro de un cilindro criog茅nico, sostenido sobre un cuerpo que no era el suyo.
Igorio, con su ojo salt贸n, le pregunt贸 a su amo cu谩l ser铆a su pr贸xima jugada.
Gorno ten铆a en mente derrocar al presidente de Argiland. Ten铆a los medios para hacerlo, pero el mandatario contaba con soldados extranjeros y mercenarios rubios vestidos de traje negro.
El arma m谩s letal del doctor no era ning煤n tipo de mutante. Era, simplemente, una muchacha de doce a帽os que pasaba el d铆a jugando shooters de realidad virtual. Hab铆a sido campeona mundial, dejando a m谩s de un friki dado vuelta, tirado por la descompostura. Su nombre era Carla -para Gorno e Igorio-, pero para los mutantes era conocida por su nombre de avatar: FragQueen.
Carla estaba en forma; se ejercitaba en la azotea de su edificio antes de cada partida. Parec铆a m谩s una gimnasta que una gamer. Ella, junto a otros mutantes, mandaba a volar a los invasores secuaces del presidente: ya fueran soldados for谩neos o mercenarios rubios.
Despu茅s de jugar y de cada misi贸n para Gorno, Carla sol铆a almorzar en lo del doctor, bajo la mirada pervertida de Igorio.
En sus almuerzos, FragQueen le fue encomendada la misi贸n de derrocar al presidente de Argiland para que Gorno tenga su pa铆s aparte: el Estado Austral.
—Para esta importante misi贸n, no ir谩s sola —asegur贸 Gorno.
El doctor le present贸 a su escuadr贸n:
Bruto Kranek: skinhead zombificado, dotado de una fuerza y resistencia descomunales.
Reptil 13: hombre lagarto capaz de camuflarse y espiar sin ser detectado.
脕cido Molina: polic铆a zombificado que expulsaba 谩cido cada vez que lloraba o hablaba.
MotorGeist: el coche inteligente y moderno del doctor.
—No hac铆a falta que me presentaras a Kranek, ya lo conoc铆a —dijo Carla.
—Cierto, pero nunca est谩 de m谩s mencionarlo —respondi贸 Gorno.
El doctor se despidi贸 de sus s煤bditos con un gesto solemne.
Igorio los acompa帽贸 hasta el MotorGeist y les dese贸 buen viaje.
El coche de Gorno rug铆a en silencio, como un gatito mec谩nico. Su desplazamiento era suave, elegante. El negro absoluto del MotorGeist contrastaba con las zonas anaranjadas de Argiland, ahora desiertas. Las calles y los barrios estaban vac铆os.
Se disputaba la final del ascenso entre San Lucas United y Roca Wanderers. El Wanderers deb铆a dar vuelta un humillante 0 a 3, pero eso no hab铆a detenido a nadie.
—¿C贸mo que no puedo entrar, forro? —grit贸 un hincha al recepcionista.
—No ten茅s dinero para el boleto. Sal铆 de la fila, pulgoso —respondi贸 el hombre, ya harto.
—¡Soy del Wanderers desde la cuna! ¿Tienen miedo de que entre y los cague a trompadas? —bram贸 otro, desde atr谩s.
El recepcionista llam贸 a seguridad. Los guardias se llevaron a uno, mientras otros lograban colarse comprando entradas a revendedores con billetes manchados de sangre y grasa.
Dentro del estadio, algunos fueron directo a la parrilla. Afuera, los que quedaban insultaban, pateaban tachos y se gritaban entre s铆.
La seguridad termin贸 dispersando a los rezagados a fuerza de aerosol ambiental.
—¡Fuera, fuera!—
Un hincha qued贸 sentado en la vereda, con la cara empapada y los ojos rojos. Se frot贸 los cachetes y mir贸 el estadio desde lejos.
—Me voy a perder el partido… —murmur贸, derrotado.
Tras unos segundos, se levant贸. Ajust贸 el trapo y el balde con jab贸n y camin贸 hacia la avenida, buscando otra forma de verlo.
Durante el trayecto del MotorGeist, los s煤bditos del doctor llegaron a la zona pol铆tica de Argiland, cada vez m谩s cerca de la Casa Presidencial. Las calles segu铆an desiertas, pero varios militares extranjeros vigilaban los accesos. El MotorGeist redujo la velocidad hasta quedar completamente inm贸vil.
—¿Qu茅 diablos hac茅s, pedazo de chatarra? —gru帽贸 Kranek al autom贸vil.
—Mir谩, pel贸n —dijo Carla, se帽alando a los soldados.
—¡Agh! Se acercan a nosotros—sise贸 Reptil 13, sacando la lengua nerviosamente.
—¿Ah, s铆? ¿En serio? —respondi贸 Carla con sarcasmo.
—No me provoques, Frag. Cuando se acerquen tenemos que ocultar a 脕cido Molina, que no abra la boca —explic贸 Reptil, con su caracter铆stico siseo.
Carla cubri贸 a Molina con unas frazadas, como si estuviera gravemente enfermo, y le orden贸 a Reptil que se camuflara sobre el exterior del coche. Molina no debe abrir la boca para no derramar 谩cido por la boca.
Kranek, que estaba en el lugar del conductor, esper贸 a que el soldado se acercara hasta quedar junto a la ventanilla. El militar le orden贸 que la bajara, y Kranek obedeci贸.
—Guau… jam谩s hab铆a visto un sujeto tan grande —observ贸 el soldado extranjero.
Kranek era mucho m谩s grande que una persona com煤n. Parec铆a un payaso de circo metido en un coche que no era de su talla.
—¿No van a ver el partido? Todos est谩n en el estadio —agreg贸 el soldado, con su marcado acento.
—Tenemos cosas que hacer —respondi贸 Kranek, impaciente.
El soldado observ贸 a Carla en el asiento del copiloto y luego al fondo, donde Molina estaba envuelto en toallas.
—Se帽or… —dijo el soldado, chasqueando los dedos frente a 脕cido Molina.
—Se siente mal —interrumpi贸 Carla.
—Qu茅 pena. Todo el mundo est谩 viendo el partido —dijo el soldado, acarici谩ndose la barbilla
—. Si est谩 sufriendo mucho, puedo acabar con su agon铆a de un balazo.
—No har谩 falta, metiche. No es asunto tuyo —gru帽贸 Kranek, irritado.
El soldado le orden贸 a Kranek que bajara del MotorGeist. 脡l refunfu帽贸, pero no se movi贸.
—Sal铆 del coche o yo y mi compa帽ero abrimos fuego —amenaz贸 el militar, dando la 煤ltima advertencia.
Kranek decidi贸 obedecer para evitar m谩s problemas. Sin embargo, cuando el soldado le apunt贸 para disparar, Kranek reaccion贸 primero: le dio un golpe brutal en el rostro que lo dej贸 malherido. El soldado alcanz贸 a disparar, pero err贸 el tiro.
El disparo retumb贸. No fue nada comparado con los gritos de euforia del estadio, pero s铆 se escuch贸 en la Casa Presidencial, donde los matones rubios percibieron la detonaci贸n.
Kranek volvi贸 a golpear al soldado, derrib谩ndolo. Su rostro qued贸 demacrado, irreconocible. Luego, ya en el suelo, lo machac贸 con los pu帽os como si fueran martillos: la mand铆bula aplastada, los ojos saltones, el cr谩neo hecho pulpa.
El acompa帽ante del soldado levant贸 su ametralladora para disparar, pero de pronto comenz贸 a levitar. En su cuello apareci贸 una l铆nea roja que se abri贸 de golpe, cort谩ndole el cogote y dejando la sangre chorrear.
—No me gusta hacer esto a plena luz del d铆a —dijo Reptil 13, volvi茅ndose visible tras haber usado su garra como cuchilla.
—Tenemos que apurarnos —orden贸 Carla.
Kranek y Carla se metieron por las alcantarillas, mientras que Reptil 13 y 脕cido Molina avanzaron hacia la Casa Presidencial por otro acceso.
脕cido Molina era el chivo expiatorio. Avanz贸 hacia la puerta principal como si fuera parte de una delegaci贸n de la base de Gorno. All铆 fue interceptado por los matones rubios. Lo golpearon brutalmente y lo ataron con una soga, sin que Molina emitiera una sola palabra.
Lo llevaron a la oficina del presidente para presumir que hab铆an capturado a uno de los mutantes de Gorno.
—Gorno nos manda zombis y ahora este… esperpento —dijo uno de los matones.
—Cada vez se le acaban m谩s las ideas —agreg贸 otro.
Molina ten铆a la boca tapada con medias y cinta adhesiva. No pod铆a hablar. Su equipo se lo hab铆a advertido: bajo ning煤n motivo deb铆a hacerlo. Pero las medias le provocaban arcadas; se sent铆a asfixiado. El nerviosismo hizo que sus ojos comenzaran a lagrimear.
—No creo que haya sido el 煤nico mutante… ¿D贸nde estar谩 esa ni帽a rara? —se pregunt贸 el l铆der del grupo.
Las l谩grimas de Molina recorrieron su rostro como una ca帽er铆a rota. La soga comenz贸 a quemarse hasta deshacerse. Molina cay贸 libre ante la mirada incr茅dula de los matones.
El l铆der gir贸 con rapidez, confiado, dispuesto a darle otra paliza por haberse soltado.
—¡Cuidado! —grit贸 el presidente, pero ya era tarde.
Cuando el mat贸n rubio lo tom贸 del cuello con fuerza, Molina, a煤n con la boca tapada, empez贸 a balbucear incoherencias. El 谩cido brot贸 de su boca.
—¡Ahhh! —grit贸 el mat贸n mientras el l铆quido le derret铆a el rostro y ca铆a al piso.
Los matones apuntaron y abrieron fuego, pero Molina expuls贸 a煤n m谩s 谩cido, que perfor贸 el suelo. 脡l y varios de los rubios cayeron al nivel inferior entre gritos y carne derretida.
El presidente intent贸 huir por la ventana, pero fue atrapado por Reptil 13, que emergi贸 del camuflaje. Lo sujet贸, levit谩ndolo, con la garra apoyada en su cuello.
Los matones no pod铆an creerlo: el presidente flotando en el aire. Aun as铆, abrieron fuego.
Las balas alcanzaron a Reptil 13, que perdi贸 el camuflaje. Tambi茅n hirieron al presidente. Una lluvia de balas dej贸 al hombre lagarto inm贸vil.
—¡Muere, lagarto diab贸lico! —grit贸 un mat贸n.
—Se帽or presidente, escape por el pozo. Yo har茅 de colch贸n —dijo otro.
En ese instante, desde el ba帽o presidencial se oy贸 un estruendo.
Los matones se prepararon, recargando sus pistolas.
—Huya ahora, se帽or presidente… —alcanz贸 a decir uno.
Una bala le atraves贸 la cabeza, vol谩ndole los sesos junto con las gafas negras.
Desde el ba帽o, las balas salieron como misiles. Dos m谩s cayeron con disparos limpios en la cabeza. De all铆 emergi贸 Carla, vestida con ropa de gimnasta y empu帽ando sus dos Beretta.
—Solo venimos por el presidente. No se metan, rubios de pacotilla —advirti贸.
—¡Es FragQueen! ¡C谩guenla a balazos! —orden贸 un mat贸n.
Cuando Carla esperaba la lluvia de plomo, Kranek salt贸 desde el ba帽o a toda velocidad y se interpuso frente a ella. Recibi贸 las balas hasta que los cargadores quedaron vac铆os.
—Hacelo… r谩pido, Frag —jade贸.
Carla aprovech贸 la recarga para disparar directo a las cabezas. Sesos, gafas y sangre salpicaron la oficina presidencial.
—¡Vamos! ¡Tirate por el pozo, imb茅cil mental! —grit贸 el presidente a su 煤ltimo mat贸n.
El rubio obedeci贸 y se lanz贸 de cabeza. Cay贸 sobre los escombros, rompi茅ndose la cara, las costillas y las rodillas.
—Chau, infelices —se despidi贸 el presidente antes de tirarse.
Kranek se lanz贸 tras 茅l y lo aplast贸 contra el fondo del pozo, quebr谩ndole la columna.
—¡No lo mates! Gorno lo quiere vivo —exclam贸 Carla.
—Ups… —murmur贸 Kranek al ver al presidente agonizando, aplastado como una cucaracha, escupiendo sangre—. Est谩 de diez —agreg贸, mintiendo mal.
—Bueno, salgamos por donde vinimos. Ven铆, sub铆 —orden贸 Carla.
Mientras revisaba los cuerpos para mantener su r茅cord de cabezas voladas, mir贸 por la ventana.
Kranek subi贸 con el cuerpo del presidente metido en una bolsa de consorcio. Ambos observaron el exterior.
El panorama era apocal铆ptico. Alguno de los equipos hab铆a logrado el ascenso. Simpatizantes de ambos bandos se golpeaban, se mord铆an, se asfixiaban.
Algunos se prend铆an fuego entre s铆. Hab铆a zombis… zombis de Gorno mezclados con hinchas, confundiendo incluso a Carla y Kranek
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