📜 Sinopsis
En el planeta Marún, los secretos del gobierno palidecen ante una verdad más antigua, más extraña y mucho más peligrosa. Lewis descubrirá que no están solos —y que lo que duerme en ese mundo podría cambiar el destino de la humanidad.
Desde la base estadounidense establecida en el planeta, el general Johnston observó preocupado cómo el vehículo flotante era rápidamente detectado por los radares soviéticos. No hubo más opción que aterrizar en esa base, que, aunque parecía una aldea en comparación con las imponentes estructuras de sus rivales espaciales, destacaba por la modestia de sus edificios brillantes, una apariencia más deslumbrante que la de sus contrincantes.
De la nave descendieron soldados con armaduras, médicos, científicos, ingenieros y, finalmente, el scout: Lewis Clark, el canadiense. Los scouts son exploradores rápidos y ágiles, entrenados para infiltrarse y observar las bases enemigas. Si bien Clark no era el scout promedio, su figura sobresalía por encima de los demás: sus piernas más largas de lo habitual le permitían dar saltos de más de cinco metros y escalar montañas con una facilidad asombrosa. A diferencia de los soldados, la unidad scout no porta armaduras, sino que lleva un traje especial de tela y un casco-máscara que cubre su rostro. Su fragilidad es conocida: son las piezas sacrificables en cualquier misión, la carne de cañón destinada a ser aniquilada para asegurar el éxito de su escuadrón.
Sin embargo, Lewis Clark había logrado lo impensable: sobrevivir tres misiones sin una sola herida, y mucho menos la muerte, convirtiéndose en el primer scout en conseguir tal hazaña.
Al llegar a la base, los nuevos tripulantes reforzaron al personal ya establecido: médicos, científicos trabajando en experimentos avanzados, ingenieros encargados de reparar, mantener y reconstruir tanto edificios como vehículos de tierra. Sin embargo, el general Johnston, a pesar de su fachada dura y decidida, se encontraba visiblemente nervioso en su cubículo. Las inquietudes que lo acechaban eran cada vez más difíciles de ignorar. La inversión en material militar y científico estaba disminuyendo rápidamente con cada carga que llegaba en las naves espaciales. El recorte de presupuesto provenía directamente de la nueva administración presidencial de los Estados Unidos, que gobernaba desde la Tierra, y había dejado a la base estadounidense en el planeta Marún, el "lugar rojizo", en una creciente desolación.
A pesar de la situación, Johnston no permitió que la ansiedad lo desbordara. Se mantuvo firme y, con una determinación casi palpable, convocó a un escuadrón de cinco hombres. Entre ellos se encontraba el comandante Crane, un hombre robusto, de piel morena y mirada penetrante. Su armadura era más avanzada que la de sus compañeros, aunque aún estaba en fase experimental, con un enfoque especial en mejorar el blindaje. Junto a él estaba la doctora Hitchens, una médica que rondaba los cuarenta años. Dedicada a su profesión, había sido la responsable de salvar la vida de Crane durante un conflicto anterior. Y, por último, el scout: Lewis Clark, cuya agilidad y destreza le daban un lugar destacado en cualquier misión. Completaban el equipo dos soldados más, bajo el mando de Crane.
—Son tiempos difíciles —dijo Johnston, mientras apagaba su cigarrillo con un gesto brusco, arrojándolo a la basura.
Les dio la información con la misma frialdad con la que abordaba cada misión.
—Cerca de nuestra base hay un campamento ruso.
Les miró con seriedad, la gravedad de la situación reflejada en su rostro.
—No les voy a mentir. Los soviets nos llevan ventaja en este planeta. Hace tiempo que tienen una colonia en la ciudad, y sus pequeñas bases militares están por todas partes.
Se levantó y sirvió un café en su escritorio, intentando ocultar su incomodidad tras el gesto.
—Su misión será ir a esa base soviética cercana. También quiero que rescatéis a un soldado nuestro, un rehén llamado Hendricks. —Johnston sonrió, pero fue una sonrisa tensa, incómoda. Se rascó la cabeza, como si el simple hecho de mencionar a Hendricks le causara más inquietud de la que quería admitir.
Dada la orden del general, la pequeña tripulación emprendió su exploración hacia la base soviética. Se le encomendó a Clark la tarea de hacer un reconocimiento en los alrededores antes de acercarse a la base propiamente dicha. El scout marchaba con paso largo, ocultándose entre los montículos rocosos mientras observaba con atención cada rincón de la base enemiga. El patrón se repetía: esconderse, asomarse, avanzar un poco más.
Los edificios soviéticos quedaban oscurecidos por las montañas que rodeaban la base, lo que limitaba la visibilidad a solo la entrada, por donde entraban y salían soldados, suministros y vehículos. A medida que Clark se acercaba más a su objetivo, se comunicaba de forma constante con su escuadrón a través de los cascos espaciales que, además de ofrecer protección, contenían micrófonos para asegurar una comunicación clara.
—Crane, pueden acercarse un poco más. Está despejado —informó Clark, manteniendo un tono bajo pero firme.
El pelotón confiaba en su juicio. Sin dudar, comenzaron a avanzar hacia la posición de su compañero.
Clark dio un nuevo paso hacia adelante. Ya estaba lo suficientemente cerca de la base como para notar que no había guardias a la vista. Se acercó con sigilo, concentrado, sin percatarse de ninguna presencia humana ni movimiento de máquinas. A unos metros de la entrada, sin pensarlo dos veces, corrió hacia una torre de vigilancia cercana. El terreno estaba tan tranquilo que el sonido de sus pasos resonaba levemente, pero más allá de eso, todo permanecía en silencio absoluto.
A su alrededor, la base parecía vacía. Los edificios, diseñados para diversas funciones -atención médica, cuartel general, investigación- se alzaban imponentes, pero desiertos. Algunos vehículos como camiones voladores de carga, motos deslizadoras y un jeep estaban estacionados, pero también vacíos, como si la vida de la base hubiera sido detenida repentinamente.
—Crane, vayan acercándose con cautela hacia otro montón rocoso. Yo intentaré entrar en el garaje de vehículos para ver si hay algo utilizable. No veo a nadie, pero esto podría ser una trampa —dijo Clark, su voz cargada de inquietud. Era la primera vez que llegaba a su objetivo sin recibir disparos, y eso lo ponía nervioso. El silencio era absoluto, y la tranquilidad que lo rodeaba solo aumentaba su sospecha.
Como un felino, el scout se lanzó hacia el garaje, deslizándose con agilidad. Sus largos y veloces pasos levantaron una nube de polvo que se disipó lentamente en el aire, marcando su camino hacia la cochera abierta de la base. Clark llegó rápidamente, manteniéndose alerta ante cualquier posible movimiento.
Justo cuando alcanzaba su objetivo, un ruido inexplicable interrumpió la quietud. Desde su comunicador, la voz de Crane irrumpió, alterada:
—¿Clark, vio eso atrás de nosotros? —preguntó el comandante.
—¿Qué son esas cosas? ¡Nos están persiguiendo! —exclamó la doctora Hitchens, su tono lleno de pánico.
Desde el comunicador, los sonidos se mezclaron: balas disparándose, gruñidos bajos y rugidos que no pertenecían a ningún animal común. No era un solo ser lo que los acechaba. Eran muchos.
—¿Crane, qué ocurre? ¿Qué son esos ruidos? —preguntó Clark, atónito.
Un ¡CRACK! resonó de manera aterradora, seguido por el sonido agudo de vidrio rompiéndose.
—¡Diablos! ¡Me están... rompiendo... el casco! —gritó uno de los soldados, su voz asfixiada, mientras un crujido metálico y espantoso retumbaba en los comunicadores, como si el metal del casco se estuviera aplastando bajo una presión letal.
—¡Clark! ¡Escucha, sal de ese garaje y entra al edificio principal, busca refugio ahora mismo! —ordenó Crane, su voz cortante. En el fondo, el estrépito de su enorme ametralladora retumbaba sin cesar, girando como una motosierra y desgarrando a los animales que aullaban de dolor.
El scout, sin dudarlo, obedeció la orden del comandante y dirigió sus largos pasos hacia el imponente edificio de la base soviética. La estructura era colosal. Dos torres de gran altura se alzaban hacia el cielo, separadas por una cúpula que conectaba ambas con un diseño circular, como si fueran las alas de una gigantesca nave. Formas triangulares adornaban la fachada, distribuyendo el peso de la enorme edificación. En su interior, se encontraban la sala de control, que coordinaba las torres de vigilancia y el radar, así como otros lugares cruciales como la sala de sanación y las instalaciones de artillería.
Clark sacó su pistola láser de auxilio, apuntó a la puerta principal de acero y disparó. El láser cortó el metal con facilidad, creando un hueco lo suficientemente grande para permitir su paso. La estructura seguía funcionando, con electricidad corriendo por los cables y luces parpadeando débilmente en los pasillos. Clark continuó su avance, buscando algún lugar seguro dentro de la imponente base rusa. Pero lo que encontró lo dejó sin aliento. Soldados rusos y personal técnico yacían abatidos, esparcidos por todo el lugar. Había signos de lucha, rastro de vidas arrebatadas salvajemente, mordiscos por doquier. Sus cuerpos, en diferentes posiciones, parecían estar simplemente... devorados. Algunos de los cuerpos estaban ya con su esqueleto visible en la parte del cráneo y el torso. Otros poseían en sus pechos cortes violentos tallados con sus garras y, también, por dientes o más bien dicho: colmillos. Clark entró en la sala de sanación, el único lugar en todo el complejo que parecía intacto. Las paredes, sorprendentemente limpias, no mostraban las horrendas manchas de sangre que marcaban el resto de la base. Al cerrar la puerta detrás de él, un extraño silencio lo envolvió. Se dejó caer en una silla, la tensión acumulada en su cuerpo por fin aflojándose, aunque su mente seguía girando en torno a lo que acababa de presenciar. Exhaló profundamente, como si al respirar pudiera liberar algo de la pesadilla que lo perseguía.
—¿Crane, estás ahí? —preguntó Clark, usando el comunicador de su casco, ahora sin visor, ya que se encontraba a salvo dentro de la habitación.
—¿Clark? ¿Sigues con vida? —La voz de Crane sonó aliviada, aunque con un toque de incredulidad. —Por el amor de Dios, no sé cómo lo haces, pero siempre logras salir ileso. Eres un scout muy particular.
La risa de Crane se cortó rápidamente cuando la Dra. Hitchens, que se encontraba junto a él, comenzó a curar al único soldado que quedaba con vida en su escuadrón, herido gravemente por aquellos monstruos espaciales.
El comandante le explicó a Clark lo que habían enfrentado. No eran simplemente criaturas, sino una especie de dinosaurios, del tamaño de un raptor, pero con una diferencia aterradora: brillaban. Desde la cabeza hasta la cola, sus cuerpos estaban cubiertos de "pelitos" que destellaban con un tono turquesa. Estos depredadores los habían tomado por sorpresa, pues se movían bajo tierra, invisibles hasta el último momento. Durante el ataque, uno de los soldados había sido devorado por la manada, su armadura destrozada como si fuera de papel bajo el asalto de esas criaturas.
Mientras Clark escuchaba, procesando la información, algo fuera de lo común le llamó la atención. Desde el umbral de la puerta de su sala, algo se movía. Al principio pensó que era un reflejo o una alucinación, pero luego vio una figura extraña, distorsionada por la penumbra. Era humano en forma, pero claramente no lo era. Su silueta era retorcida, con brazos que recordaban los de un raptor: largos, musculosos, y cubiertos de escamas. Su rostro, una grotesca mezcla entre el de un hombre y un reptil, lo hizo estremecer. Colmillos amarillentos asomaban de su boca, reemplazando los dientes humanos. En lugar de una nariz, dos grandes hoyos rasgados se abrían en su rostro. Sus ojos estaban ocultos por una especie de tela, como una bufanda, y no tenía cabello. La postura encorvada de la figura, lenta y arrastrada, le daba un aire reptiliano.
Clark no se atrevió a mover un músculo. La figura avanzaba, emitiendo un sonido bajo, casi como un jadeo. Parecía que le costaba respirar, como si sus pulmones estuvieran luchando por encontrar oxígeno en un ambiente hostil. A medida que la figura se acercaba a la puerta de la sala, el terror se apoderó de Clark. Aquella presencia no era humana, ni siquiera animal.
—¿Eres... un scout? —La voz de la criatura sonó extrañamente forzada, como si estuviera luchando por articular las palabras.
Clark no respondió de inmediato. Solo asintió lentamente, su mirada fija en la figura ante él.
—¿Eres Hendricks? —preguntó Clark, su voz apenas un susurro.
La criatura sonrió con una expresión torcida y asintió con la misma lentitud de Clark. —Sí... soy él.
—¿Qué te ocurrió? —inquirió Clark, aunque sabía que la respuesta no sería buena.
La sonrisa de Hendricks se desvaneció, y sus ojos se llenaron de una tristeza profunda. —Fui un scout... caído en batalla... carne de cañón, como siempre. Soy el resultado de un experimento fallido y desesperado. Ordenado directamente por el general Johnston.
Clark lo miró, esperando más detalles. Hendricks suspiró, un sonido áspero y cortante que reflejaba el dolor de su transformación.
—Después de que me hirieran... me convirtieron en un experimento. Querían crearme... un superhombre mutante, algo que pudiera servirles como arma para la guerra. La ciencia militar les dio la idea. Ellos querían que fuera algo más... algo mejor.
Clark frunció el ceño, procesando las palabras. Hendricks parecía una mezcla extraña de hombre y monstruo, su cuerpo adaptado pero distorsionado. A pesar de lo que había sufrido, sus ojos seguían brillando con una desesperada humanidad.
—¿Qué ha pasado con el proyecto? —preguntó Clark, con voz baja.
—El presupuesto de investigación científica y militar se redujo —Hendricks hizo una pausa, su respiración aún dificultosa. —Con el nuevo presidente terrícola. Él ha estado gobernando durante años, y su administración no ve la guerra como una prioridad. Así que el general Johnston está... desesperado.
Clark sintió un nudo en el estómago al escuchar las palabras de Hendricks. La desesperación del general Johnston era peligrosa, pero eso no era todo lo que Hendricks tenía que contar.
—Tienen los días contados —dijo Hendricks, su voz llena de una solemne certeza. —Este planeta... no es solo una colonia olvidada. Aquí vive una raza... una especie de dinosaurios alienígenas. Los que persiguieron a tus compañeros... no eran más que unidades débiles, "soldados rasos", si se les puede llamar así.
Hendricks dio una bocanada de aire, como tratando de adaptarse con su nueva fisiología, y continuó lucidamente sin trabarse en ninguna palabra:
—Hay una civilización subterránea en este planeta. Viven en las profundidades, mucho más allá de donde los humanos hemos llegado. Y lo peor de todo... no importa cuántos recursos tenga Estados Unidos, ni cuántos tenga la Unión Soviética. Nadie tiene oportunidad de enfrentarlos.
La situación era crítica para Estados Unidos, y Lewis Clark sabía que su última misión no valía la pena. Ya no estaba dispuesto a seguir luchando por un país que no entendía ni por una guerra que no le competía. Solo estaba haciendo el trabajo de cualquier joven adoctrinado por la propaganda nacionalista. Hendricks, por otro lado, estaba lleno de resentimiento hacia el general, el efervescente patriotismo y, en última instancia, hacia la raza humana, por lo crueles que podían ser en situaciones de desesperación. Pero, por alguna razón, no deseaba asesinar a Clark. No porque tuviera piedad, sino porque veía en él lo que había sido en su propio pasado: un simple scout, un peón que cumplía las órdenes de un régimen tiránico, sin poder de decisión.
—No te haré nada, pero tus compañeros... no van a tener la misma suerte que tú —dijo Hendricks, su voz áspera y grave, como si cada palabra fuera un peso que arrastraba consigo.
Clark mantuvo la calma, sabiendo que la situación estaba lejos de ser fácil. Hendricks no solo era una criatura mutada, sino alguien con el poder de controlar a las bestias alienígenas, los dinosaurios que había mencionado. Aunque se encontraba en una forma monstruosa, Clark sabía que bajo esa apariencia podía hacer cosas aterradoras. Hendricks podía controlar a los más débiles, esos dinosaurios de los que tanto hablaba, y ordenarles que atacaran a quien quisiera. Podía ser un asesino imparable.
—No puedes descargar tu ira en Crane y la Dra. Hitchens —respondió Clark, firme a pesar del temor que comenzaba a calar en su voz.
Hendricks soltó una risa amarga, un sonido grave y gutural que resonó en la sala.
—Sí, puedo. Ellos también son parte del problema, ¿no lo ves? Su repulsivo fanatismo es lo que nos ha traído hasta aquí. Pero... —Hendricks se acercó a la puerta con una mirada intensa en los ojos—. Me gustaría tener una pelea con ese Crane. Ese moreno vigoroso, se ve muy fuerte. Me gustaría humillarlo. Demostrarle que el ejército no es la fuerza de los dioses... que la verdadera fuerza viene de la naturaleza, de lo primitivo. —Hendricks parecía disfrutar de la idea, su voz se tornó aún más peligrosa, como si estuviera saboreando la visión de la batalla.
Clark lo miró en silencio, comprendiendo que, aunque Hendricks había sido víctima de un experimento, seguía siendo un enemigo formidable. Aquella mezcla de resentimiento y poder lo hacía aún más impredecible.
—Clark... —dijo Hendricks, sacudiendo la cabeza, como si desechara la idea de continuar con la conversación. —Ya puedes marcharte. Los dinosaurios no te harán daño... al menos los que yo controlo.
Hendricks salió de la sala de sanación con una última mirada a Clark, dejándolo solo con sus pensamientos y el eco de sus palabras. La amenaza aún flotaba en el aire. Hendricks podía ser impredecible, pero también estaba claro que tenía sus propios planes, y esos planes no incluían matar a Clark, al menos no por ahora. Sin embargo, el futuro de Crane y la Dra. Hitchens era otro asunto.
El único soldado que quedaba bajo las órdenes de Crane, junto con la Dra. Hitchens, finalmente logró entrar al edificio principal. El sonido de sus pasos resonaba en los pasillos fríos de la estructura soviética, mientras avanzaban cautelosamente hacia el interior. Clark, al saber que había encontrado al mutante, les avisó rápidamente por el comunicador.
—Hendricks está aquí, en el edificio. No se acerquen mucho —dijo Clark, confiado de que los dinosaurios no lo atacarían por el momento, gracias al control que Hendricks tenía sobre ellos. Sin embargo, su tono cambió al percatarse de lo que ocurría. Ya era demasiado tarde.
De repente, el sonido de pasos rápidos resonó por el pasillo. Hendricks había encontrado a Crane y su escuadrón.
—Han entrado a su tumba... -exclamó Hendricks con una risita bufonesca—. Más les vale que le guste este lugar, porque aquí no quedará más que polvo y huesos.
Crane, con una sonrisa confiada, replicó rápidamente, como si el miedo no tuviera cabida en él:
—Estás perdido, mutante. Hace un rato me comuniqué con el general Johnston. Seremos evacuados y volveremos a nuestra base contigo. El plan está en marcha.
Hendricks no respondió de inmediato. En lugar de eso, sus ojos brillaron con una furia contenida, como si el caos fuera la única respuesta que pudiera dar. Con una mirada fulminante, dio la orden a sus criaturas.
—¡Ataquen! —gritó Hendricks, y en un instante, la calma del pasillo se rompió.
Los dinosaurios, enormes y salvajes, corrieron por el pasillo con una furia ciega, sus garras y dientes afilados reluciendo en la luz tenue de la base. El sonido de sus pisadas pesadas hizo eco en los muros. Crane y su soldado abrieron fuego sin piedad, las ráfagas de sus armas láser iluminando la oscuridad del pasillo. Algunos de los dinosaurios cayeron, haciendo que los demás tropezaran sobre sus cuerpos, pero los que quedaban seguían avanzando como si nada los pudiera detener.
Por detrás, Clark, al escuchar el rugido de los dinosaurios y el sonido de la batalla, no dudó ni un segundo. Con una expresión de pura urgencia en su rostro, corrió hacia sus compañeros.
—¡Aquí estoy! ¡Muévanse! —gritó mientras alcanzaba a la Dra. Hitchens y al soldado que aún luchaban.
Agarró a la Dra. Hitchens por el brazo y, con fuerza, la arrastró junto a Crane y su compañero hacia un corredor lateral. El peligro se cerraba sobre ellos, y Clark podía sentir la presión en su pecho. No podían permitirse perder más tiempo.
—¡Entremos en la sala de artillería! —ordenó Clark con voz tajante.
La Dra. Hitchens, aún atónita por lo que estaba ocurriendo, asintió rápidamente. Todos se dirigieron hacia la sala de artillería, el refugio más cercano, con la esperanza de que las puertas blindadas pudieran ofrecerles algo de seguridad contra la horda de dinosaurios que los perseguía. Sin embargo, Clark sabía que no tenían mucho tiempo. No podían quedarse ahí mucho rato, pero por lo menos la artillería les daría una oportunidad de pelear.
Al llegar a la puerta de la sala de artillería, Crane la abrió rápidamente, y todos se apresuraron a entrar. El sonido de los dinosaurios creció más cercano. La amenaza estaba justo detrás de ellos. No había tiempo para más estrategias, solo para sobrevivir.
Por otro lado, Crane y el soldado restante seguían defendiendo la entrada con todo lo que les quedaba. La manada de dinosaurios, rugiendo como una tormenta imparable, se abalanzaba sobre ellos. La escena era caótica. Los prehistóricos animales, con su furia cegada por la sangre, atacaban con una velocidad sorprendente. Crane disparaba sin cesar, pero incluso él sabía que la situación se volvía desesperada.
De repente, uno de los dinosaurios, más grande que los demás, se lanzó sobre el soldado. Sus garras afiladas rasgaron el aire antes de hundirse en la armadura del hombre. Con un grito de terror, el soldado intentó liberarse, pero el monstruo ya lo había atrapado, llevándolo al suelo con una fuerza inhumana. El sonido de los colmillos perforando el metal resonó como un canto macabro, y el soldado no pudo más que gritar mientras sus piernas eran arrastradas lejos de la sala de artillería.
—¡No! —gritó Crane, viendo a su compañero siendo arrancado de la sala. Intentó correr en su ayuda, pero los dinosaurios lo mantenían a raya, atacando y retrocediendo con la rapidez de una tormenta.
El soldado, ahora completamente a merced de las criaturas, solo logró emitir un último y desesperado grito:
—¡Que viva la patria! —fue lo último que se escuchó de él antes de que su cuerpo fuera arrastrado completamente fuera de la sala.
Crane ordenó a la doctora que cerrara la puerta para que ambos escapen, junto con Clark, y así poder escabullirse por la salida de emergencia que se encontraba en la misma sala. El comandante esperaba fuera, rodeado por los monstruos. Hendricks, tal como había prometido, dominaba a sus criaturas, instruyéndolas para que se dispersaran y evitaran dañar al comandante.
—Este es mío —dijo, señalando a Crane con su dedo puntiagudo y verdoso, en el que sobresalía una garra negra y afilada.- Puedes quedarte con tu armadura, la necesitarás —añadió con voz firme.
Luego, se volvió hacia Clark, quien seguía allí, quieto.—¿Todavía estás aquí, scout? ¡Váyanse ya!
Clark y Hitchens salieron por la puerta de emergencia de la sala de artillería, tomando algunas armas por si se encontraban con algo peligroso afuera.
Mientras tanto, Hendricks y Crane avanzaban hacia la sala principal, rodeada por raptores. Se preparaban para un combate cuerpo a cuerpo, sabiendo que el perdedor sería devorado por la horda de dinosaurios alienígenas.
—Es lo lógico. No tengo nada que perder —dijo Hendricks con una fría calma.
Crane, con su valentía de acero, es el primero en atacar con un golpe de su puño. A pesar de la apariencia de Hendricks: criatura enferma y debilucha, el mutante se mueve como un raptor esquivando con total facilidad el golpe del comandante deslizándose velozmente hacia la espalda de su adversario, y llegó a dar su primera perforación, sin mucho esfuerzo, con su afilada garra por la espalda, atravesando la espesa armadura. Crane sufrió la herida pero no se dio por vencido facilmente.
—¡Por América!— exclamó eufóricamente el comandante . Acto seguido dio un segundo golpe pero, como el primero, lo falló y el mutante le dio otra puñalada, esta vez en su torso.
—¡Ahg!
Los dinosaurios alrededor rugieron en celebración. Se relamían los ásperos labios, ansiosos, mientras Crane seguía recibiendo los golpes de su oponente, preparado para convertirse en el festín de las bestias salvajes.
Después de un largo forcejeo y con cortes por todo el cuerpo, Crane sangraba profusamente. A pesar de estar desangrado, su rostro mostró una sonrisa y, con un esfuerzo titánico, abrazó a Hendricks.
—Prepárate para ser alimento de mis mascotas —dijo Hendricks, sintiéndose victorioso, orgulloso de demostrar su fuerza sobrehumana y de haber humillado a su rival. Sin embargo, Crane no se sentía humillado. Al contrario, estaba más orgulloso que nunca. Con lo poco que le quedaba de fuerza, activó una potente granada integrada en su traje.
—Esto es nuevo... y también un experimento —dijo Crane, señalando su armadura con uno de los brazos, débil pero desafiante.
—Ustedes son peores que yo —respondió Hendricks, sus últimas palabras antes de que todo estallara.
Una enorme explosión sacudió la sala principal, expandiéndose con furia. No solo arrasó con los dinosaurios que allí se encontraban, sino que la base soviética entera voló por los aires, dejando tras de sí una estela de destrucción, incinerando todo ser vivo, reventando estructuras y cuerpos por igual.
Dentro de la nave de evacuación, Clark y Hitchens observaban en silencio. La nave, de forma ovalada y blanca, ya había ganado suficiente altitud y se dirigía hacia la base norteamericana cuando Clark, mirando hacia atrás, no pudo evitar sonreír ante la devastación de la base rusa.
No se alegraba por la muerte de Hendricks o Crane. Uno había sido víctima de crueles experimentos científicos y militares, y su destino, de seguir con vida, no habría sido nada mejor. El comandante, por su parte, conocía demasiado bien la debilidad de su nación: el desfinanciamiento y la decadencia del ejército. No habría podido soportar sobrevivir a la caída de su país. La muerte, en este caso, era el mejor destino para ambos.
Lewis Clark había cumplido con su misión. La última.
El general Johnston, visiblemente incómodo por la situación, sabía que tendrían que abandonar la base y dejar el planeta atrás. Fingiéndose rudo y contento, felicitó a Clark y Hitchens. Ambos respondieron con una leve sonrisa. La alegría de Clark era evidente: había cumplido su tarea sin ser asesinado. Como scout, siempre fue carne de cañón para los enemigos de la nación, pero nunca para él, ni para sus propios intereses.
Al abordar la nave principal de evacuación, Clark observó a través de la ventana de su habitación la vastedad del espacio. La oscuridad infinita lo rodeaba, y varios planetas distantes flotaban a lo lejos. Estar en ese vacío, tenebroso y silencioso, nunca le había dado tanta paz. Su destino a Canadá Británica -su hogar, no por nacimiento, sino por la tranquilidad que le ofrecía- ya no parecía tan lejano. Por fin, su mente estaba en calma.
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