Retrofuturismo: cuando el futuro se imaginaba desde el pasado

El retrofuturismo es una paradoja visual y cultural: imágenes del futuro creadas desde un pasado que ya no existe. 

Cohetes con aletas cromadas, ciudades suspendidas en el aire, robots con cuerpo humanoide y trajes plateados, pantallas redondeadas, botones mecánicos. No se trata de predicciones fallidas, sino de sueños tecnológicos, proyecciones culturales que revelan más sobre la época que los imaginó que sobre el futuro real.


En el cine, el arte y la literatura, el retrofuturismo funciona como una cápsula del tiempo. Cada visión futurista es, en realidad, un espejo del presente que la produjo.

Este término se utiliza para describir dos fenómenos relacionados pero distintos:

Las visiones del futuro creadas en el pasado. Es decir, cómo distintas épocas imaginaron el porvenir usando su propio lenguaje visual, científico y simbólico. 
Por otra parte, las obras actuales que recuperan esos futuros antiguos, ya sea con nostalgia, ironía o crítica.

En ambos casos, el retrofuturismo no busca anticipar lo que vendrá, sino explorar cómo el ser humano soñó el progreso. Es una arqueología del futuro.

Sus raíces se encuentran a fines del siglo XIX y comienzos del XX, en plena expansión de la Revolución Industrial. La electricidad, el ferrocarril, el telégrafo y luego la aviación generaron una sensación inédita: el mundo estaba cambiando más rápido que nunca.

Autores como Julio Verne y H. G. Wells imaginaron submarinos, viajes espaciales y máquinas del tiempo no como fantasía pura, sino como extensión lógica del progreso científico. 

Sus obras no solo entretenían: educaban al lector en una idea central del modernismo temprano: el futuro será mejor porque la tecnología lo hará posible.


Este optimismo se trasladó rápidamente a las artes visuales, la ilustración y, más tarde, al cine.

Uno de los grandes pioneros fue Le Voyage dans la Lune, de Georges Méliès. Allí, el futuro no es científico en sentido estricto, sino teatral y fantasioso. No importa la plausibilidad, sino el asombro. El futuro es un escenario.


Décadas después, el cine daría un salto decisivo con Metropolis, de Fritz Lang. Aquí aparece uno de los imaginarios retrofuturistas más influyentes: la ciudad vertical, la separación radical entre clases, la máquina como dios moderno. Metropolis condensa el sueño y la pesadilla del progreso industrial: orden, eficiencia y deshumanización.
Esta ambivalencia marcará gran parte del retrofuturismo posterior.


Uno de los motivos más persistentes del retrofuturismo es la ciudad del futuro. Siempre es más grande, más alta, más limpia, más racional. Ascensores infinitos, autopistas aéreas, arquitectura monumental. Estas ciudades reflejan un deseo profundamente moderno: dominar el caos. El crecimiento urbano descontrolado del siglo XIX y principios del XX llevó a imaginar futuros donde la planificación absoluta resolvería los conflictos sociales. Sin embargo, muchas de estas visiones esconden una pregunta inquietante:
¿qué precio paga el individuo por ese orden perfecto?


Otro elemento central del retrofuturismo es la figura del robot. Desde Metropolis hasta la ciencia ficción pulp de mediados del siglo XX, los robots encarnan tanto la promesa como el temor de la automatización. Representa una idea muy concreta de la tecnología: algo que se puede ver, tocar y controlar.


En estas representaciones tempranas, el miedo no es que la máquina piense, sino que reemplace al humano o lo reduzca a una pieza más del sistema.

Durante las décadas de 1930 a 1950, especialmente en Estados Unidos y Europa occidental, el retrofuturo adopta un tono optimista. Ferias mundiales, ilustraciones publicitarias y películas muestran familias felices, electrodomésticos inteligentes, autos voladores y colonias espaciales. Películas como Things to Come proyectan un futuro racional, pacificado, gobernado por científicos y técnicos. La tecnología aparece como solución universal.
Este imaginario está profundamente ligado a la fe en el progreso científico y en la planificación social. El futuro no es caótico: es administrado.

La Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, la bomba atómica, marcan un antes y un después. El progreso ya no es inocente. La misma ciencia que prometía bienestar puede destruir el mundo. 

El retrofuturismo no desaparece, pero cambia de tono. El optimismo da lugar a la paranoia, al miedo a la radiación, a las invasiones y a los experimentos fallidos. 

Películas como Forbidden Planet mezclan tecnología avanzada con pulsiones primitivas y subconscientes incontrolables.
El futuro sigue siendo espectacular, pero ahora es peligroso.


Hoy, cuando hablamos de retrofuturismo, no lo hacemos para reírnos de predicciones erradas. Lo hacemos porque esas imágenes siguen siendo emocionalmente poderosas. Nos recuerdan un tiempo en el que el futuro todavía parecía una promesa clara. 

En una época marcada por la incertidumbre, el colapso climático y la saturación tecnológica, mirar esos futuros antiguos es también un acto de nostalgia crítica: no queremos volver a ellos, pero entendemos qué anhelaban.

El retrofuturismo es mucho más que una estética atractiva. Es una forma de pensar el tiempo, el progreso y la relación entre humanidad y tecnología. En el cine, el arte y la literatura, estas visiones del futuro pasado revelan miedos, deseos y contradicciones que siguen vigentes.

Antes de preguntarnos cómo será el futuro, el retrofuturismo nos invita a preguntarnos algo más profundo:

¿qué esperábamos de él, y por qué?

📎 Enlaces relacionados:



📚 Fuentes y bibliografía recomendada

Jameson, Fredric – Arqueología del Futuro

Wikipedia: artículos sobre Retrofuturism, Metropolis, Things to Come

Comentarios