Esta obra no es nueva para mí. Conocía su existencia por haber visto la película sueca dirigida por Tomas Alfredsson cuando aún vivía en Ushuaia. En aquel entonces ya me había quedado grabada la sensación de frío, de oscuridad y de incomodidad que transmitía la historia.
Volver a "Déjame Entrar", esta vez desde la novela, resultó una experiencia ideal después de haber leído aventuras más “alegres”. Acá no hay épica, no hay consuelo fácil, no hay escapismo: hay nieve sucia, silencios incómodos y una violencia que se filtra en lo cotidiano.
Sinopsis breve:
"Oskar es uno niño que no tiene amigos y sus compañeros de clase se mofan de él y le maltratan. Una noche conoce a Eli, su nueva vecina, una misteriosa niña que nunca tiene frío, despide un olor extraño y suele ir acompañada de un hombre de aspecto siniestro. Oskar se siente fascinado por Eli y se hacen inseparables. Al mismo tiempo, una serie de crímenes y sucesos extraños hace sospechar a la policía local de la presencia de un asesino en serie. Nada más lejos de la realidad".
Uno de los grandes aciertos de Lindqvist es la manera en que hace convivir el terror sobrenatural con un terror mucho más reconocible. A lo largo de la novela aparecen, casi sin jerarquías, temas como el alcoholismo, la adicción a las drogas, el abuso infantil, la sexualidad, la violencia doméstica y la soledad. El autor los presenta de forma perturbadora y, en muchos casos, explícita, especialmente cuando se trata de violencia. No hay demasiados filtros ni metáforas amables.
El escenario donde transcurre la acción, Blackeberg, Suecia, funciona claramente como un personaje más. No solo por su paisaje sombrío de suburbios helados cubiertos de nieve, sino por el tipo de sociedad que habita el lugar. Estamos en un contexto ochentero decadente, en plena Guerra Fría, atravesado por el miedo al comunismo y, al mismo tiempo, por el sinsentido capitalista de crear necesidades absurdas que terminan vaciando lo espiritual. Hay barrios sin iglesias —ya no son necesarias— y, donde aún existen, han perdido legitimidad y ya no guían a las masas frente a otras adversidades más urgentes y concretas.
Personajes como Lacke y sus amigos, borrachos crónicos, viven esperando la salida del trabajo para beber un poco más.
El caso de Håkan es todavía más incómodo. Se trata de un personaje claramente pederasta, pero tratado de forma ambigua. Lindqvist no lo idealiza ni lo justifica, pero tampoco lo convierte en una caricatura del mal. Muestra sus miedos, su degradación, su obsesión por Eli, sus intentos desesperados por ser necesario. Esa falta de juicio explícito incomoda, pero también refuerza una de las ideas centrales del libro: en este mundo nadie es puro, nadie está del todo a salvo de su propia miseria.
El suicidio también aparece, no como un acto heroico ni trágico, sino como una forma de alivio frente al dolor y el sinsentido.
La sexualidad es otro eje central: ¿quién o qué es Eli? Para Oskar es alguien marginal como él, y por eso gusta de “ella” sin importarle si es una mujer o no. Oskar encuentra refugio en ese “monstruo”, mientras que su propio padre, alcohólico crónico, separado de su esposa y preso de sus desmanes, resulta una figura mucho más peligrosa y real. Los bullies sanguinarios que lo acosan también pueden ser vistos como monstruos.
En Déjame entrar todo resulta ambiguo: no queda claro en quién confiar y en quién no. Eso depende de las ambiciones y necesidades de cada personaje. Uno dará la vida por su esposa, otro por su hijo, aun en un mundo de familias divorciadas, separadas o directamente tóxicas. La novela no idealiza la familia como refugio: muchas veces es solo otro espacio de violencia y abandono.
La ausencia paterna es constante. Incluso los bullies de Oskar guardan fotos de sus familias en los pupitres de la escuela, imágenes que él termina incendiando en un acto de furia contenida. Ese gesto resume bien el clima moral del libro: no hay inocencia intacta.
Como dije, la moral es ambigua: cada uno intenta sobrevivir a su manera, ya sea golpeando a sus abusadores —como Oskar, cada vez más fortalecido— o bebiendo sangre, como Eli, porque lo necesita para vivir.
Hubo momentos en los que la lectura se vuelve incómoda, no por lo sobrenatural, sino porque la violencia es demasiado cercana, demasiado cotidiana, o, hasta cierto punto, exagerada.
En Déjame entrar el vampiro no seduce ni promete eternidad. Apenas sobrevive. Y en ese espejo deformado, Lindqvist nos recuerda que los verdaderos monstruos no siempre beben sangre: a veces viven en departamentos grises, llegan borrachos a casa o esperan el recreo para ejercer su violencia. El terror no viene de la noche, sino de un mundo que ya no cuida a nadie.
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