Me encanta, por alguna razón, el siglo XIX. Supongo que, como amante del arte, me atraen muchos pintores de esa época, como Toulouse-Lautrec, Gauguin o Munch. Me fascinan su estética, el hambre de progreso de ciertos sectores, las nuevas tecnologías, y esa búsqueda constante de nuevos horizontes que alimentaba tanto a los imperialismos como a los nacionalismos del momento.
Pues bien, en ese periodo transcurre la historia de este film francés sobre unos capos mafiosos que, durante un tiempo, lograron hacerse con cierto territorio, pero que, al enfrentarse a los nuevos cambios sociales y políticos, terminan siendo más marginados que antes.
Estos mafiosos se hacen llamar los apaches, y a ellos se suma una nueva integrante: la protagonista, que busca vengarse del líder del grupo por haber asesinado a su hermano años atrás.
Para ser una película de venganza con estilo western, tiene poca acción —o mejor dicho, está bien equilibrada—, no es morbosa y, gracias al cielo, no hay escenas sexuales innecesarias que no aporten nada. Es simple, va al grano, y no se detiene en demasiados desarrollos más allá de la protagonista y su antagonista. Además, dura apenas 90 minutos, lo cual se agradece. Lo mejor de todo: no es pretenciosa.
La música le da un toque especial. Los realizadores incluyeron canciones que no pertenecen al siglo XIX, pero funcionan muy bien. El tono juega con la seriedad, la tragedia y un poco de humor, como si fuese un cruce entre western europeo y película de Scorsese.
En fin, me pareció un largometraje más que decente. La verdad, no sabía qué esperar… y terminé encantado con esta obra.

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