Este universo cinematográfico nunca me llamó demasiado la atención. Nunca conecté con las aventuras del monstruo radiactivo, y lo único que recordaba de Godzilla era la versión de Roland Emmerich de los noventa… una película que, sinceramente, no me gustó.
Años después, con la llegada del Monsterverse y el estreno de Godzilla (2014), intenté darle otra oportunidad. Vi unos diez minutos en la TV, y fueron suficientes para perder el interés.
Por el lado de Kong, la cosa cambia. Siempre me cayó mejor el gran simio: conocía la película original de 1933 y la versión extensísima de Peter Jackson que vi en cines. Su historia siempre me pareció más humana, más trágica. Así que cuando se estrenó Kong: La Isla Calavera (2017), me pareció un acierto que apostaran por una nueva historia y no por otro remake reciclado.
Después llegó Godzilla: Rey de los Monstruos (2019), que me salteé sin culpa, y más tarde Godzilla vs Kong (2021), que sí vi. Esa me entretuvo bastante más. El director, Adam Wingard, ya me sonaba de Cacería Macabra (2011) y El Huésped (2014), dos thrillers ochenteros con poco presupuesto pero mucho estilo.
En Godzilla x Kong: El Nuevo Imperio, Wingard vuelve a la silla de director y se nota su toque: una película más ligera, con ritmo de aventura y un enfoque claro en lo que todos queremos ver —monstruos gigantes rompiendo cosas—.
No hay mucho más que buscarle: es un blockbuster de monstruos bien hecho, con acción, colores vibrantes y una trama sencilla que no aburre. No revoluciona el género, pero cumple su cometido: dos gigantes partiéndose a golpes en una fantasía pulp de destrucción colosal. Ideal para apagar el cerebro y disfrutar.





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